CREER PARA CONVERTIRNOS
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Para reflexionar en el silencio interior
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Cuando se aproximaba a Damasco, una luz del cielo lo envolvió de repente con su resplandor. Cayó por tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Preguntó él: “¿Quién eres, Señor?”. La respuesta fue: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate. Entra en la ciudad y allí se te dirá lo que tienes que hacer”» (Hechos 9, 3-6).
Madre nuestra: la Iglesia celebra como una fiesta la conversión de San Pablo. Y no es para menos: gracias a esa conversión llegó a ser un gran Apóstol, llevando el Evangelio de tu Hijo a los gentiles, a los que no pertenecían al pueblo elegido, y por esa predicación se extendió la Palabra por el mundo entero.
Y es que San Pablo también predicaba con el ejemplo. Era un hombre santo. Cuando Jesús lo llamó para seguirlo lo hizo porque vio en él a un hombre decidido a defender la fe que había recibido de sus padres. Era un guerrero, dispuesto a dar la vida por lo que él creía. Estaba lleno de amor de Dios y Jesús iluminó más su camino aquel día. Quedó ciego, para que entendiera que el Señor quería que ahora viera las cosas con los ojos de la verdadera fe, y lo siguiera con una luz nueva, la luz de Cristo.
Por eso mismo, cuando hablamos de conversión, no se trata solamente de quien debe dejar una vida de pecado, pidiendo perdón y haciendo un propósito de enmienda, sino que se trata de lograr todos un verdadero cambio interior, una nueva mentalidad, buscando cada día crecer en el amor y la entrega a Dios y al prójimo. Y siempre se puede más.
Toda conversión debe llevarnos a buscar la santidad. De eso se trata. San Pablo le preguntó al Señor: “¿qué quieres que haga?”. El que se convierte debe estar dispuesto a hacer lo que Dios le pida, y nos pide a todos ser santos, amarlo con obras y de verdad.
Dinos, Madre, cómo debemos luchar para tener una verdadera conversión.
Hijo mío: ven, vamos a orar.
Yo ruego al Padre por ti, pidiendo la gracia al Espíritu Santo, para que, por la sangre preciosísima de mi Hijo Jesucristo, derramada en la cruz, convierta tu corazón.
Hijo mío, necesitas conversión.
Todo el mundo necesita conversión.
¡Conviértete!
No seas incrédulo, sino creyente.
Cree en Jesucristo, tu salvador. En que Él es el Hijo único de Dios, que ha dado tu vida al Padre cuando le has dicho: “Señor, aquí estoy. Te entrego todo lo que soy. Tómame y haz conmigo lo que quieras”.
Pero el Padre no ha aceptado tu ofrenda porque eran solo palabras, y Él quiere también tu voluntad y tus obras buenas.
No todo el que dice: “¡Señor!, ¡Señor!”, entrará en el Reino de los Cielos, sino aquel que cumpla la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios es que creas, para que puedas ser salvado; que le entregues tu corazón renunciando a ti mismo, para que no seas tú, sino Cristo, quien viva en ti.
El que verdaderamente cree no se preocupa.
Confía plenamente en el Señor y lo obedece.
Vive con alegría y paz interior, porque sabe que Dios todopoderoso es su Padre y nunca lo abandonará. Le ha dado mucho y le dará más. Y en la oración, en la contemplación de la cruz, y en la Sagrada Eucaristía, encuentra su felicidad plena.
Obra la caridad, y en el Señor siempre espera.
Su fe es muy grande, y a través de esa fe, consigue lo que quiera.
¿Te imaginas poder vivir de esa manera?
Para convertir tu corazón, debes creer primero. Y, ¿cómo vas a creer en algo que no conoces?
Por eso, es necesario que leas, que escuches, que medites, que reflexiones el Evangelio, que es Palabra de Dios.
Es el mismo Cristo que de mi vientre puro, inmaculado y virgen, nació.
Es el Verbo hecho carne.
Es la Luz que vino al mundo.
Cree en Él y recíbelo, conócelo.
Él mismo hace una biografía de su vida en el mundo. Y en las letras de los evangelistas el Espíritu Santo les dio la gracia para escribirlas. Es Palabra de Dios.
Y si tú la meditas y la practicas, aplicándola en tu vida, te aseguro, conocerás a Jesucristo, el Hijo de Dios, creerás en Él y te convertirás, porque Él mismo te hablará al corazón.
No esperes a que un día te tire del caballo, como a san Pablo.
No esperes escuchar su voz invitándote a la conversión, no sea que el día que lo escuches te tome por sorpresa y te llame, no para invitarte a convertirte, porque ya lo hizo, sino que te llame para que te presentes en tu juicio.
Conviértete hoy, y mañana, y el día después de mañana, porque todos los días necesitas conversión.
Despréndete del mundo y de ti mismo, y de todo lo que distrae tu atención del único camino que te lleva al cielo, y que debe ser el centro de tu vida, para que vivas por Él, con Él y en Él: Jesucristo, tu salvador.
Y si pasaran los días y no sientes el corazón herido, es que aún no te has convertido.
Persevera en la oración. Ven conmigo, yo te ayudo.
Te convertirás, te lo aseguro, porque a buscarte y a encontrarte me ha enviado el Señor.
Tanto te ama, que aquí estoy yo, para tocar tu corazón, para que lo abras de par en par, sin miedo, y permitas que en ti habite Dios.
Te transformará en Él. Esa es, hijo mío, la verdadera conversión.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 168)
