Jn 17, 20-26 - Unidad con Cristo
Jn 17, 20-26 - Unidad con Cristo
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UNIDAD CON CRISTO

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Padre, no solo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno» (Jn 17, 20-21).

Madre nuestra: Jesús hace su oración sacerdotal en la Última Cena, sabiendo que esa misma noche lo iban a abandonar sus discípulos. Era importante pedirle al Padre que mantuviera la unidad entre ellos, a pesar de esa fuerte prueba que iban a sufrir, porque de eso dependería la misión de la Iglesia, que comenzaría formalmente pocos días después, con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

Y pide al Padre no solo por sus discípulos, sino por todos los que iban a creer en Él como fruto de la predicación del Evangelio por todo el mundo. La semilla se iba a esparcir, y el fruto sería abundantísimo. Los miembros de la Iglesia serían de todas las razas y de todas las naciones, y la unidad que se necesitaba no era solo en un mismo cuerpo, sino en un mismo espíritu.

Jesús sabía que el demonio intentaría destruir esa unidad, porque es lo que le da fortaleza al cuerpo, y por eso tratará de romperla, o aunque sea debilitarla, para hacer daño. Esa es su especialidad cuando tienta a los hombres: mentir, engañar, dividir, separar, para que los miembros de la Iglesia pierdan fuerza.

Qué hermoso es el lema de escudo del Santo Padre León XIV, tomado de un sermón de San Agustín: «In Illo uno  unum» («En un solo Cristo somos uno»). Con esas palabras se pretende especificar que «aunque los cristianos somos muchos, en un solo Cristo somos uno». Al comienzo de su pontificado hizo un llamado a reforzar la unidad, siempre importante, y muy necesaria para fortalecer a la Santa Iglesia.

Intercede, Madre, aplastando la cabeza del dragón infernal, para que todos los miembros de la Iglesia permanezcamos muy unidos con Cristo, en plena unidad con su representante en la tierra: el Papa.

Hijo mío:

El Señor ruega por ti al Padre para que nunca estés dividido; para que su amor reine en ti y vivas en Él y Él en ti, y sean tú y Él uno, de manera que, donde tú estés, Él esté contigo, y nunca te separes de Él.

Tú eres un miembro de la Santa Iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo; y un cuerpo no puede estar dividido. Tú no puedes tener vida si te separas de Él, y Él quiere que tengas vida en Él.

Tú mismo no puedes estar dividido. No puedes pertenecer al mundo, y al mismo tiempo pertenecerle a Él. Por eso te saca del mundo. Te llama para que vayas a Él y seas todo de Él.

Permanece en su amor para que su gloria sea tu gloria, la gloria que el Padre le ha dado a Él, y seas glorificado con Él.

Adora a tu Señor en la Eucaristía.

Créelo, es Él.

Y si tú te alimentas de Él, todo tu cuerpo, toda tu alma, toda tu mente, todo tu ser, lo transforma en Él, te une a Él, te hace uno con Él.

Pero debes creer y dar a conocer al mundo su amor para que ellos también crean en Él y todos sean uno, todos sean el mismo Cristo, y por Él, con Él y en Él sean uno con el Padre.

Desea, hijo mío, con todo tu corazón, permanecer en unidad con Cristo, y pide la gracia del Espíritu Santo para que seas parte de Él, y con Él seas un solo cuerpo y un mismo espíritu.

Entonces encontrarás la verdadera felicidad, llegando al conocimiento de la verdad en plenitud. Y, habiéndose cumplido la voluntad de Dios en ti, serás digno de gozar de la vida eterna en su Paraíso.

Hijo mío.

¡Hay tantos pensamientos y razonamientos distintos!

¡Hay tanta soberbia!

Hay tanto egoísmo en los hombres, que es como un cáncer que enferma a la Iglesia.

El que no está unido al Papa, no puede estar unido a Cristo.

El que desea un mal a la Iglesia o al Papa, no puede estar unido a Cristo.

El que no tiene amor, causa división, y no puede estar unido a Cristo.

El demonio es el padre de la mentira. Es hábil para engañar y dividir.

Desea el mal para la humanidad. Convence con su astucia hasta al más inteligente. Y una Iglesia dividida por un cisma hiere profundamente al Corazón de Dios.

Procura tú ser instrumento de unión y no de división.

Procura tú unir, porque el que une está con Cristo; y no dividir, porque el que causa división, está contra Él.

Pide al Padre que te llene de su amor para que Cristo esté contigo y con Él seas uno.

Hijo predilecto de mi corazón: no caigas en chismes ni habladurías.

Confía en el Espíritu Santo, QUE ES DIOS, y que es la sabiduría infinita, y tiene la fuerza y el poder para sentar en la sede de Pedro a quien quiere Él.

No dudes nunca de sus designios. No lo cuestiones. Invoca su don para que, libre de todo mal, aceptes con gratitud su divina voluntad.

Él sabe mucho más que tú.

El demonio no tiene poder sobre Él.

Todo lo hace bien. Y aunque tú no puedas comprenderlo, te aseguro que, si eres dócil y te dejas mover por Él, te concederá los medios para permanecer en unidad con Cristo; y la gracia para unir en el amor a los miembros de la Iglesia que atentan contra la integridad de la humanidad, provocando división.

Pídele al Espíritu Santo que conserve la unidad de la Iglesia -el cuerpo místico de Cristo-, con la cabeza -que son el Papa, los sacerdotes y los obispos-: que todos sean uno con Cristo, para que sean uno con el Padre.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 223)