Mc 2, 1-12 - La parálisis del alma
Mc 2, 1-12 - La parálisis del alma
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LA PARÁLISIS DEL ALMA

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Para reflexionar en el silencio interior

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Mientras él enseñaba su doctrina, le quisieron presentar a un paralítico, que iban cargando entre cuatro. Pero como no podían acercarse a Jesús por la cantidad de gente, quitaron parte del techo, encima de donde estaba Jesús, y por el agujero bajaron al enfermo en una camilla» (Mc 2, 3-4).

Madre nuestra:  la escena del santo Evangelio que hoy meditamos tiene diversas enseñanzas. Quizá la principal es que Jesús deja claro que Él tiene el poder de perdonar los pecados, y que es más importante la salud del alma que la del cuerpo.

Pero también vemos lecciones de fe, de caridad, de celo apostólico, de audacia… Aquellos amigos del paralítico no se detuvieron ante las dificultades. Sabían que Jesús tenía el poder de curar a su amigo, así que hicieron lo imposible para presentarlo a sus pies. Tuvieron mucha fe y mucha audacia. Y consiguieron todo lo que querían, y más.

Qué buena lección nos deja Jesús cuando lo primero que hace, al ver la fe de aquellos hombres, es perdonarle al enfermo sus pecados. Quedaba claro que lo que ellos querían era la salud del cuerpo, pero Jesús les hace ver que todo su poder está dirigido a la conversión de los pecadores: el cuerpo quedará sano solo si le hace bien al alma.

Hoy te pedimos, Madre, que nos ayudes a ser buenos apóstoles de la confesión. Que nosotros cuidemos frecuentar el sacramento, pero que también tengamos afán de almas, celo apostólico, para llevar a otros a los pies de Jesús, a los pies del sacerdote, para que se conviertan y pidan perdón a Dios de sus pecados.

 

Hijo mío: un paralítico es aquel que depende de los demás, que no puede ir a donde quiere, que necesita ser llevado por otros.

Es aquel que no tiene fuerzas para levantarse y caminar, que está incapacitado y necesitado de la caridad de los demás.

El Señor ha venido a sanar a los enfermos, a curar a los paralíticos, para que se levanten y lo sigan. Pero deja claro que, para Él, es más importante sanar el alma que sanar el cuerpo.

El alma paralizada de aquellos que viven con miedo, que tienen el alma anestesiada, que están sentados, bien acomodados, y de su silla nada ni nadie los levanta.

Son aquellos pecadores que no tienen el valor de acudir al confesionario. Les falta la fuerza, les falta la fe, les falta determinación para cambiar de vida, y purificar su corazón. Necesitan ser llevados por otros a través de la evangelización y de la oración de intercesión.

El Señor los espera en el confesionario con paciencia, para escucharlos y sanarlos, perdonando sus pecados, para que, una vez absueltos, se levanten y se vayan a su casa limpios, llenos de paz y de esperanza.

El Señor se compadece de aquellos que le presentan a los enfermos de cuerpo y de alma, con fe, con ingenio, buscando los medios para que los enfermos se acerquen a Él, y por sus ruegos y su fe, el Señor los sane, perdonando sus pecados, dando paz a sus espíritus, pero también mostrando su poder haciendo milagros, para que otros se admiren y fortalezcan su fe.

Yo cuento contigo para que tú seas un buen amigo y lleves a los enfermos a la presencia del Señor. Yo te ayudo para que Él voltee a verlos, y admirándose de tu fe, se compadezca de ellos y les conceda la salud del alma y del cuerpo.

Agradece que puedes caminar, para seguir a tu Señor. Levántate y sírvelo, buscando almas que necesiten conversión, para presentarlas ante el Hijo de Dios, y por los méritos de tu entrega de vida a Dios, te conceda lo que le pidas.

La soberbia y el orgullo son la causa más común de la parálisis del alma que conduce al pecado, que lleva a la muerte del alma.

Si quieres darle gloria a Dios, intercede por los paralíticos que han perdido la fe, la esperanza y la caridad, para que el Espíritu Santo derrame sobre ellos su gracia, encienda sus corazones con el fuego de su amor, y los levante, para que acudan al confesionario y pidan perdón.

Y si un día descubres que has endurecido tu corazón, no pierdas tiempo, ve humillado con el corazón contrito ante el sacerdote, y pide perdón. Te estará esperando Cristo para sanar tus heridas, y antes de que te vuelvas un paralítico, te levantes y lo sigas.

¡Ven!, toma mi mano, no importa cuál sea tu pecado. Si no puedes caminar, yo te llevaré en mis brazos, y te presentaré ante Él, para que seas sanado.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 51)