Lc 1, 26-38 - Reina de Cielos y Tierra
Lc 1, 26-38 - Reina de Cielos y Tierra
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REINA DE CIELOS Y TIERRA

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Con ánimo verdaderamente maternal, al tener en sus manos el negocio de nuestra salvación, Ella se preocupa de todo el género humano, pues está constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra, y está exaltada sobre los coros todos de los Ángeles y sobre los grados todos de los Santos en el cielo, estando a la diestra de su unigénito Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, con sus maternales súplicas impetra eficacísimamente, obtiene cuanto pide, y no puede no ser escuchada» (Beato Pío IX, bulla Ineffabilis Deus, n. 618).

Madre nuestra: el santo Padre Pío XII, en su encíclica Ad Caeli Reginam, en el día de la fiesta de tu Maternidad divina, del Año Mariano de 1954, al cumplirse el centenario de la definición dogmática de tu Inmaculada Concepción, y cuatro años después de haberse decretado el dogma de tu Asunción a los cielos en cuerpo y alma, instituyó la fiesta que hoy celebramos con gran alegría.

El Papa pidió que cada año, en esta fiesta, se renueve la consagración del género humano a tu Inmaculado Corazón, diciendo que en ello “está colocada la gran esperanza de que pueda surgir una nueva era tranquilizada por la paz cristiana y por el triunfo de la religión”.

También pidió que procuren “acercarse con mayor confianza que antes, todos cuantos recurren al trono de la gracia y de la misericordia de nuestra Reina y Madre, para pedir socorro en la adversidad, luz en las tinieblas, consuelo en el dolor y en el llanto, y, lo que más interesa, procuren liberarse de la esclavitud del pecado, a fin de poder presentar un homenaje insustituible, saturado de encendida devoción filial, al cetro real de tan grande Madre”.

Nos unimos ahora, Madre nuestra, a esos deseos del Romano Pontífice, nos maravillamos del poder que te ha otorgado Dios, en el cielo y en la tierra, y te pedimos que nos enseñes a ser dignos hijos del Rey, y siervos fieles de nuestra Reina.

Hijo mío: yo sirvo al Rey.

Como esclava, como Madre, como Reina.

Dios, en su Santísima Trinidad, me ha coronado con la gloria de la victoria de Jesucristo sobre el mundo, la victoria en la batalla del bien contra el mal, la victoria de la cruz y de la vida sobre la muerte.

El Padre ha puesto todas las cosas en las manos del Hijo.

El Rey del universo tiene todo el poder y le ha dado a esta indigna creatura la dignidad de Reina, y más aún, la dignidad de Madre del Rey.

Le ha dado facultad como medianera de todas las gracias, que el Espíritu Santo da a todo aquel que desea la voluntad del Padre hacer, para que yo las otorgue, según mi parecer, a quien las pida, y a quien no las pida también, intercediendo por ellos, porque una madre sabe lo que sus hijos necesitan.

Se me ha concedido el poder de pisar la cabeza del enemigo, y así a mis hijos proteger.

Se me ha dado libertad para elegir a aquellos que yo quiera que se pongan a mi servicio, para acompañarme y al Rey servir.

Y el Señor me ha concedido ser maestra y guía para mis hijos, para que aprendan de mí. Yo misma enseñé a Jesús a ser Rey, y yo también aprendí de Él.

Mi deseo es que mis hijos reinen conmigo en el Reino de los cielos en la tierra, enriqueciéndose con mis tesoros, para que caminen confiados, protegidos, guiados, seguros y purificados al Reino de los cielos, que es eterno, y sean dignos de entrar por la única puerta del Rey, una puerta de cruz, que a quien la cruza se le recibe con la corona de la gloria, que le tiene preparada Dios Padre, porque es la herencia que le corresponde a sus hijos, los hijos de la Reina, en quienes se complace, porque en ellos el Rey glorifica a su Padre.

Abre tu corazón y permite que la gracia de Dios te gobierne, para que en tu corazón Cristo reine, y te conceda el honor de acompañar a la Reina, para llevar al mundo esperanza y paz.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 119)