30/08/2026

Mt 16, 21-27 - PERDER LA VIDA POR CRISTO

PERDER LA VIDA POR CRISTO

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís


«Jesús llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo: “El que quiera venir conmigo, que renuncie así mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8, 34-35).

Madre nuestra: un momento antes de que Jesús pronunciara esas palabras había reprendido a Pedro con palabras fuertes, diciéndole: “¡Apártate de mí, Satanás, porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”. Y es que el apóstol trató de disuadir al Señor de que no hablara de los sufrimientos que iba a padecer Él cuando llegara el momento de la cruz.

Ahora sabemos que gracias a su sacrificio en el Calvario fuimos liberados de la esclavitud del pecado y se abrieron las puertas del cielo. Y precisamente a eso había venido Jesús a la tierra, para cumplir la voluntad del Padre entregando su vida hasta la última gota de su sangre.

Así se entiende mejor que le diga a toda la multitud que para ser su discípulo hay que cargar cada uno con su cruz, perdiendo por Él la vida terrena, para ganar la vida eterna.

Dinos, Madre, en qué consiste perder la vida por Cristo, y ayúdanos, con tu gracia, a tomar nuestra propia cruz.

Hijo mío: ven conmigo. Vamos a descubrir lo que hay en tu corazón.

El Señor ha sido puesto como signo de contradicción para poner al descubierto las intenciones de muchos corazones.

Sé honesto y reconoce cuáles son tus intenciones.

¿Estás dispuesto a dar la vida por Cristo?

Él la dio por ti.

¿Cuáles son tus intenciones cuando le dices “¡Señor, Señor!”?

¿Deseas entregarle tu vida, o solo pretendes pedir su auxilio cuando lo necesitas?

¿Qué haces en medio de un ambiente contrario a tu fe?

¿Defiendes tu fe?

¿Permaneces firme cumpliendo los mandamientos de la ley de Dios?

¿Hablas de Él, o te avergüenzas de ser cristiano y prefieres evitar el tema sobre la religión que has abrazado desde que has sido bautizado?

Ante las calumnias, las injurias, las burlas, los malos juicios, las críticas destructivas que algunos hacen a la Iglesia, a los sacerdotes, al Santo Padre, a la Palabra de Dios, ¿tú qué dices?, ¿qué haces?, ¿te avergüenzas de tu Señor o defiendes tu fe?

¿Intentas salvar tu vida callando –o juzgando y criticando como hacen ellos–, o pierdes tu vida por Cristo pregonando la verdad del Evangelio?

Tu Señor ha dicho que quien intente salvar su vida la perderá, pero, quien pierda su vida por el Evangelio, la salvará.

Rectifica las intenciones de tu corazón en cualquier lugar, en cualquier ambiente, en cualquier momento, y sigue a tu Señor, llevando tu cruz con la alegría de saber que la felicidad se encuentra en Él.

Sé honesto y dime: ¿quieres ir a Él?

Él es el camino, la verdad y la vida.

Él es el Rey del universo que ha traído a este mundo su Reino que no es de este mundo, pero ha venido con todo su poder.

Él ha vencido al mundo, Él es el Hijo de Dios, y su Padre, que está en el Cielo y que lo envió, todo lo ha sometido bajo sus pies. A ti también.

Siéntete dichoso de reconocer a Cristo delante de los hombres porque Él te reconocerá delante de su Padre.

Haz oración. Pídele que te dé su gracia y te conceda su perdón por tantas veces que lo ofendiste negándolo, avergonzándote de Él, evitando hablar de Él, intentando esconderte de Él, cuando sabes que es omnisciente, omnipresente y omnipotente.

Todo lo ve, todo lo sabe, todo lo conoce.

Él te creó, sabe todo de ti, hasta dónde te escondes. Y va a buscarte, no como un juego de chiquillos, sino con la seriedad con que un padre busca a su hijo perdido, y cuando lo encuentra lo llena de besos, lo abraza y lo lleva de vuelta a casa.

Ahora que has abierto tu corazón, rectifica tu intención y dile: “¡Señor, Señor, aquí estoy! He venido para hacer tu voluntad, porque te amo. Dame la gracia de cargar mi cruz y de seguirte. Llévame de mi oscuridad a tu admirable luz”.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 196)