Jn 19, 25-34 - Santa María, Madre de la Iglesia
Jn 19, 25-34 - Santa María, Madre de la Iglesia
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SANTA MARÍA, MADRE DE LA IGLESIA

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19, 26-27).

Madre nuestra: el Decreto del Dicasterio para el Culto Divino, del 11 de febrero de 2018, sobre la inclusión de esta fiesta en el Calendario Universal de la Iglesia, dice, a propósito de la escena del Evangelio que hoy contemplamos:

«La Madre, que estaba junto a la cruz, aceptó el testamento de amor de su Hijo y acogió a todos los hombres, personificados en el discípulo amado, como hijos para regenerar a la vida divina, convirtiéndose en amorosa nodriza de la Iglesia que Cristo ha engendrado en la cruz, entregando el Espíritu. A su vez, en el discípulo amado, Cristo elige a todos los discípulos como herederos de su amor hacia la Madre, confiándosela para que la recibieran con afecto filial».

Después recordó ese Decreto que los sentimientos de piedad cristiana han honrado a la Santísima Virgen María con el título de Madre de la Iglesia u otros equivalentes durante mucho tiempo, incluyendo la declaración de San Pablo VI en la conclusión de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, donde pidió que «de ahora en adelante la Madre de Dios sea honrada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título».

Muy contentos, Madre, de celebrar contigo esta fiesta, nos gustaría que ahora, con tus palabras, nos expliques el gran significado de ese hermoso título con el que te honramos hoy tus hijos de la Iglesia.

Hijo mío.

Yo soy Madre de la Iglesia.

Tú eres miembro de la Iglesia.

La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo y tú, como bautizado, estás unido a Cristo por la gracia y el poder del Espíritu Santo. Por tanto, has sido engendrado por Él en mi corazón.

Madre tuya soy.

Yo amo a mi Hijo Jesucristo con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente, con todas mis fuerzas.

Tú eres parte de Él, vives en Él y Él en ti.

Son uno, y yo te amo como lo amo a Él. Ten esa seguridad, hijo mío.

Piensa en aquel tiempo en que en el mundo vivía Él y yo con Él…

Dónde estaba puesta mi mirada, cuántas atenciones tuve con Él…

Desde antes que naciera lo amé, lo esperé, lo gocé.

Y después de nacer lo cuidé, lo protegí, lo abrigué, lo alimenté, lo abracé, lo ayudé a crecer en gracia, en estatura y en sabiduría ante Dios y ante los hombres.

Lo acompañé y lo guié de mi mano hasta la cruz.

Jamás me aparté de Él.

Mi oración suplicante era siempre una constante presencia junto a Él, que lo sostenía en momentos de dificultad, que lo acompañaba en momentos de soledad, que le daba fuerzas para caminar y para soportar sus sufrimientos.

De ese mismo modo, hijo mío, yo quiero estar contigo.

Permíteme acompañarte.

Acéptame como madre.

¡Déjame mostrarme madre!

Vuelve a ser como niño y permite que yo te abrace y te lleve hasta la cruz, para entregarte en los brazos de Jesús.

Escúchalo cuando, desde esa cruz, Él me mire, y te mire, y me diga: “Mujer, he ahí a tu hijo”; y a ti te diga: “He ahí a tu Madre”. Y tú puedas decir: “Señor, todo está cumplido. Ella a ti me ha traído. Llévame cuando tú quieras al Paraíso contigo”.

Pero antes, hijo mío, debes luchar por la unidad de la Iglesia y la paz, para que todos los miembros de la Iglesia, como tú, permanezcan en el amor del Sagrado Corazón de Jesús.

Ama a la Iglesia, sirve a la Iglesia, vivifica con tus obras a la Iglesia.

Dale oportunidad al Espíritu Santo para que, a través de ti, derrame sus dones, frutos y carismas en aquellos miembros de la Iglesia que no lo saben pedir.

La Iglesia es Una. Es unidad, no se puede de Cristo separar.

La Iglesia es Santa. Se deja por el Espíritu Santo purificar.

La Iglesia es Católica. Es universal.

La Iglesia es Apostólica. Y espera de ti que pongas tu fe por obra.

Yo soy Madre de la Iglesia para enseñarte a ti, hijo mío, todas estas cosas.

Que el Espíritu Santo, que está conmigo, esté contigo.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 225)