ESCOGER LA MEJOR PARTE
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Reflexión desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«María se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude”. El Señor le respondió: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”» (Lc 10, 39-42).
Madre nuestra: era comprensible la molestia de Marta, reclamando a su hermana ayuda en los quehaceres de la casa. Seguramente se esmeraba para poder atender bien a Jesús, y también deseaba escucharlo, pero le daba prioridad a su trabajo.
Puede parecer algo inevitable en nuestra vida diaria, y muchos termina diciendo que primero hay que cumplir con la obligación y luego con la devoción. Y la experiencia nos dice que, si no asumimos con responsabilidad cumplir con un plan de vida de piedad diariamente, con exigencia, dándole prioridad, nos van a absorber el trabajo y las demás obligaciones, y terminaremos diciendo que nunca tenemos tiempo para hacer oración.
El reproche de Jesús a Marta es para todos: no podemos dejarnos llevar por preocupaciones e inquietudes, dejando para después lo que es verdaderamente necesario: escuchar al Señor, porque será Él quien nos dará la fuerza, y la gracia, y el tiempo, y el ánimo para poder cumplir bien con todo lo demás.
Un alma de oración escucha al Señor todos los días a través de su Palabra, que se encuentra en las Sagradas Escrituras. Y medita en esa Palabra y la pone por obra, con la ayuda de Dios, como lo hacías tú. Además, frecuenta los sacramentos, y te tiene devoción, y trata a los ángeles y a los santos. Así mantiene la presencia de Dios a lo largo del día, convirtiendo su trabajo en oración, en unidad de vida.
Ayúdanos, Madre, a darle prioridad a la oración, a concretar un plan diario de vida de piedad, que podamos ir completando poco a poco, buscando a Dios como por un plano inclinado, hasta conseguir tener el corazón ardiente, escuchando su Palabra, escogiendo siempre la mejor parte.
Hijo mío: “María ha elegido la mejor parte, y no le será quitada”.
Esas son palabras del Hijo de Dios.
Su Palabra es la verdad. Él tiene palabras de vida eterna.
Se refiere a la oración.
El que elige orar antes que hacer otra cosa, elige la mejor parte, porque en la oración escuchas al Señor que te habla al corazón, que te llena de Él, y te da la fuerza para que todo lo demás con mayor eficacia lo puedas hacer.
Te llena de su gracia, de su sabiduría, y de su amor. Y eso es lo necesario para que todo lo demás que hagas sea para gloria de Dios.
El que ora hace todo por amor de Dios, le da sentido a su vida, todo se lo ofrece a Dios.
El que ora alaba al Señor, lo atiende, lo escucha, lo ama, lo complace, lo recibe. Y el Señor le da vida, le da gracia, le da don.
Conviene, por tanto, hijo mío, que antes que cualquier cosa, acudas a la oración.
Desde el amanecer, acuérdate de Dios.
Cuando tú despiertas, Él te está mirando.
Cuando te levantas, Él te está mirando.
Cuando te aseas, cuando comes, cuando trabajas, cuando realizas tus deberes –y también cuando no haces lo que debes–, el Señor te está mirando.
Cuando te acuestas, Él te está mirando.
Cuando duermes, Él te está mirando.
¿Y quién es el hombre para que Dios se acuerde de él?
¿Quién eres tú para que el Señor te mire con tanta atención?
Eres su hijo.
Él te ha concedido el don de la filiación por Cristo, con Él y en Él. Por tanto, te mira del mismo modo, con el mismo amor, con la misma atención, con la misma ternura, con el mismo cariño que lo mira a Él.
La dignidad que Jesús te ha conseguido es, precisamente, la atención que el Padre creador ha puesto en ti.
Entonces, dime, ¿quién eres tú para no acordarte de Él?
Desde que te despiertas, cuando te levantas, cuando te aseas, cuando comes, cuando trabajas, cuando realizas tus deberes –incluso, cuando no haces lo que debes–, cuando te acuestas y cuando duermes, corresponde a su mirada de amor.
Míralo tú a través de la oración, y escúchalo a través del Evangelio, meditando su Palabra, contemplando el rostro del Crucificado, adorando al Resucitado, acudiendo con frecuencia a recibirlo en la Sagrada Eucaristía.
Y antes de comulgar, míralo. No tengas prisa. Date el tiempo de verlo cara a cara.
Él te está esperando, te está mirando, SE ESTÁ ENTREGANDO A TI.
Recíbelo como Él se merece, con un corazón limpio, con una mirada pura, con la más tierna devoción, con la más grande fe y confianza en que, en esa Forma, Él es.
Siéntelo dentro de ti.
Tócalo con tu lengua, embriágate de su amor.
DÉJATE TRANSFORMAR EN SU DIVINA ESCENCIA.
Deja que se apodere de ti, ríndete ante Él.
No es Él quien se convierte en ti, eres tú quien, al alimentarte de Él, se transforma en Él, Cristo vivo, hombre y Dios, Rey divino.
Permanece en oración. No hay nada más importante que dedicarle tiempo a tu Señor.
Aprovecha que, en ese momento, te está mirando con la más grande atención. Te escucha. Quiere concederte lo que le pidas con fe, con esperanza, y con amor.
No pienses en todo aquello que tienes que hacer, aunque sea muy importante. Deja todo para después. Elije la mejor parte, la única cosa necesaria, que es entregarle tu vida a Dios en esa íntima unión que te alcanzará tu santificación.
Agradece. Recuerda que estás en un momento de acción de gracias. Él es la gratuidad por excelencia.
Aprovecha el momento, agradécele en silencio, y deja que la paz reine en tu corazón.
Goza de la gloria de Dios, y pídele lo que necesitas para poder cumplir con todo aquello importante que te inquieta y te preocupa.
Deja todo en sus manos, y no digas: “ya me voy, Señor”. No te despidas, Él se queda contigo.
Por tanto, permanece en oración, ve y cumple con tus deberes, haz todo aquello importante, sin dejar de hacer lo necesario, que es mirar y dejarte mirar por tu Señor.
Entonces, habrás elegido la mejor parte, tendrá paz tu corazón, y nadie podrá quitártela.
Nada, por más importante que sea, distraerá tu atención, para hacer en todo, y siempre, la voluntad de Dios.
Y luego, vuelve.
Detente un momento.
Ponte de rodillas, siéntate, quédate de pie, póstrate, junta tus manos, abre tus brazos…, como tú quieras, pero mira al cielo, y recuerda hacer siempre, y antes que nada, oración.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 136)
