ILUMINAR AL MUNDO
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Para reflexionar en el silencio interior
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Nadie enciende una vela y la tapa con alguna vasija o la esconde debajo de la cama, sino que la pone en un candelero, para que los que entren puedan ver la luz» (Lc 8, 16).
Madre nuestra: la imagen de la luz aparece con cierta frecuencia en la Sagrada Escritura, sobre todo en el santo Evangelio, cuando Jesús se llama a sí mismo la luz del mundo, y cuando dice a sus discípulos que son la sal de la tierra y la luz del mundo. Hoy nos dice que la luz es para ponerla en un candelero, para que los que entren puedan ver la luz.
La liturgia de la Iglesia habla de la luz en Navidad, en Pascua, en tu fiesta de la Candelaria. Y es que el pueblo cristiano necesita que se le hable de luz y no de oscuridad, de corazones encendidos y no de fuegos apagados. Necesita ver con claridad el camino, y para eso se requiere iluminar.
Tu imagen de Guadalupe te muestra embarazada, llevando en tu seno al Hijo de Dios, el Sol que brilló desde su encarnación, y que se muestra también en esa imagen con unos rayos que alumbran detrás de ti. Tú eres Estrella de la Nueva Evangelización por haber traído la luz de Cristo al Nuevo Mundo.
Tu Hijo Jesús hace un llamado fuerte a iluminar el mundo con su luz, que se encuentra de modo especial en su Palabra. El mandato misionero nos hace responsables de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio, deber que tenemos todos los bautizados.
El día de nuestro bautismo el celebrante entregó a padres y padrinos un cirio encendido, confiándoles acrecentar esa luz, para que su hijo camine siempre como hijo de la luz.
¿Cómo podemos, Madre, cumplir eficazmente con ese honroso deber? Ayúdanos a cuidar con responsabilidad el compromiso de encender nuestro corazón con la luz de Cristo, para poder llevar esa luz a todos los rincones del mundo.
Hijo mío: ven conmigo, vamos al monte alto a orar.
El Señor te llama a la oración para llenarte de dones y gracias, de frutos y carismas, para que brilles para el mundo, encendido con el fuego del amor de su ardiente Corazón, y brilles con su luz para iluminar al mundo.
Tu deber como cristiano, como bautizado, como hijo de Dios, es llevar la luz de la Palabra a todos aquellos que no han tenido la oportunidad de escucharla, o que la han escuchado y no la han comprendido, o no la han valorado, y la semilla sembrada en ellos no ha crecido o se ha marchitado.
En esta oración abre tu corazón, mantén dispuesto tu corazón, permite que sea encendido tu corazón, y que arda de amor en este encuentro con Cristo.
Permite que sea Él quien viva en ti y sea su luz la que brille en ti. No te avergüences de haber sido elegido, no escondas tu luz, no apagues ese pabilo encendido ignorando ante el mundo que a tu Señor has conocido.
Ten el valor de reconocerlo ante tu familia y ante tus amigos, ante todos aquellos que no tienen fe, que no creen, que se burlarán de ti, que no te escucharán, que loco te juzgarán.
El Señor elige a los más pequeños, a los débiles, para confundir a los fuertes. Permite que te ponga sobre el candelero, para que los de tu casa puedan ver, para que ilumines ese ambiente de oscuridad en medio del mundo, y por ti, otros puedan ver la luz de Cristo brillar, se acerquen a Él, y lleguen al conocimiento de la verdad.
¿Qué importa que no te crean?
¿Qué importa que se burlen de ti?
Deja que digan lo que quieran. Te aseguro que la luz de la Palabra actuará en ellos, y aunque tú no lo veas, encenderá en lo más íntimo de sus corazones el deseo de tener tu fe, de tener tu paz, de tener un poco de tu luz, para sus vidas iluminar.
Un ciego no puede guiar a otro ciego. Tú puedes ver, ten caridad y ayuda a que los ciegos puedan ver. Invítalos a orar. Algunos dirán que no. Invítalos otra vez, y otra vez, y ora tú por ellos.
Ilumina su camino, enséñalos a orar, para que se acerquen a la luz y sean transformados por el amor de Dios en luz encendida, y pasen de la muerte a la vida eterna, vida de resurrección.
Entonces tu luz brillará con más fulgor, porque tu oración ha dado fruto. Has acercado almas a Dios, y tu luz brillará para siempre.
Tienes una gran responsabilidad. El Señor te ha dado mucho y te dará más. Agradece, hijo mío, porque has aprendido a orar, y al mundo con tu luz iluminar.
Cumple con tu deber de cristiano, de hijo de Dios, de vela encendida.
¡Brilla, hijo mío, brilla!
Lleva al mundo la luz del Evangelio, y deja que esa luz te consuma de amor, hasta que no quede nada de ti, y en ti se vea brillar al Hijo de Dios.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 129)
