VISIÓN SOBRENATURAL
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Para reflexionar en el silencio interior
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Entonces Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Él le contestó: “Señor, que vea”. Jesús le dijo: “Recobra la vista; tu fe te ha curado”. Enseguida el ciego recobró la vista y lo siguió, bendiciendo a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios» (Lc 18, 40-43).
Madre nuestra: sabemos que todo lo que aparece en las Sagradas Escrituras fue inspirado por el Espíritu Santo para que nosotros pudiéramos contar con luces divinas que orienten nuestro camino.
Por lo mismo, las curaciones de enfermos que se relatan en el Santo Evangelio tienen que dejarnos alguna enseñanza, además de fortalecer nuestra fe en el poder de Dios.
Hoy contemplamos la curación de un ciego. Solo quien padece esa enfermedad sabe el sufrimiento que implica no poder ver la luz del día. Y a nosotros nos deja, para nuestra reflexión, la consideración del sufrimiento de quien no puede ver con los ojos del alma la luz de Dios.
Debe ser muy triste no tener visión sobrenatural, no poder ver la voluntad de Dios detrás de todos los acontecimientos. Eso pasa cuando se pierde la fe, cuando se pierde la gracia, cuando solo se ven las cosas con visión humana. Se pierde la esperanza de que después de grandes males vengan grandes bienes, sobre todo para las almas, cuyo bien más grande es el mismo Dios.
La visión sobrenatural tan especial que tú tenías, Madre, desde que tuviste uso de razón, te permitió ver todo con los ojos de Dios. Por eso le dijiste “sí” en todo momento, sin dejarte llevar por la duda o el temor. Supiste ponerte en manos de Dios y confiar en que todo estaba en sus planes. Por eso te mantuviste firme, de pie, junto a la cruz de Jesús, confiando en que de su sacrificio voluntario vendría la salvación de todos los hombres.
Maestra de fe: intercede por nosotros para que nunca nos falte.
Hijo mío: abre tus ojos del alma, para que puedas ver la luz.
Ven conmigo, vamos a contemplar a Jesús en la cruz.
Dirige tus ojos a su mirada. Penetra en esos ojos sangrantes.
Mira a través de sus ojos. No es una visión terrena.
Él no ve como tú ves. Él ve el mundo con los ojos de Dios.
Intenta ver tú también con percepción divina, con visión sobrenatural, con una mirada enamorada de la humanidad. Y mira todas las cosas a la luz de la verdad, tal y como son en toda su dimensión.
Dios no mira tan solo un momento, aquí y ahora.
No se detiene en el tiempo de los hombres.
Su mirada trasciende a la eternidad.
Él es el que era, el que es y el que vendrá.
Él mira al mismo tiempo el antes, el ahora y el después.
Él mira a través de los ojos del amor.
Su mirada es compasiva y misericordiosa, a todos acoge, a nadie desprecia.
Contempla cómo me mira mientras entrega la vida por ti, derramando su sangre hasta la última gota para salvarte.
Su mirada está puesta en tu persona, no en tu pecado.
Su cuerpo ha asumido con dolor y sufrimiento tus ofensas contra Dios.
Te ha perdonado porque te ha mirado con amor y con el deseo de compartir contigo su eterna gloria en el Paraíso.
No le importa sufrir, no le importa morir. Sabe que después de este suplicio resucitará, porque ha de venir por ti.
Conserva, hijo mío, esta visión sobrenatural en medio de tu vida ordinaria, para que, cuando el Señor venga, en ti se complazca, cuando te encuentre cumpliendo con tu deber, agradecido por haber sido redimido por Él.
Lucha contra la tentación de ver tan solo tu sufrimiento, tu miseria, tu poquedad, tu soledad.
No vivas recordando tu pasado con nostalgia, porque ya no existe.
Pero ese pasado ha hecho de ti la persona que eres hoy.
Siéntete agradecido con las experiencias que has vivido, y que aquí, junto a mí te han traído.
Renuncia a todo aquello que te separa de Dios y te aleja de su corazón, y mira quién eres el día de hoy.
Desde los ojos del Crucificado mírate a ti mismo. ¿Qué es lo que en ti ve el Señor?
Ojalá puedas verte a ti mismo con visión sobrenatural, y te des cuenta que todo lo que el Señor permite: tus alegrías, tus tristezas, tus logros, tus derrotas, tus fracasos, las dificultades, las tribulaciones, las oportunidades para servir y para amar a tus hermanos, tus sufrimientos y tus miserias, así como tus satisfacciones y los bienes que recibes por su misericordia, son oportunidades, medios que Él te da para que te perfecciones, para que veas la realidad, y descubras las verdades eternas, que te harán contemplar desde la mirada de tu pobre humanidad el Paraíso a través de la visión sobrenatural, fruto de tu fe puesta en obras, de tu esperanza y tu confianza, y de la práctica de tu caridad.
Conserva esta visión sobrenatural en todo lo que hagas, permaneciendo en la presencia del Crucificado, dejándote mirar por Él, sosteniendo tu mirada en su mirada, para que veas la luz que disipa toda oscuridad, que te revela la verdad, y te hace pasar de tu pobreza, de tus sufrimientos, de tu miseria, a la verdadera felicidad.
Y si no pudieras ver la luz, acércate al sagrario, y ante el Señor suplica con voz fuerte e insistente:
“Hijo de David, ¡ten compasión de mí!
Creo firmemente que estás aquí, sacramentado, resucitado y vivo.
Yo te pido ¡que vea, Señor, que vea!, para que tu luz ilumine mi camino y nunca me pierda.
¡Que vea, Señor, que vea tu admirable luz!
¡Dame visión sobrenatural, para que yo conozca y haga en todo tu voluntad!”
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 152)
