18/12/2025

Mt 1, 1-17 - VERDADERO HOMBRE Y VERDADERO DIOS

VERDADERO HOMBRE Y VERDADERO DIOS

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Para reflexionar en el silencio interior

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1, 16)

Madre nuestra: ya estamos muy cerca de celebrar el nacimiento de Jesús en Belén, y la Iglesia nos ayuda a prepararnos para esa fiesta a través de la Liturgia de la Palabra de la Santa Misa en la Octava de Navidad, durante la cual meditaremos en las escenas que recoge la Sagrada Escritura en lo que se conoce como los “Evangelios de la Infancia de Jesús”.

Hoy reflexionamos en su Genealogía, recogida al comienzo del Evangelio de San Mateo, donde aparecen personajes muy variados, algunos con trasfondos complicados: hay hombres y mujeres, algunos del pueblo elegido y otros que son de la gentilidad, hay patriarcas, como Abraham, y reyes, como David, resaltando así la promesa mesiánica.

Es un pasaje difícil de meditar, porque solo recoge los nombres de los antepasados de Jesús. Pero sabemos que toda palabra de la Escritura tiene su importancia. Con toda seguridad tiene su explicación. Dinos, Madre, tú que eres Asiento de la Sabiduría, además de haber sido la que engendró en su seno al Mesías Redentor, compartiéndole tu propia sangre, ¿qué nos quiere decir el Espíritu Santo al comenzar el primer Evangelio con la Genealogía del Señor?

Hijo mío: ven conmigo. Vamos al monte alto de la oración a meditar y reflexionar en la Palabra de Dios.

Hay muchas formas de orar.

Puedes rezar agradeciendo o suplicando a Dios por alguna necesidad.

Puedes guardar silencio y meditar las cosas que tienes en el corazón.

Puedes escuchar la Palabra de Dios y comprender lo que te dice para aplicarlo en tu propia vida.

Puedes cantar y alabar al Señor.

Puedes contarle tus cosas, o puedes tan solo guardar silencio, con la disposición y docilidad al Espíritu Santo, para que te haga entender tantas cosas.

Puedes también reflexionar en lo que dicen las Sagradas Escrituras o puedes meditar en lo que la Palabra significa.

Pero orar, hijo mío, necesariamente requiere que calles tu mente y escuches a tu corazón.

No permitas que tu raciocinio te domine y te distraiga, porque las cosas de Dios no tienen explicación, son de Dios. No alcanza la mente humana a comprender el pensamiento de Dios y sus misterios, pero Él te explica todas las cosas enviándote al Espíritu Santo, que es Dios, y te pide que creas, que tengas fe y aceptes sus designios; que seas obediente y aceptes su voluntad.

Y cuando lo haces, Él se te revela, te quita el velo de los ojos para que puedas ver. Y aunque las palabras no alcancen para explicar lo que con el corazón alcances a comprender, en ti no hay duda, y tu testimonio es veraz porque el Señor te lleva siempre al conocimiento pleno de la verdad.

La Genealogía de Jesús, escrita en los Evangelios, deja constancia de que Él existió y fue contado como uno más entre los hombres.

Tú crees que Él es el Hijo de Dios, que fue enviado al mundo, engendrado en vientre inmaculado de mujer, y sin dejar de ser Dios, adquirió la naturaleza humana, por lo que es verdaderamente hombre y verdaderamente Dios. Y de eso no hay constancia en la ley de los hombres, sino tan solo en la ley de Dios. Pero tú lo crees, porque, a través de esa ley, que está escrita y es sagrada, la verdad se te reveló.

Los Evangelios son el testimonio de la revelación de Jesucristo, hombre y Dios, que murió por ti y por toda la humanidad en manos de los que no creyeron en Él y no aceptaron la verdad, para que tú y toda la humanidad se puedan salvar.

Y eso lo debes orar, meditar, reflexionar. Pero no alcanzarás a comprenderlo con tu poca inteligencia, sino con la sabiduría de tu gran corazón.

Jesucristo es descendiente de David. Eso lo dicen los hombres, está reconocido en la historia, y es mi Hijo.

Y fue engendrado, no por intervención de un hombre, sino por el Espíritu Santo. Su padre putativo es José y de él heredó el linaje, y de mí también.

De esto YO DOY TESTIMONIO, porque esa es la verdad. Jesús es verdadero hombre y es verdadero Dios. Nació, creció, murió y resucitó como una sola persona, pero con dos naturalezas, humana y divina. Y eso solo puede hacerlo quien, antes de ser hombre, ya era el Hijo de Dios.

Agradece, hijo mío, que el Señor ha querido hacerse como tú, en todo igual, menos en el pecado. Ha querido hacerse alcanzable para la humanidad, para que todo aquel que crea en Él pueda seguirlo y entrar con Él al Paraíso.

Yo soy la mujer que da testimonio de Él porque a mí me fue anunciado, en mi vientre virginal fue engendrado cuando el Espíritu Santo me cubrió con su sombra.

De mí nació. Yo le di al mundo ese regalo. La luz para el mundo brilló y ahí estaba yo. Yo lo vi crecer. Yo lo cuidé. Yo lo alimenté. A dar sus primeros pasos lo enseñé. Como cualquier otro niño fue, pero era el Hijo de Dios. Yo estuve ahí para dar testimonio de Él.

Yo lo vi crecer y entregarse a la humanidad sirviendo al pueblo, sin importar raza o religión, edad o condición. Yo estuve ahí para dar testimonio de Él, que no vino a ser servido, sino a servir.

Yo lo vi padecer y morir en la cruz para salvarte.

Yo estuve ahí PARA DAR TESTIMONIO DE ÉL Y DE SU AMOR POR TI. Y estoy aquí para que tú conozcas la verdad y creas.

No tienes que pensar ni razonar, tan solo a tu corazón escuchar y aceptar esta verdad, porque todo aquel que crea que Jesucristo es el Hijo de Dios, verdadero hombre y verdadero Dios, se salvará.

He traído mi testimonio al mundo porque yo deseo que se cumpla la voluntad de Dios, que es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 237)