Lc 24, 46-53 - SUBIR AL CIELO CON CRISTO
Lc 24, 46-53 - SUBIR AL CIELO CON CRISTO
00:00
00:00

SUBIR AL CIELO CON CRISTO

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo» (Lc 24, 50-51).

Madre nuestra, Puerta del cielo: habrá sido impresionante ver a Jesús subir al cielo. El Señor quería que se quedara muy grabado ese momento en la memoria de sus discípulos, para fortalecer su esperanza en los momentos de tribulación, seguros de poder participar también de la gloria de Dios en el Paraíso, como premio por su entrega.

La liturgia de la misa de hoy nos llama a la alegría, viendo en la ascensión del Señor a los cielos nuestra victoria, pues a donde llegó Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros, que somos su cuerpo.

También recuerda la liturgia de hoy que Jesús nos hizo la promesa de permanecer siempre con nosotros en la tierra. Él es el camino, la verdad y la vida, y por eso tenemos claro que está presente, sobre todo en su Palabra viva y en la Sagrada Eucaristía.

Los Apóstoles se mantuvieron después muy unidos entre sí y contigo, esperando la venida del Espíritu Santo, prometido por Jesús. Ayúdanos, Madre, a permanecer nosotros también así. Tú estás llena del Espíritu Santo: intercede para que a nosotros nos llene de sus dones y alcancemos la santidad, viviendo en este mundo con los pies en la tierra y con el corazón en el cielo.

Hijo mío: gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz.

El Señor ha subido al cielo para sentarse a la derecha de su Padre y gozar de la gloria que merece, porque Él ha vencido al mundo.

Salió del Padre siendo Dios y vuelve al Padre siendo Dios y hombre, llevando consigo la posibilidad de que todos los hombres participen de la gloria de Dios en el Paraíso.

Su misión está cumplida, pero la misión del Espíritu Santo continúa. El Padre y el Hijo lo envían para que los hombres decidan aceptar el regalo de la libertad que Jesús, con su muerte y resurrección, les vino a ganar.

Mi misión como Madre es reunir a mis hijos en torno a mí, para que sean llenos del Espíritu Santo, para que reciban la fuerza de lo alto y tengan el valor de renunciar al mundo, de tomar su cruz, y seguir al Señor.

El Señor ha subido al cielo para mostrarle a los hombres su destino. Él vino al mundo y se hizo camino, para que por Él puedan llegar al fin, que es el Paraíso.

El Señor Jesús es el principio y el fin, es el camino, la verdad y la vida. Todo el que crea en Él se salvará, pero el que crea debe creer hasta el final, debe perseverar. Y aquí estoy yo para ayudarle.

El cielo entero se alegra porque tú, hijo mío, al igual que toda la humanidad, estabas perdido y has sido encontrado, estabas muerto y has vuelto a la vida, por los méritos de tu Señor Jesús crucificado y resucitado.

Llénate del gozo de su presencia. No te quedes mirando al cielo. Él se ha ido, pero se ha quedado. Él es el pan vivo bajado del cielo. Está presente en Cuerpo y Sangre, en Alma y en Divinidad.

Adóralo cuando lo veas expuesto en el altar. Es Él. No te niegues la oportunidad de aceptar la gloria de la que Él te ha conseguido participar.

Adóralo acudiendo al recinto santo. Él está en el sagrario, y te está esperando.

Adóralo cuando comulgues y te alimentes con el pan sagrado. Es Él.

Adóralo viviendo con rectitud, amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

Adóralo en cada actividad, en cada ofrenda, en cada sacrificio, en cada alegría, en cada obra de caridad.

Adóralo viviendo con virtud. Permítele glorificar a su Padre en ti, haciendo lo que Él te dice.

Escucha su Palabra, ponla en práctica, y síguelo. Yo te aseguro, hijo mío, que Él, que tanto te ama, te llevará a su Paraíso.

Él quiere que subas al cielo con Él. Enviará a sus ángeles para que eleven tu alma ya desde este mundo, manteniendo tu corazón en el cielo y tus pies en la tierra, haciendo sus obras, gozando de su bendita gloria al cumplir su voluntad.

Esa es la vida en santidad.

El Señor, que ha subido al cielo, te llama. Abre tu corazón, deja que el Espíritu Santo te encienda con su llama de amor, déjate seducir por su presencia, déjate poseer por el Espíritu de Dios que vive en ti, para que adores y alabes al Señor, y tu alegría en esta vida sea completa.

Yo permanezco junto a ti.

Tómate de mi mano. Yo te llevo por camino seguro para que nunca te pierdas.

La gloria de Dios te está esperando.

Yo te bendigo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 88)