JUNTO A LA CRUZ CON MARÍA
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Para reflexionar en el silencio interior
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta» (Jn 8, 28)
Madre nuestra: fue muy difícil para ti estar presente al pie de la cruz de tu Hijo, pero permaneciste firme, fuerte, entera, acompañándolo en su dolor, ayudándolo así a que cumpliera fielmente la voluntad del Padre.
Y bien sabías la causa de aquel sufrimiento. Jesús era inocente. Nosotros somos los culpables. No solamente aquellos hombres que pidieron su muerte y lo crucificaron, sino todos los pecadores de todos los tiempos, cuyos pecados asumió tu Hijo en carne propia, para pagar, con su preciosa sangre, la deuda contraída con el Padre, y así abrirnos las puertas del cielo.
Y a esos pecadores, incluyéndome a mí, fue a los que recibiste como hijos al pie de la cruz, en la persona de Juan. Aquella espada de dolor, anunciada por el anciano Simeón, te hería más profundamente, porque tu misión había de ser, hasta el final de los tiempos, mirarnos a nosotros, pecadores, con tus ojos misericordiosos, pidiendo al Padre, entre otras cosas, la gracia de nuestra conversión.
Ayúdame, Madre, para saber aprovechar tu amorosa compañía, y también los medios que me ha dejado Jesús, para convertirme cada día y así poder vestir el traje de fiesta para gozar de Dios para siempre en el banquete eterno.
Hijo mío: oremos y adoremos en el Monte Calvario, al pie de la cruz, contemplando el rostro desfigurado del Crucificado.
Aunque no puedas reconocerlo, cree, es Él, es Jesús.
Se pueden contar todos sus huesos. Ha derramado hasta la última gota de su sangre por ti, para perdonar tus pecados, porque el Padre tanto te ha amado, que envió a su único Hijo al mundo para rescatarte, para pagar con el precio de su preciosa sangre todos tus pecados, asumiendo tus culpas como suyas, liberándote, dejándote limpio, libre de toda atadura, mostrándote el camino del amor, para que vayas al abrazo misericordioso del Padre, que te está esperando, para su gloria darte. Ha preparado un lugar para ti en el Paraíso, y se goza al pensarte ahí.
Medita en esto, hijo mío, y date cuenta de cuán grande es tu valor, cuánto te ama y te valora tu Padre Dios, y cuánto te ama su Hijo Jesucristo, que, por ti, en obediencia al Padre, su vida dio.
Reconoce en el Crucificado a tu salvador. Él es el Mesías, el Redentor. Él es el Rey de reyes y Señor de señores, pero su reino no es de este mundo.
Por Él todas las cosas fueron creadas. También tú.
Por Él todo fue renovado. También tú.
Por Él puedes llamarte hijo de Dios, porque lo eres.
Por Él la heredad del Padre mereces.
Por Él es un honor entregar la vida, para morir al mundo con Él, y recibir la verdadera vida que, con su resurrección, ha ganado para ti.
Jesús, el mismo que fue engendrado en mi vientre por obra del Espíritu Santo, el mismo que caminó en medio del mundo haciendo milagros, compadeciéndose de la gente, enseñando, predicando, llamando, transformando multitudes en seguidores –incrédulos en creyentes, fariseos y paganos en cristianos–, ha sido levantado de la tierra, exaltado en una cruz, torturado hasta la muerte.
Y lo han dejado solo.
Acompáñalo tú.
Recibe en tus brazos su cuerpo inerte, recién bajado de la cruz, y llora conmigo, porque esto que ves, se lo hiciste tú, cada vez que has pecado contra Dios.
Recuerda y pide perdón.
En cada uno de esos momentos yo he estado junto a ti, recibiendo en mis brazos a mi Hijo, crucificado y despreciado por ti, suplicando al cielo: Señor, no le tomes en cuenta este pecado, que tu Hijo, que yace muerto entre mis brazos, ya ha perdonado. Dale la gracia que necesita este pequeño mío, para confesar su pecado, y volver a la vida con Cristo resucitado.
Ojalá agradezcas a Dios la misericordia que ha tenido contigo.
Ojalá te arrepientas de todos tus pecados, hijo mío, y creas en el Evangelio.
Yo también me gozo al pensarte en el Paraíso, viviendo eternamente conmigo. Pero tú tienes libertad para decidir morir, como incrédulo, o vivir en la verdad, como creyente.
Que este momento de oración y de contemplación te haga reflexionar en quién eres tú y cuánto vales para Dios.
No pierdas la oportunidad que Él te da de convertir tu corazón.
Junto a ti permanezco yo, y el Espíritu Santo, que te da la luz, para que hagas lo que te conviene.
Yo intercedo por ti. Eres mi hijo y no quiero perderte.
De esta cruz, y de la sangre derramada de Jesús, brotan los sacramentos. Son un regalo de Dios. Recíbelos. Considéralos tu equipo de salvamento.
Aprovecha lo que Dios te da para ir a su encuentro. No lo hagas esperar. Te está llamando. Escúchalo.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 14)
