TESTIGOS DE CRISTO VIVO
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Reflexión desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu. El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Jn 3, 34-36)
Madre nuestra: después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, los discípulos de Jesús estaban en mejores condiciones de entender, tanto la predicación del Señor, como la de san Juan Bautista, su precursor. Entendieron bien qué querían decir esas palabras: “Dios le ha concedido sin medida su Espíritu”.
Y es que ellos también habían recibido al Espíritu Santo, habían renacido de lo alto y contaban con todos sus dones y gracias para cumplir con la misión que habían recibido, de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio. Lo tenían que hacer de palabra y de obra, y contaban con la gracia para vencer todas las dificultades. Por su parte, ellos debían corresponder con fe y generosidad a esas gracias recibidas.
Resulta ejemplar la conducta de los primeros cristianos en los acontecimientos relatados en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Llama la atención su valentía y su fe ante las contrariedades, seguros de que el Señor los libraría con bien. Se sabían ciudadanos el Reino de los Cielos en la tierra, y su misión les pedía dar testimonio de todo lo que habían visto y oído, obedeciendo a Dios antes que a los hombres.
Ayúdanos, Reina del Cielo, a cumplir con nuestra misión de bautizados, siendo fieles testigos de Cristo vivo, muy dóciles a las mociones del Espíritu Santo, y aprovechando bien las gracias que tú nos consigues a manos llenas, cumpliendo tu misión de Madre, para gloria de Dios.
Hijo mío: vamos a meditar, como te he enseñado yo, todas las cosas en el corazón.
Dios Padre todopoderoso, bondadoso y misericordioso, ama a su Hijo Jesucristo y ha puesto todas las cosas en sus manos. También a ti.
Tú eres de Cristo. Él hace nuevas todas las cosas. Te ha hecho renacer de lo alto. Por lo tanto, tú no eres un ciudadano de la tierra, sino un ciudadano del Reino de los Cielos en la tierra, y debes obrar de acuerdo a tu identidad, y debes hablar de lo que tú has visto y oído.
Tú eres testigo de Cristo vivo. Tu testimonio es muy importante. Pero, para que sea veraz, debe ser congruente entre lo que dices y la manera como vives en medio del mundo.
Si tú hablas de las cosas del cielo, debes vivir como el Hijo de Dios te enseñó, amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Y para eso necesitas la gracia de Dios. Necesitas que el Espíritu Santo obre en ti. Y Él necesita de ti que seas dócil a sus mociones e inspiraciones.
Él es el dulce huésped de tu alma. Y a veces olvidas ser un buen anfitrión. Te olvidas de que vive en ti porque ha aceptado tu invitación.
Atiéndelo.
Trátalo.
Búscalo.
Llámalo.
Invócalo todos los días.
Siente su presencia en ti y haz lo que Él te diga.
Él te envía a dar testimonio de la verdad, y como conoce tu debilidad y tu mala memoria que todo olvida, ha visto bien inspirar a Jesús el deseo de entregarme en la cruz todo lo que le ha dado el Padre.
Mi amado Hijo crucificado ha puesto todas las cosas en mis manos. También a ti.
Para que yo cuide y proteja lo que es suyo, el Espíritu Santo, mi amado Esposo, me ha dado las gracias que mis hijos necesitan y me ha dado el poder de darle a cada uno lo que me pida. Pero aún conservo las gracias que no me saben pedir, y yo espero a que cada uno me mire y me pida. También te espero a ti.
Ojalá intercedas por aquellos que no saben pedir, para que lluevan de mis manos las gracias que el mundo necesita para alabar, adorar y glorificar a la Santísima Trinidad, recordando que en cada uno vive el Espíritu Santo, que en cada uno vive Cristo, y que el Padre los ama como a Él, y espera que correspondan a la gracia, como lo hizo Él.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 245)
