SENTIR ARDER EL CORAZÓN
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Reflexión desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar» (Jn 20, 22-23).
Madre nuestra, Esposa de Dios Espíritu Santo: ¡muchas felicidades, Madre, por esta fiesta tan hermosa que estamos celebrando! Hoy contemplamos el nacimiento de la Iglesia, reunidos los Apóstoles contigo, recibiendo los dones que necesitaban para cumplir con la misión que tu Hijo Jesucristo les había encomendado: ir por todo el mundo a predicar el Evangelio y bautizar a toda creatura en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
Y la celebramos con especial alegría, porque durante más de dos mil años de Evangelización, vemos cómo la Iglesia se ha expandido a todos los rincones del mundo, y somos nosotros, los bautizados, los que hemos sido beneficiados por esa valentía y por esa fe con que los primeros cristianos, dispuestos a dar la vida por Cristo, llevaron su Palabra, como fieles testigos, con el corazón encendido por el Espíritu Santo.
Qué importante es la acción del Santo Paráclito en nuestras almas, para que podamos ver todas las cosas con sentido sobrenatural, teniendo presente que Dios no pierde batallas, que Jesús nos acompaña todos los días, cumpliendo su promesa, que el Espíritu Santo nos enseña todas las cosas, y que tu presencia maternal no nos falta, así como la intercesión poderosa de los ángeles y los santos.
Nosotros también queremos, como los Apóstoles, permanecer contigo muy unidos en oración, sintiendo arder el corazón. Ayúdanos a aprovechar muy bien las gracias que recibimos a través de los sacramentos, y de la predicación de la Palabra, que nos llega por boca de tus hijos predilectos, tus sacerdotes, cumpliendo la misión que les ha sido encomendada por la Santa Madre Iglesia.
Hijo mío:
Hoy es la fiesta más solemne de la Iglesia.
Pentecostés.
Ven conmigo, hijo mío, vamos al Monte Alto de la oración.
Dispón tu corazón a recibir al Espíritu Santo.
Recibe su don.
Recibe sus frutos y carismas.
Recibe las gracias que Él ha puesto en mis manos para darte.
Invoca la presencia del Santo Paráclito Consolador, Espíritu Santo Creador, Espíritu de Verdad, de Gloria, de Amor.
Entrégale tu voluntad para que Él habite en ti, y deja que su Espíritu te mueva. Él es la Tercera persona de la Santísima Trinidad, y con el Padre y el Hijo, es un solo Dios verdadero.
Deja que te guíe al conocimiento pleno de la verdad. No te resistas a sus inspiraciones.
Escucha en tu alma y entenderás lo que te dice.
Él ha sido enviado por mi Hijo Jesucristo, después de haberlo resucitado y de su ascensión al Cielo, para manifestar su triunfo sobre el mundo a través del reinado del Espíritu Santo en el mundo, que propicia la conversión de los corazones, y les da los dones que necesitan para conocer a Jesús, y sea eficaz en cada uno la salvación que les ha conseguido con su muerte en la cruz.
Siente tu corazón arder, lenguas de fuego encendidas sobre tu cabeza.
Recibe la luz.
Recibe la paz.
Siente el gozo de vivir iluminado por la luz del fuego del Espíritu Santo.
Confía en Él.
No permitirá que tropieces ni que te pierdas.
Déjate poseer por el Santo Espíritu que tu alma tanto desea.
Llénate de alegría porque Dios está contigo.
Has recibido al Espíritu Santo en tu Bautismo.
Se ha quedado contigo para darle plenitud a tu vida en tu Confirmación, y cada vez que te acercas al sacramento de la Penitencia.
Él obra a través del poder de Cristo en las manos del sacerdote, y tus pecados te perdona. Y, si tú quieres, te concede indulgencias para que tu alma quede limpia y brille bajo el sol como la nieve.
Y cuando te acercas, y la Sagrada Eucaristía recibes, Él prepara tu alma y te une tan íntimamente a Cristo, que te transforma en Él.
No desprecies la oportunidad de ser sanado por su poder.
Cada día, cuando despiertes, pídele que venga a ti, que permanezca contigo y que obre a través de ti, y Él te santificará; a los brazos del Padre te llevará, y en la efusión del amor entre el Padre y el Hijo eternamente te dará vida, y encontrarás la felicidad, el amor, la paz que tanto deseas y que solo Él te puede dar.
Hijo mío:
Siente el calor que inunda tu alma.
Siente arder tu corazón.
Adora al Santo Espíritu, que te posee ya desde ahora, y glorifica al Padre haciendo las obras del Hijo, con los dones que te da el Santo Espíritu.
Permanece conmigo, perseverante en la oración, y recibirás cada día las gracias que necesitas para santificarte, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 223)
