18/08/2026

Mt 19, 23-30 - TESOROS INFINITOS

TESOROS INFINITOS

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Y todo aquel que por mí haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o esposa o hijos, o propiedades, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Y muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros» (Mt 19, 29-30).

Madre nuestra: una de las consecuencias del pecado original es el desorden causado en el interior del hombre con relación al uso de los bienes de la tierra. Cuando el hombre no los usa correctamente, según el plan de Dios, es muy fácil cometer graves pecados, consecuencia de emplear esos bienes para satisfacer las malas pasiones, las concupiscencias y tantas otras faltas fruto de la soberbia, la que fue causa de esa caída de nuestros primeros padres.

Por eso Jesús siempre que hace una invitación para seguirlo de cerca, cuando les pide a sus discípulos, con exigencia, que tomen su cruz de cada día, les dice también que deben renunciar a sí mismos, lo cual implica un desprendimiento de los bienes de la tierra para no tener ataduras que impidan vivir una entrega total.

Así le dijo el Señor a aquel joven que se acercó preguntándole qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús le respondió que debía cumplir los mandamientos. Pero el alma de ese muchacho sabía que no era suficiente, porque él pensaba en el premio de la felicidad para siempre en el cielo, y sabía que eso valía más. Y al escuchar como respuesta que debía entregarse completamente, renunciar a todo, se fue triste: su soberbia había llenado de ataduras su corazón.

Pedro le pregunta a Jesús qué les tocará a los que sí han dejado todo. Y escucha la promesa del ciento por uno y la vida eterna. Dios no se deja ganar en generosidad.

Madre nuestra: enséñanos a buscar las verdaderas riquezas, los tesoros en el cielo, para poner ahí nuestro corazón.

Hijo mío: ven conmigo, y medita, como yo, todas las cosas en tu corazón.

El Evangelio es Palabra de Dios, es la verdad que el mismo Dios te ha revelado a través de su único Hijo Jesucristo. Él es la verdad y Él tiene palabras de vida eterna.

Él ha dicho que para los ricos será difícil alcanzar la salvación y entrar en el Reino de los Cielos. Pero también ha dicho que no hay nada imposible para Dios, porque Él le ha alcanzado la salvación a pobres y a ricos, a justos y a pecadores, por su misericordia.

Tener bienes materiales no es un pecado. El peligro no está en la riqueza del mundo, sino en la ambición y en la codicia del corazón, y eso se aplica a pobres y a ricos.

Pero hay tentaciones en medio de las riquezas del mundo que llevan a la perdición de los hombres, porque despiertan las malas pasiones, las concupiscencias de la carne, y de manera casi diabólica potencian la soberbia, que lleva a cometer las más graves ofensas a Dios. Y para evitarlo, para no ponerse en ocasión de pecado, el Señor les da la gracia de la humildad.

A veces hay hombres que poseen grandes riquezas, pero son desprendidos, saben renunciar a lo material para poner en primer lugar la vida espiritual, y usan sus bienes para hacer caridad.

Pero ¡qué fácil es dar cuando te sobra! ¡Qué fácil es desprenderte de grandes tesoros cuando sabes que no se acabarán, porque has guardado para ti suficiente!

Conservas en el mundo tu seguridad y recibes aplausos que no mereces, porque realizas grandes obras de caridad mientras te dedicas a tus negocios y a tu riqueza multiplicar.

Es tu entrega de vida, tu corazón, lo que el Señor quiere.

Que te decidas no a dar lo que te sobra, sino todo lo que tienes, que no quiere decir malgastar tus bienes, sino entregarle tu vida a Dios usando tus bienes para entregarle tu corazón, dando de comer al hambriento, dando de beber al sediento, vistiendo al desnudo, visitando al enfermo, llevando la misericordia a todo lugar, llevando su Palabra en tus obras con fe, con esperanza, con caridad.

Colaborando con la comunidad, participando como miembro de la Iglesia en las celebraciones, en las procesiones, en las fiestas; en medio de ricos y pobres, como uno más, sin distinciones, alabando y glorificando a Dios con tus virtudes, adorando el Cuerpo y la Sangre de tu Señor en la Sagrada Eucaristía, ayudando a los más que puedas a caminar en el camino de Dios, no dando limosna para que te vean, sino dándole al necesitado, al pobre, al rico o al sacerdote tu consuelo, tu amistad, tu compañía, tu consejo, tu buen ejemplo, y no los bienes que te sobran, sino realmente lo que ellos necesitan, interesándote  por las personas y no solo por las grandes obras.

Entonces, el Señor se conmoverá, y en ti no mirará los bienes materiales que Él mismo te ha dado, sino el corazón que le presentas contrito y humillado.

Lo tomará, lo transformará en un corazón semejante al suyo, lo llenará de sus tesoros, para enriquecer al mundo con la gloria que te dará cuando abra para ti las puertas del Paraíso, y te diga: “Ven, bendito de mi Padre, porque dejando a un lado tus riquezas del mundo y tus ocupaciones, cuando tuve hambre me diste de comer y cuando tuve sed me diste de beber; lo que hiciste con pobres y ricos, conmigo lo hiciste”.

Algunas veces, hijo mío, hay por ahí también pobres que pretenden ser ricos, que hacen lo que sea por conseguir lo que desean, y su pobreza los convierte en los más grandes pecadores; y ellos no verán a Dios.

Mi consejo es: medita todas estas cosas en tu corazón, reflexiona en qué es lo que quiere decirte a ti la Palabra de Dios escrita en el Evangelio. No te confundas, no por ser pobre tienes ganado el Cielo.

El Cielo, hijo mío, es de los ricos, no de los que poseen o no riquezas en el mundo, sino de los pobres de espíritu, pero ricos en tesoros que han acumulado en el Cielo.

Pon en lo alto tu corazón, porque ahí en donde esté tu corazón, encontrarás los tesoros que yo te doy.

No tengas miedo de renunciar al mundo. Mis tesoros son infinitos, son los tesoros de Dios. Con ellos no tendrás aplausos ni reconocimientos en el mundo, pero tendrás un lugar en el Reino de Dios.

Haz que tu vida valga la pena. Entrégasela al Señor. Entrégale tus riquezas o tu pobreza, lo mucho o lo poco que tengas, todo.

Pero si quieres ganar el Paraíso, no olvides entregarme tu corazón.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 187)