EL DON DE LA FE
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Para reflexionar en el silencio interior
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados bajo mis órdenes y le digo a uno: ‘¡Ve!’, y va; a otro: ‘¡Ven!’, y viene; y a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”. Al oír esto, Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: “Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande”» (Lc 7, 7-9).
Madre nuestra: el Señor no dejaba pasar las ocasiones, cuando se le presentaban, de alabar la fe de aquellos hombres y mujeres que se acercaban a Él para pedirle favores.
Lo hizo, por ejemplo, con aquella mujer que padecía una enfermedad de flujo de sangre, y que estaba segura de que tocando la orla de su túnica quedaría curada. Y con aquella mujer sirofenicia, que pedía para su hija las migajas que caían debajo de la mesa.
Hoy se nos presenta un oficial romano, con una fe más grande que los de todo Israel. Jesús quedó admirado y le concedió lo que le pedía.
Y es que a veces pasa que nos abruman las dificultades o los problemas, y nos parece que hay situaciones que no tienen solución, que no tienen remedio, como si hubiera cosas imposibles también para Dios.
Se nos olvida que Dios es omnipotente y omnisciente. Él lo puede todo, pero también sabe cuándo conviene atender una petición como se pide, y cuándo resolverla a su manera, en sus tiempos y modos, que será lo mejor.
Pero la fe no es solo para pedirle favores a Dios. Hay que vivir una vida de fe, que se manifieste practicando las demás virtudes, sobre todo la caridad, cuando se ve, por la fe, a Jesús, en cada uno de nuestros hermanos, y que se alimente con la oración y los sacramentos.
Madre, tú eres Maestra de fe. Te decimos como Isabel: “dichosa por haber creído”. Intercede ante Dios para que nos conceda la fe que nos falta.
Hijo mío: la fe es un don de Dios que Él le da a todo aquel que se lo pida y que desee recibirlo a través del Bautismo, aceptando la filiación divina que la humanidad ha ganado por los méritos de Cristo.
Qué gran regalo es el don de la fe por el que puedes creer en aquello que no ves, pero que existe, que es real, tan solo porque el Señor te lo dice. Lo crees, lo vives, lo valoras, lo aceptas como tu única verdad.
Pero es un don que, si alimentas, cuidas, proteges, practicas, te alcanza la vida eterna, y en esta vida el favor de Dios para superar cualquier dificultad y para alcanzar cualquier cosa que te propongas, si está de acuerdo con su divina voluntad.
Y si lo descuidas, si no lo alimentas, si no lo valoras, si lo desprecias, se vuelve tan pequeño, y tú tan vulnerable, que podría a la muerte espiritual llevarte y a la desesperación, que te conduce a la perdición.
Reflexiona, hijo mío, en el tesoro que tienes, y pídele al Señor que aumente tu fe, que te dé la fe que te falta, para que puedas totalmente abandonarte en Él confiando en su amor, poniendo tu esperanza en su misericordia.
Yo te aconsejo, hijo mío, que procures llevar una vida de virtud, procurando cuidar la fe, la esperanza y la caridad, obedeciendo los mandamientos de la ley de Dios, haciendo lo que Él te dice, procurando acudir con frecuencia a la oración, recibir los sacramentos, y adorar en la Eucaristía a tu Señor, aun si te falta fe para creer en la transubstanciación.
Pídele la fe que te falta una y otra vez. Insiste mientras contemplas el pan vivo bajado del cielo. Y un día llegará el momento en que a tu alma se revele la verdad.
Te llenará de alegría, de gozo, de gran emoción al contemplar en ese pan, con los ojos de la fe, el Cuerpo y la Sangre de tu Señor, su rostro amoroso, que te dice: “aquí estoy”. Y, admirado de tu fe grande, te conceda lo que le pidas.
Yo te aconsejo que intercedas por tus hermanos más necesitados y no pidas solo para ti, porque, quien tiene verdadera fe, sabe que el Señor da a manos llenas; y a quien pide para otros le concede también para él, aunque no le pida, porque el Señor ya sabe lo que necesitan desde antes que se lo pidan.
La oración de intercesión es un acto de amor ante el cual el Señor no se deja ganar en generosidad.
Yo te aconsejo que pidas con insistencia y tengas paciencia, porque, el que su fe manifiesta, no se da por vencido, sabe que lo que pide ya está concedido, pero insiste para que el Señor le deje ver su querer, le muestre su voluntad y sus complacencias que pone en aquel que pide y no se da por vencido, porque sabe que lo que pida se le dará, porque cree firmemente en que la Palabra del Señor se cumplirá hasta la última letra, y Él ha dicho: “pidan, y se les dará”.
Confía, hijo mío, en el amor de tu Señor, pon tu fe en Él y en ese amor que ha manifestado en la cruz, derramando hasta la última gota de su sangre para salvarte.
Y si ya hizo por ti algo tan grande, ¿qué no hará por ti, para su gran amor manifestarte, cumpliendo su voluntad de darte, cuanto le pidas para ti y para otros, lo que necesitan?
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 128)
