Jn 20, 19-31 - Confesar la fe y recibir la paz
Jn 20, 19-31 - Confesar la fe y recibir la paz
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CONFESAR LA FE Y RECIBIR LA PAZ

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”» (Jn 20, 21-23).

Madre nuestra: celebramos hoy una fiesta muy bonita, pedida por el mismo Jesús a Santa Faustina, y aprobada por San Juan Pablo II, gran devoto de la Divina Misericordia, con el deseo de que nosotros podamos meditar en esos tesoros de amor que guarda el Señor en su Sagrado Corazón y que quiere compartir con nosotros, para recibir su paz.

El Evangelio que se proclama hoy en la Santa Misa tiene dos partes. La primera, el día de la resurrección del Señor, cuando sopla sobre sus discípulos, quienes reciben al Espíritu Santo, y les da el poder de perdonar los pecados. Y luego, ocho días después, se aparece de nuevo y le muestra sus llagas a Tomás, para que las toque y crea.

La imagen del Señor de la Divina Misericordia, que nos transmitió Santa Faustina, nos muestra esas dos partes del relato evangélico: la llaga del costado abierto de Cristo deja expuesto su Sagrado Corazón, de donde brotan dos rayos de luz, que son la gracia de los sacramentos, agua y sangre benditas, que limpian, que purifican, que sanan, que salvan al pecador, produciendo una gran paz en el alma.

Los discípulos de Jesús debían tener una fe fuerte, porque habían recibido la misión de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio, y lo tenían que hacer con sus palabras y con sus obras, que tenían que ser obras de fe, apoyadas en la verdad de la resurrección, de la que eran testigos. Y también obras de misericordia, porque Jesús les enseñó que Él es la Misericordia misma, en quien había que confiar.

¿Cómo podemos, Madre, aprovechar muy bien las enseñanzas de esta fiesta de hoy? ¿Y como podemos tener una piadosa devoción a la Divina Misericordia?

 

Hijo mío:

Yo soy Madre de Misericordia.

Yo doy testimonio de que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, para que crean y en su nombre tenga vida todo hombre.

Dichosos los que creen sin haber visto”. Es Palabra de Dios.

El Señor se glorifica a sí mismo en los humildes y mansos de corazón, que son dóciles a la gracia del Espíritu Santo y tienen siempre dispuesto el corazón para recibir la Divina Misericordia, agua y sangre benditas, derramadas del Sagrado Corazón de Jesús, atravesado por la lanza de un soldado cuando yacía muerto en la cruz.

Agua y sangre benditas que purifican y salvan al pecador.

Acércate, hijo mío, al trono de la gracia en el sacramento de la Confesión y déjate lavar por esos rayos de luz que te iluminarán, que te perdonarán y te purificarán, porque provienen del Corazón misericordioso de Jesús.

Cree aunque no hayas visto, aunque no hayas comprobado por ti mismo que Jesús ha resucitado, metiendo tu dedo en la llaga de su mano, y tu mano en la llaga de su costado, porque por esas llagas has sido salvado.

No seas incrédulo sino creyente. No ofendas a tu Señor con tus dudas y tu desconfianza. Agradece y llénate de esperanza en este día en el que su misericordia te abraza.

Confiesa tus pecados ante un sacerdote que tiene el poder que le ha dado el Espíritu Santo para perdonar tus pecados, y recibe a tu Señor en la Sagrada Eucaristía con un corazón puro y lleno de alegría. Y gana para tu alma su indulgencia. Y vuelve a vivir en la inocencia que tenías cuando fuiste bautizado y creíste en esa fe que recibiste y que tus padres te inculcaron.

Acepta la misión que el Señor resucitado te ha dado, como a todo bautizado. Él te envía a llevar el Evangelio a todo el mundo para que confieses tu fe y des testimonio de Él y de lo misericordioso que ha sido contigo, para que otros crean en Él y sean salvados por su gran misericordia.

Recibe, hijo mío, la paz de Cristo, que es la manifestación más clara de su misericordia.

Guarda esa paz en tu corazón y defiéndela como un gran don de Dios, por haber creído en Jesucristo, resucitado y vivo, que llena de esperanza y de alegría a todo aquel que se arrodilla ante Él reconociendo su presencia real y substancial en la Eucaristía.

Esa paz de tu corazón es la paz interior que toda persona desea.

Es un tesoro.

Guárdalo, protégelo, compártelo, llevando la paz a los demás a través de tus obras de misericordia, y así tu paz interior se fortalecerá y no serás jamás reprochado por tu incredulidad, sino que, en boca del Señor resucitado, serás alabado por ser un creyente fiel en quien se derrame constantemente su misericordia.

Que la paz esté contigo, hijo mío.

Y que el Señor misericordioso, que te da la paz, te acompañe siempre y reciba de ti la confianza que merece.

Yo intercedo por ti y los tuyos para que el Espíritu Santo los sumerja en el mar infinito de la misericordia de Dios, que ES JESUCRISTO.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 184)