Jn 6, 52-59 - La fe del creyente
Jn 6, 52-59 - La fe del creyente
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LA FE DEL CREYENTE

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís


«Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí» (Jn 6, 55-57).

Madre nuestra: resultaba difícil para los discípulos de Jesús creer lo que decía en su discurso en la sinagoga de Cafarnaum, y de hecho se pusieron a murmurar, escandalizados. El Señor les dice que sus palabras son espíritu y vida, y Pedro termina reconociendo que son palabras de vida eterna.

Necesitaban mucha fe. Y no solo para creer en la presencia real de Jesucristo bajo las especies sacramentales del pan y del vino en la Sagrada Eucaristía, sino para todo el misterio de su encarnación, pasión, muerte y resurrección, que es ahora la fe de la Iglesia.

Después de ese discurso muchos de sus discípulos lo abandonaron. Y el Señor le pregunta a los Doce si también ellos lo iban a dejar. Era tan importante que fueran hombres fuertes en la fe, porque ellos se encargarían de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio. No iba a cambiar Él su discurso para adaptarse a su mentalidad, sino que tenía que ser ellos los que creyeran en sus palabras, porque estaba de por medio la vida eterna.

Sabemos que la Iglesia vive de la Eucaristía, pan de vida eterna, pero ¿cómo tiene que ser, Madre, esa fe del creyente, para alcanzar la santidad y dar un fiel testimonio de Jesucristo?

Hijo mío: ¿tú crees?

Ven conmigo. Vamos al monte alto de la oración a meditar en eso que crees.

El creyente es aquel que cree que Jesucristo es el Hijo único de Dios, que fue enviado por su Padre al mundo para rescatar a la humanidad de la muerte a la que los tenía sometidos el pecado y a darles vida eterna.

Y cree también que Jesús es el Cordero de Dios que se ofreció a sí mismo como víctima de expiación por los pecados de los hombres, y padeció y murió en la cruz, derramando su sangre hasta la última gota, para la redención de todos los hombres.

Y que resucitó al tercer día, y en cuerpo glorioso se apareció en medio de la gente, dejando que lo tocaran, y comprobaran que estaba vivo, que venció a la muerte, y profesaran que por sus llagas han sido salvados.

Esa es la fe del creyente.

Pero esa fe es plena y verdadera solamente si aquel que la profesa, de la Carne y de la Sangre del Cordero de Dios se alimenta, y cree que la Eucaristía es el alimento divino, el pan bajado del Cielo que le da vida eterna.

Que cuando come el pan come la Carne de Cristo y bebe al mismo tiempo su bendita Sangre, que es el mismo Cristo que fue enviado al mundo por su Padre.

Que nació del vientre inmaculado de una virgen.

Que caminó en medio del mundo enseñando, haciendo el bien, obrando milagros.

Que padeció y fue crucificado, pagando el precio de todos los pecados del mundo con su bendita sangre.

Que resucitó.

Que está presente en la Eucaristía real y substancialmente.

Que al alimentarse de Jesús sacramentado tiene vida en Él, porque el Hijo de Dios vivo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, por obediencia a Dios Padre, y por obra de Dios Espíritu Santo, no solo lo transforma en alimento de vida, sino que a todo aquel que lo come dignamente lo transforma en Él.

El verdadero creyente, hijo mío, adora la Sagrada Eucaristía, procura permanecer en gracia y alimentarse dignamente de ese pan bajado del Cielo por las manos de los sacerdotes, poniendo su fe y su esperanza en que el Señor lo perfeccionará para ser santo como Él, y poder así alcanzar las delicias de su Paraíso en la vida eterna.

El verdadero creyente cree esto y da testimonio de su fe para que otros tengan la dicha de creer y de vivir eternamente EN CRISTO REY.

Hijo mío: ¿tú crees?

Ve y da testimonio de tu fe.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 190)