Jn 3, 16-21 - Iluminar todos los ambientes
Jn 3, 16-21 - Iluminar todos los ambientes
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ILUMINAR TODOS LOS AMBIENTES

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3, 20-21).

Madre nuestra: durante el tiempo de Pascua la Iglesia medita en el misterio de la Resurrección del Señor, a partir de la Vigilia Pascual, que es una celebración litúrgica muy solemne, que comienza al anochecer, con la ceremonia del Lucernario. Después de bendecir el fuego nuevo, el celebrante enciende el Cirio Pascual diciendo: Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu”.

Más adelante, en el Pregón Pascual, la Iglesia canta: “¡Qué noche tan dichosa, en que se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino! Te rogamos, Señor, que este cirio consagrado a tu nombre para destruir la oscuridad de esta noche, arda sin apagarse y, aceptado como perfume, se asocie a las lumbreras del cielo”.

Las palabras de Jesús que hoy meditamos, recogidas en el Evangelio de San Juan, nos dicen que “habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas”.

El mensaje está claro: Jesús es la luz del mundo que brilla para siempre, y ha venido a la tierra a compartirnos esa luz, que es la doctrina de la verdad que nos conduce al Cielo. Los que obran bien se acercan a esa luz, para que se vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el Cielo. Los que obran mal, prefieren las tinieblas, para que no se vean sus obras, que no están hechas según la voluntad de Dios.

Gracias, Madre, por traer al mundo la Luz divina, por ser cauce para unir el cielo con la tierra, lo humano con lo divino. Ayúdanos a comportarnos según el plan de Dios, para iluminar todos los ambientes y ganarnos así la felicidad eterna.

Hijo mío:

Yo soy como el faro de luz que ilumina en medio de la oscuridad de la noche a todo aquel que tiene fe y que desea que el mundo vea sus obras que son buenas y están hechas de acuerdo a la voluntad de Dios.

En mi vientre el Espíritu Santo ha obrado maravillas.

En mi vientre brilla la luz que vino al mundo, la Palabra encarnada por Dios enviada para la salvación del mundo.

Luz divina que brilla para toda la humanidad.

Luz que deja al descubierto las intenciones de los corazones.

Luz que guía hacia la anhelada felicidad en plenitud y que no fue recibida, pero en el mundo está.

Es la luz de los hombres, que fue despreciada y desterrada por los hombres, pero que ha vuelto a brillar, para que todo aquel que la reciba, viva con Él en la eternidad.

Recíbela tú.

Y lleva la luz, que es Cristo, a los demás, para que ellos también la reciban y se puedan salvar.

Vive obrando a la luz del Evangelio, escuchando la Palabra y poniéndola en práctica, y tu testimonio será veraz, y por ti otros creerán.

Santifica tu vida ordinaria en medio del mundo cumpliendo con tu misión de cristiano bautizado, iluminando todos tus ambientes, todos aquellos lugares a donde vas, para que reciban la luz de Dios y su paz.

Que la paz, hijo mío, sea contigo y con los de tu casa.

Yo, en el nombre de mi Hijo, los bendigo.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 220)