Lc 11, 39-41 - Tener el alma limpia
Lc 11, 39-41 - Tener el alma limpia
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TENER EL ALMA LIMPIA

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís


«Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior? Den más bien limosna de lo que tienen y todo lo de ustedes quedará limpio» (Lc 11, 39-41).

Madre nuestra: llama la atención que Jesús acudiera a la casa de un fariseo y se sentara a la mesa con él, sabiendo que su corazón estaba lleno de impureza. El Señor no se lavó las manos antes de comer, con toda la intención de que el fariseo lo notara y se extrañara, para poder entrar en el tema que le interesaba: la pureza del corazón.

No duda en reclamarle a él y a todos los fariseos su hipocresía, porque se esmeraban en cumplir preceptos que miran lo exterior, descuidando los que se refieren a la pureza del corazón, a la limpieza del alma.

Dios conoce el interior del alma y sabe cuáles son nuestras intenciones. Por eso Jesús podía decir a los fariseos que su interior estaba lleno de robos y maldad. Y aprovecha la ocasión para invitarlos a convertirse, dando limosna de lo que tienen, para limpiar su alma. Es decir, los anima a vivir la caridad haciendo obras de misericordia.

Desgraciadamente, Madre, en el mundo en que vivimos, es frecuente que se presente la tentación de querer quedar bien ante los demás, de querer lucir, de llamar la atención, de acaparar miradas. Pero eso puede conducir a la hipocresía, a un comportamiento exterior que no responde a la verdad, y muchas veces termina faltando a la caridad con los demás.

Nos damos cuenta de la responsabilidad que tenemos, como cristianos, de que nuestro comportamiento exterior no solo responda a unos buenos principios, sino que debemos hacer apostolado llevando a todos los ambientes, buenos y malos, el buen olor de Cristo.

Dinos, Madre, cómo podemos ser fieles a ese compromiso.

Hijo mío:

El Espíritu Santo se manifiesta al mundo a través de las almas limpias en las que habita Él.

Un alma limpia es un alma santa, es un alma bien cultivada, bien cuidada. Es tierra fértil en donde siembra su semilla el Señor, y cosecha fruto abundante, que comparte, para enriquecer a aquellos que buscan tener paz interior.

En estos tiempos hay mucha gente que pierde su vida buscando llamar la atención haciendo lo que sea: haciendo el bien, haciendo el mal, no importa qué, para brillar en el exterior.

Buscan tener riquezas y posesiones para tener en el mundo poder, y muchas veces faltando a la caridad, tomando lo que no es suyo para exhibirlo ante los demás.

Ganan una posición social; muchos los admiran, les aplauden, los siguen; adquieren fama y construyen con engaños y mentiras un modelo ideal de felicidad, pero en ellos no hay verdad, hay solo falsedad.

Tienen el alma sucia, huelen a podredumbre cuando sus intenciones malas se descubren, porque su soberbia y egoísmo los delatan.

¿De qué les sirve ganar al mundo entero, si pierden sus almas?

¿De qué les sirve brillar en el exterior, si ese brillo carece de luz interior?

¡Cuánto vacío hay en ellos!

Su alegría no es genuina, y cada vez quieren más.

Se llenan de vicios, y nada les es suficiente.

Aprende, hijo mío, de esta gente.

De su tristeza, de su búsqueda incansable de riquezas materiales, de sus malas obras que los llevan a la perdición.

¡Cuánta falta les hace llenarse de lo que tú tienes en tu corazón!

¡Cuánta falta les hace vaciarse del mundo, para llenarse del amor de Dios!

Pareciera que no tienen remedio, que sus almas se perderán con seguridad en el infierno.

Pero yo te digo que siempre hay esperanza, hijo mío; hay un camino. El camino es Cristo. Y tú tienes el deber de cristiano de darlo a conocer.

Si tú consigues que esas almas den limosna de lo que tienen a los más necesitados, no porque les sobre, sino porque se despierte en ellos un sentimiento de compasión a través de tan solo una buena obra, encontrará oportunidad el Señor para trabajar en sus almas y limpiarlas, porque los misericordiosos, reciben misericordia.

Es por eso un gran acto de amor a Dios y al prójimo hacer y promover las obras de misericordia.

A veces tú mismo puedes provocar esa compasión por ti; y puede que hasta logres que te den limosna, que es, no sus pertenencias, no su dinero, no sus joyas, no aquello que les sobra, sino su amistad, un poco de su tiempo, un corazón abierto que tú, ante los ojos de Dios, hagas brillar. Lo que tú tienes en tu corazón, a ellos les falta.

Llévales, hijo, la paz. Y a través de tus oraciones, ayúdalos a hacer obras de misericordia, para que llenen de la alegría de dar el vacío de sus almas, y el Señor en ellos consiga actuar, para convertir sus corazones de piedra en corazones ardientes del fuego del amor que arde en tu corazón.

Este es el misterio de Jesús sentado a la mesa del pecador, buscando convertir corazones a través de la virtud de la amistad.

Medita en este misterio, y descubre si tú mismo limpias tu interior ofreciendo tu amistad sincera, tanto al santo, como al pecador.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 201)