AMAR A LOS PECADORES
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Para reflexionar en el silencio interior
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo» (Jn 8, 6-8).
Madre nuestra: qué impresionante resulta esta escena del Evangelio, en la que los escribas y fariseos acuden a Jesús para saber qué hacer con aquella mujer sorprendida en flagrante adulterio. San Juan deja claro que la intención de aquellos hombres era ponerle una trampa al Señor, y no era hacer justicia. Pero no se esperaban la respuesta de quien es la Sabiduría, la Palabra viva y la Misericordia misma.
Lo primero que hace Jesús es agacharse y escribir en el suelo. Quizá escribió palabras de la Escritura que mencionan la Ley de Dios, lo que hay que hacer y lo que hay que evitar, lo que ilumina la mente y el corazón, para saber cómo debe ser nuestro comportamiento, para evitar los pecados. Era eso un reclamo del Señor para que cada uno se examine.
Qué fácil es ver los pecados ajenos, y qué difícil es reconocer los propios. Nos resulta más fácil justificarnos, porque se necesita mucha humildad para hacer propias aquellas palabras del acto penitencial de la Misa: “he pecado mucho, de pensamiento, palabra, obra y omisión: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”.
Son diversas las enseñanzas de ese pasaje, pero resalta el deseo tan grande de Jesús de perdonar al pecador. No consta el arrepentimiento de aquella mujer, pero Jesús conocía muy bien las disposiciones de su corazón, y sabía que estaba arrepentida de la ofensa a Dios, y por eso la perdonó. Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.
Era dura la Ley de Moisés -la que el mismo Dios le inspiró-, de castigar con la muerte aquellos pecados especialmente graves. Y es que el pueblo elegido debía ser un pueblo santo. Jesús no le quita gravedad, y por eso dice, con el gesto, que se cumpla la ley. Pero ahora habla el autor de la nueva ley, la ley del amor, el que muriendo en la cruz destruyó la muerte y limpió todos nuestros pecados con su bendita sangre. Su infinita misericordia termina diciendo: “yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”.
Madre nuestra, Refugio de los pecadores, ayúdanos a tener siempre la humildad de reconocer nuestros pecados, y de confesarlos a Dios en el sacramento de la Penitencia, pidiendo perdón; y a tener la caridad de perdonar siempre a los demás, y ayudarlos, con nuestra oración y con nuestro ejemplo, a convertirse, para que haya muchas alegrías en el Cielo.
Hijo mío:
Ven conmigo. Vamos a orar en soledad, en el monte alto, en donde solo Dios te puede escuchar. Navega en el profundo mar de tu corazón.
Escudriña en tu interior. Descubre el estado de tu alma, y pregúntate: si el día de hoy, el Señor Dios todopoderoso, el justo juez, te llamara a su presencia ¿hay algo de lo que podrías avergonzarte en tu alma expuesta, que verá Él?
¿Tu corazón está limpio y puro, como la nieve, y eres digno de salvación?, ¿o está manchado con la suciedad del pecado y mereces la condenación?
Si piensas que no tienes pecados que deban ser perdonados, para que tu alma sea digna de presentarse ante el Señor, yo te aconsejo, hijo mío, que acudas presurosamente al sacramento de la Confesión y confieses tu pecado de soberbia, porque todos los hombres, incluso tú, son pecadores necesitados de la misericordia del Señor.
Y te aconsejo que, a la hora de tu muerte, te humilles ante el juicio inminente al que te presentarás, y te arrepientas, reconociendo a Cristo Jesús como el Hijo único de Dios, que vino al mundo a morir por ti, y tú no fuiste capaz de valorar su sacrificio, porque, aunque muchas veces confesaste tus pecados y quedaron olvidados, y el Señor no te ha condenado por esas faltas, tú volviste a pecar.
A Dios no debes ofenderle ni siquiera con el pensamiento. Reconócete pecador, arrepiéntete, pide perdón. Gana -de acuerdo a las condiciones de la Santa Iglesia-, indulgencias, y pídele al Señor que te dé la gracia de conservar la pureza de tu corazón.
No juzgues y no serás juzgado.
Ten misericordia con tus hermanos, y la misericordia del Señor se derramará sobre ti.
No le tires piedras a aquellos que cometen pecados y causan escándalo, porque, en tu intención, tu pecado podría ser mayor.
Ora por ellos, para que, en lugar de piedras, les caigan gracias del Cielo y se conviertan. Entonces serás digno de presentarte ante el Señor; y en tu alma expuesta Él no verá tus errores, sino el amor con el que has vivido, en lo mucho que has amado a los pecadores; tanto, que por ellos has orado y has provocado su conversión.
Entonces entrarás en la alegría de tu Señor, y todo el Cielo se alegrará al ver entrar a un pecador redimido y salvado por la gran misericordia de Dios.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 217)
