PERFUME DE NARDO PARA DIOS
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Reflexión desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume» (Jn 12, 3).
Madre nuestra: la escena que contemplamos hoy, conocida como la unción en Betania, es un derroche de amor por el Señor, por parte de aquella mujer que había escogido la mejor parte, y que todo le parecía poco para mostrar ese amor a quien daría por ella la vida.
El comentario de Judas, de que aquel perfume podría haberse vendido en 300 denarios –lo que equivalía al sueldo anual de un obrero–, nos sirve a nosotros ahora para valorar mejor el gesto de María, y nos mueve a ser también generosos con Dios, independientemente de con cuántos recursos contamos: Jesús quiere nuestro corazón entero, que es un tesoro para Él.
Hubo otra ocasión muy parecida, cuando una mujer pecadora se acercó a Jesús y bañó con sus lágrimas sus pies, enjugándolos con su cabellera y ungiéndolos con un perfume. A ella le perdonó el Señor sus muchos pecados, porque había amado mucho.
No han faltado a lo largo de la historia de la Iglesia personas que, como Judas, no ven con buenos ojos destinar para Dios los recursos, argumentando que es mejor atender con ellos a los pobres. Dios es el que conoce y juzga las intenciones, pero quedó claro que agradece los detalles de amor generoso, porque dijo en Betania: “una obra buena ha hecho conmigo”, y quiso además que se conociera esa obra en todo el mundo donde se predicara el Evangelio.
Ayúdanos, Madre, a saber atesorar mejor en el cielo, como tú, utilizando todo lo que Dios nos ha dado para glorificarlo en esta vida, velando de modo especial por mantener digno en esta tierra todo lo sagrado, cuidando todo lo referente al culto a Dios, atendiendo y viviendo la caridad con los sacerdotes, y ofreciendo nuestra vida entera para construir el Reino de los Cielos en la tierra.
Hijo mío: ven. Vamos al monte alto de la oración para meditar sobre el valor del perfume de nardo con el que una mujer, con toda sencillez, ungió los pies del Señor.
El valor que tienen las cosas terrenales, los bienes materiales, para Dios, no es el valor que los hombres le dan, sino cuántos tesoros acumulan en el Cielo con ellos.
Todo bien viene de Dios.
Él te da los recursos materiales y espirituales que necesitas en tu vida para construir el Reino de los Cielos en la tierra.
Todo lo demás es efímero.
Solo lo sagrado es eterno.
Usa tus bienes materiales para honrar y glorificar a Dios de manera que todo lo que tengas esté dirigido a alabar, bendecir, adorar y glorificar a tu Rey, que es Cristo.
Las cosas de menos valor adquieren un enorme valor para Dios de acuerdo a las intenciones de tu corazón.
El egoísta, el que busca aprovecharse de los bienes terrenos para complacerse a sí mismo, y no pone en primer lugar y por sobre todas las cosas a Dios, aunque tuviera todas las riquezas del mundo, su vida no valdría nada ante Dios.
En cambio aquel que, ya sea que tenga poco o mucho, que viva en medio de la riqueza o de la pobreza, pero lo que tiene lo usa para glorificar a Dios con su vida, amándolo por sobre todas las cosas, amándolo incluso sobre él mismo y sobre todas las personas, es de infinito valor ante Dios. Su vida está destinada a ser preservada para la eternidad y a ser recompensada por el Rey en su Paraíso con generosidad.
Honra a tu Rey.
Honra a Jesucristo, el Hijo de Dios, tu Redentor, tu Salvador, quien te ha dado el más grande tesoro de Dios, que es su propia vida, para liberarte de la esclavitud del pecado que te tenía sometido a la muerte.
Todo lo que inviertas –ya sean bienes materiales o bienes espirituales–, en honrar a tu Señor, te será multiplicado en esta vida y la vida eterna.
Invierte tu tiempo, tus estudios, el dinero necesario, para crecer en tu vida espiritual.
Aprende a tratar a Dios como Él lo merece, exaltando en este mundo la belleza de lo sagrado, para que otros se admiren de tu fe al ver el cuidado que pones en construir y mantener dignos los templos, en el cuidado, atención y caridad que pones en sus sacerdotes, en la dignidad que manifiestas, como cristiano, dándole al Señor como ofrenda los frutos de tus bienes y de tu trabajo.
Construye el Reino de los Cielos en la tierra con tus buenas obras y tus virtudes, cumpliendo los mandamientos de Dios, escuchando, pregonando y practicando su Palabra, haciendo la caridad con buena intención en tu corazón, y heredarás la vida eterna y el tesoro de Dios.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 197)
