SERVIR A CRISTO REY
En el Monte Alto de la Oración - Para reflexionar en el silencio interior
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía» (Pío XI, Encíclica Quas Primas, n. 34).
Madre nuestra: terminamos el año litúrgico celebrando una fiesta muy bonita para toda la Iglesia: Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo. Y se ponen a nuestra consideración, en la Liturgia de la Palabra de la Misa, tres pasajes del Santo Evangelio donde se menciona que Cristo es Rey, pero que su Reino no es de este mundo.
Un pasaje de San Mateo se refiere a la Segunda venida de Jesús, cuando se sentará como Rey para juzgar a todas las naciones. San Lucas hace mención del letrero que se colocó en la cruz del Señor, donde decía: “Este es el rey de los judíos”. Y San Juan recoge el diálogo de Jesús con Pilato, cuando el Señor dice claramente, después de confirmar que sí es Rey: “Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.
El Prefacio de la misa propia de esta solemnidad nos habla de un “Reino eterno y universal: Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz”. Pedimos a Dios que ese Reino de su Hijo se establezca en el corazón de todos los hombres, dispuestos a servir en todo a su Rey.
Cuando el Santo Padre Pío XI estableció la fiesta de Cristo Rey a finales del Año Santo de 1925, explicó que la intención era reparar con esa celebración el grave daño que se producía a la sociedad con el laicismo. El Papa vio necesario afirmar así los derechos de la real dignidad y potestad de Cristo en todo el mundo. Dijo también que es necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, en su voluntad, en su corazón y en todo su cuerpo, para la interna santificación del alma.
Reina del Cielo, Madre del Gran Rey, enséñanos a ser fieles servidores de tu Hijo ya en esta vida, para poder decir con toda el alma: ¡Viva Cristo Rey!
Hijo mío: ven conmigo. Vamos al monte alto de la oración a meditar en el reinado de Cristo, el Señor.
Cristo es Rey, pero su Reino no es de este mundo. Él no es del mundo, y ha venido por ti para sacarte del mundo y llevarte con Él a vivir en el Reino de los Cielos.
Esa fue su misión y la cumplió. Dio su vida por ti y te salvó. Ahora te toca a ti reconocerlo como tu Rey y Señor, y aceptar, con toda tu voluntad, la salvación, luchando por la justicia y la paz, sirviendo al Rey, extendiendo en el mundo su Reino, reclamando a los cuatro vientos la verdad, que es la Palabra de Dios que tú escuchas, porque tú eres miembro del Reino de Cristo. Eres de la verdad. La verdad es Cristo.
Sirve al Rey.
Permanece con tus dos pies en el Reino de Dios.
Adora a tu Rey, que no es de este mundo, y renuncia a satanás, el príncipe de este mundo, y a sus obras.
Proclama la verdad. Da testimonio de la verdad que tu Rey te ha revelado.
El reinado de Cristo es Eucarístico.
Ahí está tu Rey, acude a Él. Está presente, está vivo, es real y substancial su presencia en la Eucaristía. Es verdadera Carne, verdadero alimento. Es verdadera Sangre, verdadera bebida de salvación.
Él te ha dado su espíritu para que permanezcas en comunión con Él a través del pan y del vino, transubstanciado en las manos del sacerdote, y entres a formar parte de su reinado.
Él es tu Rey y se ha enamorado, como un loco, de ti. Tú eres, junto con todos los hijos de Dios, los bautizados, Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia.
El Rey quiere conquistar tu corazón. Sé dócil a las mociones y a la gracia del Espíritu Santo, y entrégale al Rey tu corazón, una batalla todos los días.
Él lucha por ti. Déjalo ganar. No le pongas más resistencia. Déjalo hacer en ti su voluntad.
Entrégale, como trofeo de su victoria, tu corazón, para que en ti establezca su Reino el Hijo de Dios, y seas tú su servidor, un soldado de su ejército que luche por conquistar otros corazones para Él.
Te dará una gran recompensa, porque el Rey de reyes y Señor de señores no se deja ganar en generosidad.
Sirve al Rey y Él te dará su Reino. Manifiéstale este deseo uniendo tu voz a la voz de su pueblo, alabando a tu Señor, glorificando a Dios, diciendo: “He aquí el siervo de Dios”.
¡VIVA CRISTO REY!
SERVIAM!