CONFIAR EN SAN JOSÉ
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Para reflexionar en el silencio interior
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa» (Mt 1, 16)
Madre nuestra: durante el tiempo litúrgico del Adviento y, sobre todo, durante el tiempo de Navidad, la figura de san José ocupa un lugar importante. Lo contemplamos muy cerca de ti, muy pendiente de atenderte en todo lo que sea necesario, mientras ambos esperan el inminente nacimiento de Jesús. Y nos imaginamos que esa total disposición la tuvo todo el tiempo, desde que Dios lo llamó para formar parte de la Sagrada Familia del Mesías Redentor, hasta su muerte.
Hoy nos fijamos en la escena cuando el ángel le dice en sueños que no dude en recibirte en su casa, porque tu Hijo fue concebido por obra del Espíritu Santo, y él debía ponerle el nombre de Jesús, porque salvaría a su pueblo de sus pecados.
Para poder cumplir con esa misión, que era única, José debió ser un hombre de muchas virtudes. Él no dudó de ti, cuando advirtió tu estado, sino que, ante la grandeza del Misterio, no se sentía digno de participar. Cuando recibió el mensaje del ángel en el sueño, inmediatamente obedeció, dijo “sí” a Dios, sí a participar en el Misterio, y se llenó de alegría, porque Dios depositó su confianza en él.
Tú también depositaste tu confianza en San José, siguiendo el ejemplo de Dios Padre, quien le dio los dones y carismas necesarios para proteger el tesoro de Dios que tú llevabas en tu seno. Te sometiste a la autoridad de un esposo, y dijiste “sí”, aceptando el plan de Dios.
Dinos, Madre, cómo podemos nosotros también tener esa confianza en el Santo Patriarca, además de aprender de él a ser humildes, obedientes, fieles, diciendo siempre que “sí” a los planes que Dios tiene para nosotros.
Hijo mío: Ven conmigo. Vamos al monte alto de la oración para meditar en el sueño de José, que un hombre justo fue, que quiere decir virtuoso y santo; que oraba al Señor día y noche despierto, y también dormido, porque le ofrecía a Dios todo lo que era él.
Un hombre como todos, pero devoto, obediente y fiel, que deseaba por sobre todas las cosas la voluntad de Dios hacer. Y mientras meditaba en el misterio de Dios en el que estaba envuelta yo, el Hijo de Dios seguía creciendo en mi vientre inmaculado.
En sueños, el ángel del Señor le anunció que él también había sido elegido para participar de ese misterio divino conmigo, y la voluntad de Dios así le confirmó, disipando toda duda de su corazón sobre qué tan digno era él para ser llamado esposo de la Madre del Hijo de Dios, el Mesías, el salvador anunciado por los profetas y ante sus propios ojos mortales revelado.
Bendito José, que dijo sí a Dios para acompañarme, y al tesoro de Dios -fruto bendito de mi vientre-, proteger, y como verdadero padre en medio del mundo al Mesías acoger, agradecido y humillado ante Dios todopoderoso que en él, su siervo, su esclavo, había confiado.
Aprende tú de san José a ser un siervo de Dios virtuoso, obediente y fiel, y dile: “sí”.
Alégrate y agradece a Dios porque eres un elegido, tú también, para participar del misterio divino de la encarnación del Hijo de Dios a través de los sacramentos. Recíbelo del mismo modo que lo recibimos san José y yo, con el corazón expuesto, con certeza y convicción, aun sin verlo.
Sabíamos que Él era Dios con nosotros, que estaba presente, VIVO, engendrado tanto en nuestros corazones como en mi vientre. No dudes en recibirlo en tu morada bien preparada.
El Hijo de Dios está vivo y presente en la Eucaristía.
Es el mismo que fue por el ángel del Señor anunciado.
El mismo a quien san José puso el nombre de Jesús.
El mismo que nació en Belén y murió en una cruz en Jerusalén.
El mismo que resucitó para darte vida.
El Mesías, tu salvador, el que volverá por ti y te llevará a gozar de su Paraíso eternamente.
Y ahí estará san José y estaré yo, que te hemos acogido como hijo del mismo modo que a Jesús, con el corazón abierto y bien dispuesto, para que participes del misterio divino de la Sagrada Familia como miembro vivo del sagrado cuerpo de Cristo.
Aprende de san José, que es modelo de virtud, y pídele su intercesión en todas tus necesidades, porque a él, Dios todopoderoso, lo que le pide, le concede, por sus méritos, en los que el Señor justifica la confianza que puso en Él.
Confía tú también.
Yo te aseguro que jamás te sentirás defraudado. Él es padre providente y protector.
Confía en él siempre.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 240)
