Jn 15, 18-21 - Perseguidos por causa de Cristo
Jn 15, 18-21 - Perseguidos por causa de Cristo
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PERSEGUIDOS POR CAUSA DE CRISTO

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán, y el caso que han hecho de mis palabras lo harán de las de ustedes. Todo esto se lo van a hacer por mi causa, pues no conocen a aquel que me envió» (Jn 15, 20-21)

Madre nuestra: qué difícil habrá sido para Jesús advertir a sus discípulos, en aquellas palabras de despedida en la Última Cena, sobre las persecuciones que iban a sufrir por su causa. Pero queda claro que era necesaria esa advertencia para que estuviera mejor dispuesto su ánimo en adelante para enfrentar las pruebas con sentido sobrenatural.

De hecho esa misma noche comenzó la prueba más fuerte, que, con la excepción de Juan, no pudieron superar, abandonando a su Señor. Tuvieron miedo, y hasta el mismo Pedro lo negó tres veces. Poco a poco fueron recuperando la confianza, después de la resurrección de Jesús, y, sobre todo, cuando recibieron los dones y gracias del Espíritu Santo el día de Pentecostés, para poder enfrentar la persecución cuando fueran por todo el mundo a predicar el Evangelio, ofreciendo su vida y su muerte por la causa de Cristo.

Nos damos cuenta, Madre, de que esa persecución sigue presente. La Iglesia se ha enriquecido con la sangre de muchos mártires a lo largo de 20 siglos, pero también reconoce que ha sido también mucha la persecución sin derramamiento de sangre. Y es la que sufren muchos cristianos por la causa de Cristo cuando no son bien aceptados en su vida ordinaria en tantos ambientes, incluyendo el trato que tienen con los miembros de su propia familia, con sus amigos, o con los compañeros de estudio o de trabajo.

Tú sufriste mucho también esa persecución junto con tu Hijo, con los Apóstoles y con las Santas mujeres. Y ahora nos ayudas y acompañas, como auxilio de los cristianos, sobre todo cuando la persecución arrecia. Enséñanos, Madre, a superar con buen ánimo y sentido sobrenatural la persecución por causa de la justicia, para ser dignos de merecer el premio en el Reino de los Cielos.

 

Hijo mío:

Si a Cristo lo han perseguido, a mí también me han perseguido, porque yo siempre estoy con Él.

Y a ti te persiguen también.

¡Alégrate!, porque significa que siempre estás conmigo, y siempre estás con Cristo.

Oremos, hijo mío, por tus enemigos.

Por todos aquellos que, viendo, no quieren ver, y oyendo, no quieren oír.

Por todos aquellos que no han conocido a Dios Padre, que ha enviado a Dios Hijo por Dios Espíritu Santo.

Oremos por todos aquellos que, habiendo sido elegidos de Dios, se han perdido en medio del mundo; y aunque deseen pertenecer al mundo, no encontrarán paz ni alegría, porque no son del mundo, y el mundo los odiará.

Oremos para que se conviertan, para que se arrepientan y vuelvan al camino de la verdad.

Oremos por los que, como tú, han sido retirados del mundo para seguir a Cristo, y luchan por perseverar en la obediencia, cumpliendo sus mandamientos, para que, a pesar de los obstáculos y las dificultades, de las persecuciones, los juicios, las burlas y las iniquidades, conserven abierto el corazón, dispuestos a recibir la gracia que fortalece su corazón, para que puedan soportar todo por amor.

No tengas miedo, hijo mío, ni te acobardes. No te aflijas. No te preocupes. Yo estoy aquí para protegerte, para cuidarte.

Y tu Señor está aquí, presente en Cuerpo y Sangre, para salvarte.

Participa con alegría de la cruz de tu Señor, padeciendo tus sufrimientos en este mundo como parte de la cruz de tu Señor, soportando todo con paciencia, con esperanza, con amor, perseverando en la fe, obrando la fe, sabiendo que tú no eres más que tu Señor, eres tan solo un siervo que hace lo que tiene que hacer, y soporta con su Señor lo que tiene que padecer, para alcanzar la gloria que, por su cruz y su resurrección, te ha de conceder.

Cuida la rectitud de tu corazón. Practica las virtudes. No juzgues. No calumnies. No persigas a otros, a pesar de que no piensen como tú, a pesar de que estén equivocados y vayan por un camino errado, porque no conocen la verdad.

Tú, hijo mío, ten caridad. Llévales a Cristo a través de su Palabra. Extiende la fe a través de tu ejemplo. Llénalos de amor de Dios y ora por ellos para que se conviertan de su vida de pecado, para que salgan del mundo tomados de mi mano y sean conducidos a la patria celestial.

Y a ti, por ese acto de amor a Dios, la espada de dolor que atraviesa mi alma penetrará tu corazón y lo herirá, para purificarlo con mis lágrimas de amor.

¡Alégrate, hijo mío! porque estas son buenas noticias.

Tú eres un fiel servidor de tu Señor, y tendrás una gran recompensa en el cielo.

No te quejes de lo que padeces, antes bien, alaba a tu Señor y agradece, porque no te da lo que mereces, sino lo que Él, para ti, por su pasión y su cruz, te ha merecido.

Ánimo, hijo mío.

Yo te acompaño y te bendigo.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 85)