GLORIFICAR AL SEÑOR CON LA VIDA
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Reflexión desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Cuando acabó Jesús de hablar, dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Simón replicó: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra echaré las redes”» (Lc 5, 4-5).
Madre nuestra: el Señor se sirvió de un episodio de la vida ordinaria de aquellos hombres que fueron sus primeros discípulos, para dejar grabada en su corazón la importante misión para la cual los estaba llamando. Eran pescadores, y su oficio era pescar. Algunas veces podían recoger una buena pesca, pero otras, como fue el caso esa noche, no logran pescar nada.
Jesús quiso grabar en su corazón que los estaba llamando para una pesca diferente. Y quiso que experimentaran primero la insuficiencia de sus fuerzas humanas, para que luego conocieran la fuerza de Dios, que les asegurará el fruto abundante.
Les exigió fe, que confiaran en su palabra. Les pidió obediencia, como fruto de esa fe. Tenían que hacer lo que Él les dijera: llevar la barca mar adentro, echar la red. Y hacerlo quizá a una hora que no era la más adecuada para pescar.
Y tuvieron fe y obedecieron, porque ya habían visto los milagros del Señor y el poder de su palabra, que curaba enfermos y arrojaba demonios. Pedro vio cómo Jesús curó a su suegra, y después fue testigo de cómo las multitudes lo buscaban llevando a sus enfermos, y del asombro que causaba su predicación en las sinagogas de Judea.
Sus discípulos se dieron cuenta de que había llegado el Reino de Dios, y que valía la pena dejarlo todo para seguir a Jesús.
¿Qué debemos hacer ahora, Madre, para seguir también el llamado de Jesús, glorificar al Señor con nuestra vida y convertirnos en pescadores de hombres?
Hijo mío.
Acércate con confianza a Jesús.
Él es tu Maestro, tu amo, tu Señor, tu redentor.
Escucha su llamado para que le digas “sí”.
Deja tu mundo a un lado y síguelo.
Él es la sabiduría infinita.
Él sabe lo que necesitas y lo que te conviene.
Él corregirá tu camino en medio de tu vida ordinaria, de tus quehaceres, de tus deberes.
De acuerdo a tus circunstancias te tomará y te hará pescador de hombres, te dará nuevas redes para que pesques.
Haz lo que Él te diga y echa las redes al mar.
Las llenará de tesoros, que acumularás en el cielo.
Te ayudará a hacerte último, para que seas primero en el Reino de los Cielos.
Te mostrará con claridad tu vocación particular al apostolado, sin importar tu estado, ya seas soltero o casado.
Te enviará a llevar su Palabra a aquellos que aún no lo conocen, que son ignorantes –aunque se creen muy sabios–, y se equivocan, porque no conocen la verdad.
Te ayudará a poner tu fe por obra.
Pero date cuenta de que para seguirlo debes subirte a la barca desde donde Él predica, para que puedas comprender lo que su Palabra le dice a tu corazón, lo que su ley significa.
La barca es la Santa Iglesia, y es desde ahí que tú echarás las redes al mar, para llevarle al Señor tantas almas como no podrás contar, porque lo que tú enseñes a uno, él lo enseñará de generación en generación. Y a todos aquellos que hayan recibido tu ayuda para llegar al cielo, el Señor los contará entre tus redes y te recompensará.
Ten el valor de reconocerte pecador, de acudir ante el Señor con tu corazón contrito y humillado, para que seas perdonado, y entre sus discípulos contado.
El Señor te ha llamado. Eres un elegido de Dios. No por tus méritos, no por tus dones ni tus carismas, no porque tú lo amas, sino porque Él te ha amado primero, te ha entre mis redes encontrado, porque buscabas paz, y yo te he dado el remedio.
La paz de Cristo reina en tu corazón, porque estabas perdido y has sido encontrado, porque estabas muerto y has vuelto a la vida, por su misericordia.
Ofrécele al Señor tu trabajo como una ofrenda agradable, llevando cada día tu cruz con alegría, para unirla a su cruz, que es el remedio de todo mal, porque te santificará.
Que tus labores ordinarias en medio del mundo sean una dulce oración para que glorifiques con tu vida al Señor, tu Dios.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 192)
