AYUNAR DE UNO MISMO
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Reflexión desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Jesús les contestó: “¿Acaso pueden ustedes obligar a los invitados a una boda a que ayunen, mientras el esposo está con ellos? Vendrá un día en que les quiten al esposo, y entonces sí ayunarán”» (Lc 5, 34-35).
Madre nuestra: sucede algunas veces, en la vida de los hombres, que queremos hacer un alto en el camino, y revisar qué es lo que debemos cambiar, para estar con el alma tranquila y en paz con Dios, con los demás y con uno mismo.
El pueblo cristiano acude a los ejercicios espirituales, sobre todo en los tiempos fuertes de Adviento y Cuaresma, para meditar en la Palabra de Dios, haciendo oración y pidiendo ayuda al Espíritu Santo, para iluminar la conciencia, descubrir lo que estorba, decidirse a quitar el obstáculo, haciendo buenos propósitos, para comenzar de nuevo.
Vino nuevo en odres nuevos. El mensaje de Jesucristo se recibe mejor cuando el alma está bien dispuesta y con propósitos de servir.
Y la oración debe ir acompañada también del ayuno y la limosna, los sacrificios y las obras de misericordia con los demás, que son las prácticas de penitencia recomendadas por la Iglesia para purificar el alma, para despojarse del hombre viejo y llegar a ser un hombre nuevo.
Consíguenos, Madre, ese vino nuevo, como en las Bodas de Caná.
Hijo mío: Jesucristo es el vino nuevo, el mejor de los vinos. Quien beba de este vino, tendrá vida eterna.
Pero, quien quiera beberlo, debe ser digno, debe convertirse de odre viejo en odre nuevo, a través del Bautismo y del sacramento de la Reconciliación.
Quien bebiera de este vino, habiendo pecado mortal cometido, o llevando en su alma aún la mancha del pecado original, sería como un odre viejo que, al llenarse de vino nuevo, se revienta, porque no lo puede contener, porque no sería digno de Él.
Reflexiona, hijo mío, en este pasaje del Evangelio, y mira que podrías hacer mil sacrificios, ofrecer ayuno todos los días, dedicarte a la expiación y a la penitencia, incluso rezar, cantar alabanzas a Dios y hacer obras buenas…, pero, si no tienes amor, hijo mío, nada tienes.
El amor es el vino nuevo. El amor es Cristo. El amor ha sido crucificado para renovarte, para salvarte, para abrirte las puertas del Paraíso.
El Señor, tu Dios, todopoderoso, mil holocaustos no aceptaría. El único sacrificio para Él agradable es el sacrificio de su único Hijo Jesucristo, porque a eso al mundo lo envió. Y, obediente hasta la muerte, sin abrir la boca se entregó, para redimir al mundo en un único y eterno sacrificio, de una vez y para siempre.
Y después resucitó para darte vida, para que, con Él, en su Paraíso, eternamente vivas.
El Señor te dio su heredad. Eres hijo de Dios Padre en filiación divina. Pero ni siquiera tu libertad, tu salvación, ni su gloria eterna impone.
Él te la da como un regalo, porque te ama. Y te da también los medios para aceptar un bautismo de conversión, y la posibilidad de recibir setenta veces siete la absolución, confesando tus pecados con verdadero arrepentimiento, para renovar tu alma y ser un odre nuevo, que pueda contener el mejor de los vinos, que es su Palabra, su amor, su gracia, el Cuerpo y la Sangre del Cordero, que te invita al banquete, que te sienta en su mesa, que te alimenta y te aprovecha para la vida eterna.
Acepta los regalos del Señor. Y si tú quisieras ofrecerle un sacrificio, haz un ayuno de ti mismo, renuncia a ti mismo, despójate del hombre viejo, acepta ser un hombre nuevo, y lee, escucha, medita, reflexiona, practica y pregona el Evangelio.
Acude con frecuencia a los sacramentos, haz oración, adora la Sagrada Eucaristía, participa con devoción en la Santa Misa, cumple los mandamientos de la ley de Dios, que se resumen en este: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.
Une tus ofrendas de cada día a la cruz de tu Señor, y agradece paladear el vino nuevo. Olvídate del vino añejo, y bebe para saciar tu sed, ¡llénate de Él!
Te aseguro que este vino es el mejor de todos, es el vino que yo pedí para ti cuando ya no tenías más, cuando las tinajas estaban vacías, y dije a sus servidores: “Hagan lo que Él les diga”.
Sus servidores son sus sacerdotes. Ellos te ayudarán a perseverar, siendo un odre nuevo. Y el vino nuevo, el mejor de los vinos, te darán.
Confía en ellos, y un día entenderás lo que quiere decir: “Misericordia quiero, y no sacrificios”.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 62)
