Mc 12, 18-27 - Vivir en el paraíso
Mc 12, 18-27 - Vivir en el paraíso
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VIVIR EN EL PARAÍSO

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Jesús les dijo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado» (Lc 20, 34-36)

 

 

 

Madre nuestra, Puerta del Cielo: la fe nos dice que habrá una vida eterna. Y lo que todos queremos es que esa vida esté llena de felicidad, sin mezcla de mal alguno.

Al mismo tiempo sabemos que para gozar del premio eterno hemos de ganar la última batalla. Debemos ser fieles hasta el final. Llegar al banquete celestial con el vestido de fiesta.

Qué alegría da meditar sobre las verdades eternas, sobre todo cuando nos damos cuenta de todo el esfuerzo que pone Dios para que nos vayamos al cielo. Él quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Jesús se quedó con nosotros en la Sagrada Eucaristía, y en configuración con todos sus sacerdotes. Además, nos ha dejado su ejemplo, su Palabra, sus sacramentos, su Iglesia, su Vicario, y hasta su propia Madre, para que contemos con los medios para ser santos.

Madre de la esperanza, ayúdame a confiar en esos medios y a esforzarme seriamente para alcanzar la corona que el Justo Juez ha de dar a todos los que aguardamos su venida.

***

Hijo mío: ¡alégrate!, porque eres llamado hijo de Dios. Y no solo por eso, sino porque verdaderamente lo eres. Créelo.

¡Alégrate!, porque estás vivo.

Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Para Él todos sus hijos están vivos, porque todos viven por Cristo, que ha muerto en la cruz y ha resucitado para dar vida al mundo.

Tú eres hijo de Dios porque has sido bautizado y has renacido de lo alto por Cristo, que te da la vida en su resurrección.

Vivirás en su Paraíso, y no perecerás jamás, si perseveras permaneciendo unido a la Vida, escuchando la Palabra del Señor, y haciendo lo que Él te diga.

Y, aunque a veces el mundo te presente dificultades y tribulación, nunca pierdas la esperanza. Conserva la fe en el Hijo de Dios.

Tú has sido creado para Dios. Él te ha dado la vida, para compartir contigo su eterna gloria cuando seas llevado al Paraíso.

Yo te aconsejo, hijo mío: cuando te sientas angustiado, agobiado, lleno de preocupaciones, triste, solo, enfermo o abatido, desorientado o perdido, eleva tus ojos al cielo, aférrate a la esperanza de la promesa de Dios.

Todo esto pasará, pero su Palabra no pasará. Él te ha prometido su heredad, que es el Paraíso. Solo tienes que confiar y perseverar en la fe, en la esperanza y en la caridad.

Tú tienes un Padre que es fiel. Jamás te abandonará. Él siempre cumple sus promesas. Y te ha prometido estar contigo todos los días de tu vida. Y lo hará. En el último día te resucitará para la vida eterna.

Confía en que tu felicidad en el cielo ya no dependerá de apegos humanos. Tu felicidad será plena. Y, aunque no puedas entenderlo, tu felicidad será infinita, vivirás inmerso en la única y verdadera felicidad, que es Dios.

Ya no llorarás, ya no sufrirás, ya no te angustiarás más. No tendrás preocupaciones. No habrá nada a qué renunciar. Jamás sufrirás de soledad. No existirá muerte ni enfermedad.

Y ¿cómo será esto?

Persevera en el amor y en la fidelidad a Dios, y lo sabrás.

Soporta con paciencia todas las pruebas, los obstáculos, los sufrimientos, los contratiempos que en el mundo se te presentan, y aprovéchalos para darte cuenta de que estás vivo, que sientes, que amas, que respiras, que crees que después de esta vida hay algo mejor, hay un Paraíso en el que el Señor ha preparado un lugar para ti.

Alégrate porque tu nombre está escrito en el cielo, porque eres hijo del único Dios verdadero, todopoderoso, que es bueno y misericordioso, y que te ama. Se llama Jesús, y ha dado la vida por ti, muriendo en la cruz, para salvarte.

Lo que pasa en el mundo son cosas del mundo. Tú mantén tu visión sobrenatural, y ten la seguridad de que, pase lo que pase, si crees y eres fiel, vivirás.

Y recuerda, hijo mío, que tú perteneces a Dios, a nadie más, ya desde este mundo. Todo lo tuyo, es suyo, y todo lo suyo, es tuyo. Dios es tu Padre, tú eres su hijo. Pero nadie va al Padre si no es por Jesucristo, tu Amo, tu Rey, tu Señor, tu Redentor.

Acepta vivir y morir por Él en la esperanza de la vida, que, por su resurrección, te ha dado Él.

¡Síguelo!

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 39)