PERDONAR SIEMPRE DE CORAZÓN
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Para reflexionar en el silencio interior
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”» (Mt 18, 21-22).
Madre nuestra: cuando san Pedro le preguntó a Jesús sobre el perdón de las ofensas de un hermano es porque seguramente le costaba mucho y perdía la paciencia. Y eso le pasa a cualquiera: cuesta mucho perdonar, sobre todo cuando las ofensas son graves y tienen serias consecuencias.
Pero el Señor insistió en diversos momentos en la importancia de perdonar, entre otras cosas porque su misión en la tierra era llevar a cabo la obra de la redención, muriendo por todos los hombres para el perdón de los pecados. Es decir, lo que movió el Corazón de Dios para que el Verbo se encarnara es el amor a todos los hombres, necesitados de perdón, para que se abrieran las puertas de los cielos.
Además, nos enseñó a pedir al Padre que perdone nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. En la parábola del siervo despiadado el Rey le reclama a su siervo que no tuviera compasión de su compañero perdonándole la deuda. Y desde la cruz elevó Jesús su voz al cielo pidiendo perdón por los que causaban su suplicio, “porque no saben lo que hacen”.
Junto con la regla de oro de la caridad, que enseña a tratar a los demás como nos gustaría que nos traten a nosotros, el Señor nos dice que perdonemos y seremos perdonados. Debemos tener fe en esto, para combatir nuestra soberbia cuando nos cueste perdonar.
Madre: tú también perdonaste, al pie de la cruz, a todos los que ofendían a tu Hijo. Y nos recibiste como hijos a todos, aun sabiendo que los pecados de todos los hombres eran la causa de ese sacrificio. Ayúdanos a saber tener entrañas de misericordia con nuestros hermanos, para perdonar siempre, todo y de corazón.
Hijo mío: Jesús vino al mundo no a buscar a justos, sino a pecadores. Él vino a perdonar, y lo hizo dando la vida por los pecadores crucificado en la cruz, cruz de perdón, cruz de salvación, cruz de amor, cruz de misericordia.
El Señor a cada uno lo llama por su nombre para que tome su propia cruz y lo siga. Pero la cruz de los hombres no puede ser distinta a la cruz de su Señor. Debe ser también cruz de perdón.
Por tanto, el que no perdona de corazón a su hermano se ha equivocado de cruz.
Por más pesada que sea, por más sacrificio que signifique, por más ofrenda que pretenda que sea, no es la cruz que el Señor espera, y no podrá ser contado entre los suyos.
No podrá ser perdonado aquel que no perdona a su hermano, porque el Señor ha dicho que de la misma manera que trates a los demás serás tratado: no juzgues y no serás juzgado, perdona y serás perdonado.
Pero ¿qué es, hijo mío, perdonar de corazón?
Es poner al hombre, a la persona, por encima de sus obras. Eso es lo que hizo Jesús. Él amó a los hombres por encima de sus malas obras, los valoró más que al sufrimiento que le causaron a su Sagrado Corazón, porque las malas obras son de los hombres, pero los hombres son creaturas de Dios.
El Señor vino a darle a la humanidad otra oportunidad, y sin tomar en cuenta la gravedad de sus ofensas, perdonó a todos por igual, y lo hace siempre, no siete veces, sino infinitamente, y así es como tú debes perdonar de corazón a tu hermano siempre.
No vale la pena pelearse y guardar rencores por tierras, por herencias, por posesiones. Hay que humillarse para saber perdonar de corazón, poner al otro por encima de todo, incluso de la propia honra, de las tierras, de las riquezas, de las posesiones, de las herencias, de los amores.
Perdonar de corazón es considerar al otro superior a uno mismo, desear para él lo mejor, orar por él pidiendo al Señor clemencia, compasión y misericordia, para que corrija su error. Pero en tu corazón solo debes albergar un sentimiento: amor.
Entonces sabrás que es el Señor quien vive en ti, quien obra a través de ti, porque hay cosas tan difíciles de perdonar, que solo un corazón lleno del amor de Dios puede perdonar y olvidar.
Que tu hermano sea el primero y tú el último. Así tendrás un lugar en el Reino de los cielos y él tendrá la oportunidad de corregirse, de pedir perdón y ser perdonado, cuando el Señor, por los méritos de tu clemencia, escuche tus ruegos.
No dudes cuando alguien te pida perdón. Perdona siempre de corazón. Y si no pidieran perdón, no le cierres el corazón, espera con paciencia, perdónalo en silencio y no le guardes rencor.
El Señor te ha puesto el ejemplo. Toma tu cruz y síguelo.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 126)
