EL MEJOR AMIGO
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Reflexión desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«El Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo Maestro?”. Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”» (Mt 26, 24-25).
Madre nuestra: es muy doloroso meditar en esa escena del Evangelio sobre la traición de Judas. Él había sido elegido por Jesús, con amor de predilección, y había sido testigo de ese amor –por él y por todos los hombres–, y de tantas manifestaciones de su poder divino, así como también había escuchado su predicación, con palabras de vida eterna.
Pero se dejó llevar por su ambición, y lo vendió por treinta monedas de plata. Luego se arrepintió, cuando era tarde.
Jesús les dijo a los Doce que no los llamaba siervos, sino amigos. Y les había demostrado de muchas maneras que Él era el mejor de los amigos. Esa misma noche les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor, pidiéndoles que se amen unos a otro como Él los había amado. Y completó diciendo que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
¿Cómo pudo Judas traicionar ese amor? Solo se entiende cuando leemos en el Evangelio que después de probar el bocado “entró en él Satanás”. Aunque sabemos que ya había anteriormente una serie de traiciones.
Te pedimos, Madre, que intercedas para que amemos a Jesús con un amor fiel, sin traiciones, para que correspondamos a su amistad, aprendiendo de Él y poniendo en práctica sus enseñanzas.
Hijo mío: en estos días santos, acompáñame al pie de la cruz, y oremos.
Vamos a meditar en el inicio de la pasión de mi Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que comienza con la traición de un amigo.
La amistad se basa en el amor, y se manifiesta en la confianza y en la fidelidad entre dos.
Una amistad no puede ser individual. Una amistad es entre dos o más.
¡Cuánto duele la traición de un amigo!
¡Cuánto duele sentirse por el amado herido!
¡Cuánto cuesta recuperar la confianza en aquel que te ha sido infiel!
Pero el que verdaderamente ama, siempre perdona.
El Señor es el mejor amigo. No porque tú lo amas, sino porque Él te amó primero.
Él es perfecto. Él es siempre fiel. Él jamás te traicionará. Puedes poner en Él toda tu confianza.
Todo cristiano bautizado es hijo de Dios, y tiene a Cristo como amigo, como hermano. No por haberlo merecido, sino porque así Él lo ha querido.
Un mandamiento les dio: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. El que falta a este mandamiento, traiciona la amistad de Cristo. Todo pecado es una traición, es una falta al mandamiento del amor.
Poner a uno mismo, a otra persona, a las cosas del mundo, antes que a Dios, es faltar al mandamiento del amor, es traicionar la confianza y la fidelidad que el amigo ha depositado en ti.
Algunos de mis hijos piensan que fueron los judíos de hace mucho tiempo quienes crucificaron al Hijo de Dios. Se lavan las manos, como Pilato, en lugar de preguntarle: “¿quién te traicionará? ¿Acaso seré yo? ¿Quién te crucificará? ¿Acaso seré yo?”, y sufrir, tan solo por la posibilidad de oír de sus labios decir: “tú lo has dicho”.
El que comete pecado, ya lo ha crucificado. El Señor murió en la cruz de una vez y para siempre, perdonando todos los pecados de todos los tiempos, de todas las generaciones, de todas las gentes. También los tuyos, pasados, futuros y presentes.
Él ya te redimió. Pero quedar libre de tu culpa depende de ti, de que pidas perdón, de que te arrepientas –aun si no has cometido tal pecado, pero lo has pensado–, y acudas al confesionario y pidas perdón, consciente de que el que está aquí presente, en esta cruz, está sufriendo por tu infidelidad, por tu incapacidad de amarlo antes que a ti mismo.
Reflexiona y conviértete en un verdadero amigo del Hijo de Dios, digno de confianza, y de participar del banquete eterno del Señor.
Acércate al sagrario. Ahí está tu amigo. Pídele la gracia para no ofenderlo. Él se alegrará y te dirá “yo te ayudo”. Te dará la luz que ilumine tu conciencia, para que te examines cada día. Y, reconociendo tus errores, te corrijas y te perfecciones.
Repara su Sagrado Corazón con actos de amor a Dios, adorando la Sagrada Eucaristía, haciendo obras de caridad, luchando cada día por permanecer en la fidelidad a su amistad, y pide perdón, como el buen ladrón, para que puedas escuchar la voz de tu Señor en tu corazón, que te dice: “te aseguro que estarás conmigo un día en mi Paraíso. Porque has sido fiel, te daré todo lo que es mío”.
Examina tu conciencia, hijo mío, y corresponde al amigo fiel, corrigiéndote, convirtiéndote, renovándote, dispuesto a vivir una verdadera amistad con el mejor de los amigos.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 77)
