Lc 2, 16-21 - Contemplar a Jesús, María y José
Lc 2, 16-21 - Contemplar a Jesús, María y José
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CONTEMPLAR A JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Para reflexionar en el silencio interior

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Los pastores fueron a toda prisa hacia Belén y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre. Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño y cuantos los oían, quedaban maravillados. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 16-19)

Madre nuestra: habrá sido muy impresionante aquella visión del ángel del Señor que tuvieron los pastores, cuando les anunció que había nacido en la ciudad de David el Salvador, el Mesías esperado. Después vieron también una muchedumbre de la milicia celestial alabando a Dios y se llenaron de temor, pero no dudaron en ir a Belén para adorar al Niño.

Pero poco más se sabe de aquellos pastores. No resulta difícil imaginar que aquella noche quedaría grabada en su mente y en su corazón toda su vida, y que con toda seguridad continuaron pendientes de cualquier noticia sobre ese Niño. Muy probablemente San José era conocido de ellos, por ser del linaje de David. Tenía parientes en esa ciudad que pudieran estar enterados. Aunque vinieron primero los años en Egipto, y luego en Nazaret.

¿Cómo habrá sido la conversación de los pastores contigo y con San José? Ustedes les abrieron la mente y el corazón hablando de las profecías sobre el Mesías. Y trataron de explicarles cómo podía ser posible que el mismo Dios asumiera la naturaleza humana.

Yo estoy seguro, Madre, de que aquellos pastores no solo hablaron del Niño, sino que no podían dejar de hablar también de los padres del Niño, porque quedaron impresionados con aquella conversación y con la virtud de quienes recibieron del cielo la misión de proteger, criar y educar el Hijo de Dios hecho hombre.

¿Cómo podemos nosotros, Madre, tener esa misma contemplación de los pastores y sacar provecho para nuestra alma?

 

Hijo mío: ven conmigo. Como los pastores fueron a Belén, ven tú también al monte alto de la oración a contemplar al niño Jesús, el Hijo de Dios, a José y a la Madre de Dios.

En esta contemplación recuerda las maravillas que los profetas, los ángeles, los pastores, los hombres santos y todos los creyentes han dicho sobre el Hijo de Dios.

Guarda y medita todas estas cosas en tu corazón, como lo hago yo.

Y llénate de alegría exultando tú también estas maravillas.

Alaba al Señor, adóralo.

Él es tu Rey, Él es tu Dios.

Cree que Él es verdadero hombre y verdadero Dios, y creyendo y meditando todas estas cosas en tu corazón, da testimonio al mundo de mi Maternidad Divina.

Yo soy la Madre de Dios.

Yo soy Hija de Dios Padre, Esposa de Dios Espíritu Santo, que, cubriéndome con su sombra, me hizo Madre de Dios Hijo, y me unió así a la Santísima Trinidad en la eternidad.

Yo soy Madre del Verbo encarnado, la Palabra de Dios, que está viva y es eficaz.

Yo soy Madre de la Persona divina engendrada en mi vientre inmaculado, quien, teniendo naturaleza divina, adquirió la naturaleza humana; y como fruto bendito de mi vientre, nació el Cristo, el hombre y Dios, el Mesías, el Salvador.

Contémplalo recién nacido.

Parece tan solo un niño, un hombre como todos.

Pero acércate más, entra en su Corazón, y date cuenta que tiene la sabiduría de Dios.

Es pequeño a tus ojos, pero es el todopoderoso, es omnisciente y omnipresente.

Es como un cordero inmaculado.

Es el Cordero de Dios.

No tiene mancha ni pecado.

Él es tres veces santo.

A Él, y solo a Él, debes adorar.

Contémplalo y recíbelo.

A Dios Padre te ha venido a revelar.

Conócelo.

Ha venido a enseñarte a ser como Él.

Él es tu Maestro. Aprende de Él.

Te enviará al Espíritu Santo.

Abre tu corazón y déjate llenar de su don.

Acógelo en tu corazón.

Permítele habitar en ti.

Pero antes, pídele a san José que de tu corazón indigno –como si fueran tan solo tablas y clavos–, lo tome entre sus manos, y construya un digno pesebre para Él.

Recibe la gracia que yo tengo para darte, y en una preciosa cuna yo lo transformaré, y contigo acostaré al Niño, y lo arrullaré, para que tú seas transformado en Él.

Reconóceme, hijo mío. Yo soy Madre tuya también.

En la humanidad de Cristo el Espíritu Santo te ha incluido, como miembro de ese pequeño cuerpo del cual Cristo es cabeza. Se llama Iglesia.

Maravíllate, hijo mío, de esta verdad.

Con docilidad deja que el Señor te introduzca en sus misterios.

Acéptalos, aunque no puedas entenderlos, y tu corazón se inflamará de tanto amor, que iluminarás con la luz del niño Dios a todas las gentes, dando testimonio de mi Maternidad Divina, hablando del Hijo de Dios maravillas, porque tú has creído.

Él vive en ti y tú en Él.

Él me llama “Madre”…, y tú también.

Yo soy Madre de Dios y de todos los hijos de Dios.

Demos gracias al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 243)