ESPERANDO VER LA LUZ NACER
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Para meditar en el silencio interior
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, por que ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen» (Lc 1, 46-50).
Madre nuestra: la liturgia de la Iglesia nos presenta, en estos días más cercanos a la Navidad, los pasajes del Evangelio conocidos como los “Evangelios de la infancia de Jesús”, los anteriores a su vida pública.
Hoy meditamos sobre el cántico que te salió del alma después del saludo a tu prima Isabel, conocido como el “Magníficat”, exultando sobre las maravillas que ha hecho Dios con su pueblo, y reconociendo que te llamaremos dichosa todas las generaciones, porque el Señor ha hecho en ti grandes cosas.
Podemos imaginar la inmensa alegría que embargaba tu corazón, sabiéndote que eras la Madre del Mesías, Salvador. Lo llevabas con mucha discreción, pero ante tu prima podías exultar de gozo, porque ella conocía la existencia del misterio.
Seguramente en esos meses de espera del nacimiento del Precursor, tus conversaciones con Isabel giraron en torno a la llegada del Mesías prometido, tan esperando por su pueblo.
Qué bueno sería que todos los cristianos hiciéramos lo mismo preparando la Navidad. Que lo busquemos cada día con más intensidad, en nuestra oración y en los sacramentos, y que lo escuchemos, acudiendo a su Palabra. Que le preparemos, como lo hicieron tú y san José, una digna morada al Rey que va a nacer, a la Luz que va a iluminar al mundo entero.
Hijo mío: ¡Glorifica mi alma al Señor!
¡Se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humillación de su esclava!
Glorifica tú al Señor.
Dispón tu corazón para que el Espíritu Santo lo llene de alegría, acompañando en el camino hacia Belén a san José y a la Virgen María, en la esperanza de ver la Luz nacer.
Luz bendita que ilumina los corazones de los hombres para que crean en Él.
Luz que es la Palabra. La Palabra es Él.
Luz que es salvación para el mundo. El Salvador es Él.
Luz anunciada por los profetas como el Mesías. El Mesías es Él.
En este vientre inmaculado se gesta Él. Por obra del Espíritu Santo se ha encarnado Él.
¿Y quién es Él?
¿Lo conoces?
¿Lo escuchas?
¿Lo tratas?
¿Lo sientes?
¿Quién es Él, en el que tú crees?
Él es el Hijo único de Dios, que ha sido enviado al mundo para salvarte.
Él es el camino, la verdad y la vida.
Él es la causa de tu alegría y de la mía.
Él es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el único Dios verdadero a quien debes adorar.
Él es la luz del mundo.
Él es la bondad, la justicia y la misericordia misma.
Él es tu Señor.
Obedécelo y haz lo que Él te diga.
Escúchalo.
Está a tu puerta y llama.
Déjalo entrar a tu corazón.
Llénate del gozo de su amor.
Él es quien derriba del trono a los poderosos y exalta a los humildes.
Él es mi Hijo. Yo soy su Madre.
Él es mi Dios, mi Señor. Yo soy su humilde esclava.
Por Él han sido hechas nuevas todas las cosas, y por Él tu alma puede ser renovada.
Acércate a Él. Confía en Él.
Espéralo con ilusión. Mira que está pronto a nacer en tu corazón.
Recíbelo, adóralo, prepárale una digna morada.
Limpia tu alma.
Acude al sacramento de la confesión.
Humíllate ante tu Señor.
Arrepiéntete de tus pecados.
Pide perdón.
Haz un propósito de enmienda para no volver a pecar.
Pide su gracia.
Recibe la absolución de manos del sacerdote, que es el mismo Cristo de quien te hablo yo.
Mira que tu alma es como un portal de Belén.
No es un palacio, pero el Señor lo ha elegido para ahí nacer.
Prepárate, para que seas digno de recibirlo.
Que tu corazón sea como un pesebre, para que en él descanse el Hijo de Dios.
¡Y alégrate!, porque Él ha prometido quedarse contigo todos los días de tu vida, y con todos aquellos a quienes Él ha venido a buscar.
Y permanecerá de generación en generación reuniendo a sus ovejas en un solo rebaño y con un solo pastor, hasta el fin del mundo, para después llevarlos a vivir con Él a su eterno Paraíso.
¡Dichosa soy porque el Señor está conmigo, me ha llenado de su gracia, y yo quiero compartirla contigo!
Ven, acompáñame en esta dulce espera.
¡El Señor, tu Dios y mi Dios, en este mundo va a nacer!
¡Adoremos al Rey!
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 160)
