23/02/2026

Mt 25, 31-46 - JUZGADOS POR EL AMOR

JUZGADOS POR EL AMOR

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Para reflexionar en el silencio interior

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes (…) porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber (…). ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? (…) Y el rey les dirá: ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron’» (Mt 25, 34-40 passim).

Madre nuestra: reflexionando en el texto del Evangelio que hoy meditamos se me vienen a la cabeza esas palabras de un poema de San Juan de la Cruz: “A la tarde te examinarán en el amor”. Y es que no puede ser de otra manera el Juicio final, tomando en cuenta que el Señor resumió todos los mandamientos en dos: amar a Dios y amar al prójimo. Si esa es la voluntad de Dios, y nosotros nos ganaremos el Cielo si cumplimos su voluntad, entonces gozaremos de la vida eterna en el Paraíso si en esta vida amamos a Dios y al prójimo como Él nos enseñó.

Y ya advirtió Jesús que el Cielo es para quienes practican las obras de misericordia, tomando en cuenta que se hacen a Él, que el prójimo es Él. Que es a Él a quien damos de comer y damos de beber. Es a Él a quien asistimos. Es a Él a quien amamos, haciendo en su favor las obras de misericordia.

¿Cómo es posible, Madre, que sabiendo con toda claridad cuál es la clave para irse al Cielo, todavía hay quienes no se esfuerzan por ganar el premio sirviendo a los demás? La Iglesia nos enseña que hay catorce obras de misericordia: siete corporales y siete espirituales. ¡Cuántas maneras de ayudar a los demás, de hacer misericordia!

¡Y cuántos ejemplos de hombres y mujeres santos, que entregaron su vida a Dios sirviendo a los demás, y que ahora nos siguen ayudando desde el Cielo! Nos ayuda también el testimonio de tantas personas que hoy ofrecen su vida en servicio por los demás, quizá sin pensar que se están ganando el Cielo, sino que lo hacen solo por amor, por la alegría que sienten en el alma ayudando a los demás. Dios se los tomará en cuenta, porque los misericordiosos recibirán misericordia.

Ayúdanos, Madre, a darnos cuenta siempre de que esa alegría en el alma, por servir, se debe a que el prójimo es Jesús, quien no se deja ganar en generosidad.

Hijo mío: en el monte alto de la oración el Espíritu Santo te da la gracia para comprender la Palabra de Dios.

Ven conmigo y medita todas las cosas en tu corazón, como lo hago yo.

Está escrito que al final de los tiempos el Señor congregará a todas las naciones y separará a unos de los otros. A unos los pondrá a su derecha y a otros a su izquierda. Es Palabra de Dios y se cumplirá hasta la última letra.

Agradece, hijo mío, que el Señor, en su infinita misericordia, te advierte y te aconseja que estés alerta y hagas ya desde ahora lo que te conviene. Te ofrece su ayuda, te da su gracia, te llama incansablemente, porque te ama y no quiere perderte.

En el Juicio final el Señor a cada uno juzgará. Él es el único justo juez, y el Padre le ha dado el poder de hacerle justicia a cada alma.

Este tiempo que vives en medio del mundo tú mismo experimentas que no es de justicia. Tú eres testigo de cuánta injusticia hay en el mundo. Pero también experimentas, y eres testigo, de la gran misericordia de nuestro Señor Jesucristo, que le da a cada uno lo que necesita.

Y aquí estoy yo, por voluntad de Dios, para brindarles mi auxilio y puedan perseverar hasta el final, porque el que persevera en la fidelidad de Dios se salvará.

Tu deber es parecerte a Él. Aprende de Él a ser misericordioso. Recuerda que, al final, el Señor te juzgará, no por cuánto hiciste, sino por cuánto amaste, y el amor se manifiesta en obras de misericordia.

Desde ahora el Señor te revela la verdad. Él se considera el prójimo, el más necesitado, el pobre, el humillado. Te revela en ellos su rostro para que tú seas misericordioso y seas salvado. Lo que hagas con el necesitado lo haces con Él. Esa es tu garantía.

En esas palabras de verdad te entrega las llaves de la eterna felicidad, te da la clave para que el Cielo te puedas ganar, te enseña el camino para ponerte a la derecha en el Juicio final y vayas a tomar parte con Él de la vida eterna en su Paraíso.

Ahora, hijo mío, vive tranquilo. Ya sabes lo que tienes que hacer.

Y recuerda que el Señor hace esta advertencia para que todos estén atentos, estén alertas y no se dejen engañar. Él los vino a salvar, destruyó la muerte con su muerte en la cruz y los liberó de las garras del maligno. Les hizo un fuerte llamado a la conversión y les dio la gracia de purificarse en el Bautismo. Pero de la salvación de cada uno es responsable cada uno.

Él les da la oportunidad y cada uno la debe aceptar o rechazar. No digas que puedes hacer lo que quieras porque, de cualquier manera, Cristo te ha salvado ya.

Hijo mío: Él te abrió la puerta. Te mostró el camino. Te da los medios. Te llama para que vayas a Él, porque te ama. Pero respeta tu libertad, tu libre albedrío. Y es así como hará justicia sobre ti.

El Señor es justo y misericordioso.

Este es el tiempo de recibir y de obrar la misericordia.

Este es el tiempo de manifestarle al Señor tu necesidad de Él, tu deseo de ir a Él obedeciendo sus mandamientos, amándolo por sobre todas las cosas y amando al prójimo como a ti mismo, deseando para el prójimo lo que deseas para ti mismo, obrando la misericordia con el prójimo, consciente de que lo que haces con él lo haces con Cristo, y al final te recompensará, te llamará y te dirá:

“Ven, bendito de mi Padre. Ven a mi derecha y toma conmigo parte de mi Paraíso”, porque los misericordiosos recibirán misericordia, y esto es Palabra de Dios.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 216)