Lc 14, 25-33 - Un perfecto discípulo de Cristo
Lc 14, 25-33 - Un perfecto discípulo de Cristo
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UN PERFECTO DISCÍPULO DE CRISTO

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís


«Caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 25-27).

Madre nuestra: Jesús no duda en hablar con mucha exigencia a sus discípulos, para que les quedara claro, desde el principio, que se trataba de una entrega total lo que les estaba pidiendo.

No era solo aprender la doctrina de un maestro, sino que se trataba de una entrega de vida. Es decir, de poner en práctica lo que estaban aprendiendo de la Palabra de Jesús, con la ventaja de que el Señor les daría la gracia necesaria para poder hacerlo.

A ellos les estaba dando una vocación muy especial, que no se les daba a todos. Así como ahora, que en la Iglesia hay muy diversos modos de entregarse a Dios. Lo que sí es común a todos los que sienten el llamado es que debe ser una entrega total, porque Jesús no se satisface compartiendo, lo quiere todo.

Todo bautizado está llamado a ser discípulo de Cristo. Debe aprender de Él y vivir su vida. Esa es la vocación cristiana. Por tanto, la llamada de Jesús para dejar todo y tomar la cruz de cada día, es para todos los miembros de la Iglesia. Cada uno debe descubrir, con la ayuda del Espíritu Santo, cómo debe ser ese discipulado.

Reina de los apóstoles: intercede ante Dios para que seamos todos muy valientes y decididos para seguir a Jesús como Él lo quiere, aprendiendo de Él y llevando con alegría nuestra cruz de cada día.

 

Hijo mío: tú estás aquí porque deseas ser un perfecto discípulo de Cristo.

Vayamos al monte alto de la oración, y yo te enseñaré, mientras meditas todas las cosas en tu corazón.

Que el Espíritu Santo se derrame sobre ti y te ilumine con su luz, para que comprendas cómo debe ser un perfecto discípulo de Jesús.

Cualquiera que sea tu vocación, cualquiera que sea el llamado que has escuchado del Señor, es un llamado al discipulado, que hace a todos los hijos de Dios, porque nadie va al Padre si no es por el Hijo.

Él es el camino, y el camino es de cruz. Pero no te asustes, hijo mío, no tengas miedo. El Señor no te llama para lastimarte, para torturarte, para perjudicarte. Él te llama para que lo sigas, para que aprendas de Él, para que tengas vida y encuentres la verdadera felicidad en Él.

El Señor te llama para que participes de la gloria de su Padre y seas feliz, porque te ama. Y si en el camino tuvieras que soportar algunos sufrimientos, no pienses que es un castigo, sino la oportunidad que Dios te da para superar las miserias de tu humanidad, para que te perfecciones y llegues a ser como Él, y seas digno discípulo de Él, porque el discípulo no puede ser más que su maestro, pero sí puede aspirar a alcanzar la perfección en su maestro.

Jesús te dice que el que no renuncie a todos sus bienes no puede ser su discípulo. Eso es lo que debes aprender. Primero, a escuchar su Palabra, meditarla para comprenderla y ponerla en práctica.

Renunciar a todos tus bienes es el camino de la perfección, siempre y cuando tus renuncias sean hechas por tu propia voluntad, con el fin de hacer la voluntad de Dios. Renuncias que se transformen en misericordia, utilizando todo lo que tienes para hacer el bien a tus hermanos, para dar de comer al hambriento, para dar de beber al sediento, para vestir al desnudo, para dar posada al peregrino, para promover la fe y la caridad, llevando esperanza y paz a aquel que tanto lo necesita.

La renuncia es a ti mismo, a tus caprichos, a tus comodidades, a tu vida desordenada, a tus excesos, a tu egoísmo, a tu orgullo, a las malas pasiones que dominan tus emociones y tus sentidos, y te llevan a cometer actos impuros que ofenden a Dios y te alejan de Él.

Renuncia a la soberbia que te hace creer que tú puedes solo, que tú puedes controlarlo todo, incluso cuando tus intenciones son rectas y haces el bien, y no te das cuenta de que tú solo nada puedes. Es Cristo quien vive en ti y obra por ti. Todo bien proviene de Él.

Renuncia a tu pereza espiritual. Procura formarte y tener, a través de la oración con el Señor, intimidad. Es Él quien te hace crecer.

Ejercita tu alma rezando a Dios, suplicando, intercediendo por los más necesitados.

Decídete a dejar tu mundo a un lado, para vivir con visión sobrenatural, evangelizando con la fuerza del Espíritu a los que no han conocido la fe, y a los que la han conocido, pero la han oprimido, no la han dejado crecer.

Ten el valor de despojarte de ti mismo, de tus deseos, de tus ambiciones, de tu voluntad, para hacer lo que quiere Dios.

Entrégate totalmente a Él, dale tu corazón para que Él haga con lo suyo lo que Él quiera.

Confía en Él, te mostrará el camino, te ayudará a llevar tu cruz y a unirla a la suya, y te transformará para que seas como el discípulo amado al pie de la cruz, a quien le entrega el más dulce regalo. “Ahí tienes a tu Madre”, te dirá. Y yo estaré a tu lado, y jamás te perderás. Te llevaré de mi mano, y harás siempre su voluntad.

Entonces, serás un perfecto discípulo de Cristo, te sentará a su mesa y cenará contigo, y tú con Él.

Te aseguro, hijo mío, que, si tú le entregas todo lo que tienes, todo lo que eres, Él te dará más, porque el Señor no se deja ganar en generosidad.

Haz la prueba, y verás qué bueno es el Señor.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 146)