Mc 12, 38-44 - Maternidad Espiritual
Mc 12, 38-44 - Maternidad Espiritual
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MATERNIDAD ESPIRITUAL

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Para reflexionar en el silencio interior

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 43-44)

Madre nuestra: la escena del Santo Evangelio que recoge la ofrenda de la viuda pobre en la alcancía del templo menciona expresamente las palabras de Jesús alabando su generosidad. El Señor quiso resaltar aquel gesto escondido a los ojos de los hombres, pero que fue capaz de conmover el corazón del mismo Dios. Es una llamada muy clara para todos nosotros, para que nos decidamos a entregarnos del todo por Dios, sabiendo que vale la pena, porque Él no se deja ganar en generosidad.

Sabemos que hay muchas maneras de entregarse a Dios, y el Espíritu Santo se encarga de hacerle ver a cada alma cuál es su camino. Hoy te pido que nos hables de la vocación a la Maternidad Espiritual de sacerdotes, esa llamada poco conocida, pero que reciben muchas mujeres, para parecerse a ti, para hacerse ofrenda al pie de la cruz de Cristo, como lo hiciste tú, para acompañar a tus hijos predilectos, ayudándolos a alcanzar la santidad en el ejercicio de su ministerio.

Hijo mío: es mi deseo hablarte de la Maternidad Espiritual, poniendo como ejemplo el Evangelio de la pobre viuda que, en su pobreza, dio todo lo que tenía para vivir.

Se hizo ofrenda toda ella. Le entregó a Dios su vida entera, despojándose de todo -como lo hizo Jesucristo en la cruz-, para hacer la caridad, para la misericordia obrar, sorprendiendo al Señor con su muestra de fe y de amor por lo sagrado, sirviendo a la Iglesia hasta las últimas consecuencias, sin pensar en ella, sino en el necesitado.

La Maternidad Espiritual no es una vocación única. Nadie puede decir que tiene únicamente vocación a la Maternidad Espiritual. Es una vocación dentro de otra vocación, es un llamado dentro del llamado, es una gracia sobrenatural que el Señor da a quien Él quiere, para que se entregue por completo y lo dé todo, haciéndose ofrenda, hasta el último aliento.

Es, por tanto, un regalo para perfeccionarse en el amor, para santificarse en medio del mundo o en la vida religiosa.

Es un privilegio que tienen aquellas mujeres que el Señor elige para parecerse a mí, y dar más que los demás, en el silencio, en los quehaceres, en tantas y tantas cosas que hacen las mujeres.

Algunas tienen vocación al matrimonio. Algunas otras a la soltería. Algunas otras a la vida consagrada. Algunas otras a la vida religiosa. Y el Señor las llama en un llamado especial, para darles la vocación a la Maternidad Espiritual de sacerdotes, para cuidarlos, para procurarlos, para ayudarlos a alcanzar la santidad. Almas víctimas del amor infinito del Señor, que les enciende el corazón en fuego vivo, para ser esposas de Cristo, sin importar cuál sea su otra vocación.

La Maternidad Espiritual sirve para sus almas perfeccionar y hacerse ofrendas vivas de mis manos puras, para a los hombres sagrados de Dios santificar. Son ramilletes de flores con aroma de santidad.

La Maternidad Espiritual exige darlo todo, hasta que no les quede nada. Y, aun así, dar más: esas dos moneditas al Señor entregar. Cada una sabe cuáles son.

Para cada una esas monedas tienen un significado particular. Para algunas significan sus miedos, sus apegos, sus vicios, sus recuerdos, sus tristezas, sus seguridades y otras cosas más, transformando su vida en virtud, ofreciendo por sus hijos sacerdotes tantos sacrificios y oraciones que nadie ve, sólo Dios, pero que a mí me permite ver, para recoger y ofrecer sus lágrimas unidas a las mías.

Lágrimas de amor, lágrimas de dolor, lágrimas de alegría, que son irresistibles para Dios, que concede gracias de conversión a mis hijos sacerdotes, como fruto de la reparación de su Sagrado Corazón, por las obras de amor y las oraciones de las santas mujeres.

Esas dos moneditas, hijo mío, son la santidad, alcanzable en esta vida, para aquellas mujeres que han recibido el don de la Maternidad Espiritual y, con todo su amor, pasión, y esfuerzo, lo ejercen con perfección.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 7)