19/08/2026

Mt 20, 1-16 - CONTEMPLAR EL PARAISO

CONTEMPLAR EL PARAÍSO

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?» (Mt 20, 14-15).

Madre nuestra: tengo muy presentes las primeras palabras del Papa Benedicto XVI el día de su elección. Cuando salió al balcón a saludar a la gente que lo aclamaba les dijo que él era un “simple y humilde trabajador de la viña del Señor”.

Él llevaba muchos años sirviendo a Dios, desde que ingresó al Seminario. Primero como sacerdote, y luego como obispo y cardenal. Se puede considerar que era un trabajador de la viña que llegó desde el amanecer.

No han faltado en la historia de la Iglesia otros trabajadores que llegan en la mañana, a media tarde o al final del día. El Señor tiene sus planes para cada uno, y los llama en el momento más oportuno.

Pero Dios quiere que todos los hombres se salven, y a cada uno le da su oportunidad, en el momento que considera adecuado. Nosotros debemos responder con libertad si queremos trabajar en su viña. Él nos pedirá cuentas de todo lo que nos ha dado, incluyendo el tiempo para servirlo. A nosotros nos toca ser generosos para corresponder.

Parte de esa generosidad será conseguir más trabajadores para la viña del Señor, haciéndoles ver que valdrá la pena, porque al final de la jornada recibiremos el denario de la vida eterna, la recompensa por nuestro trabajo, que será gozar de Dios para siempre.

Madre nuestra, Reina del Cielo: ayúdanos a ilusionarnos con el premio que el Señor nos tiene reservado, confiando en su misericordia.

Hijo mío: ven conmigo. Vamos a contemplar el Paraíso prometido.

Eleva tu espíritu al Cielo con todo tu corazón. Pon tus pensamientos y tus deseos en Dios.

Siente la paz de tu corazón al contemplar su hermosura, mirándolo cara a cara. Nada más necesitas, nada más puedes desear.

Tu alma está plena. Te sientes amado, valorado, deseado, alabado, glorificado. Has llegado a casa. Todo lo que ves es tuyo. Tienes lo que siempre has anhelado. Te sientes feliz.

No hay un cuerpo que limite tus movimientos. No hay dolor ni enfermedad. Tu cuerpo es perfecto. Te permite ir a donde quieras. Sientes que puedes volar y admirar los paisajes nunca imaginables, acompañado de los ángeles, que te llevan a la ciudad eterna de cúpulas de oro, en donde encuentras el maravilloso placer de ser parte de Dios y tener su poder para hacer brillar el sol, para hacer bailar las estrellas, para hacer brotar las más hermosas flores de la tierra.

¡Qué descanso! ¡Cuánta paz! ¡Cuánta alegría!

No necesitas nada más, lo tienes todo, y nadie te lo quitará. Puedes hacer lo que quieras. Estás en el Paraíso, contemplando y admirando lo más bello que jamás has visto: el rostro de Dios, que te sumerge en el mar infinito de su misericordioso amor.

Siente la seguridad de estar con Él. Ya no tienes enemigos. Nadie puede hacerte daño. Eres un hombre poderoso, rico. Has acumulado tesoros en el Cielo y puedes disfrutar, porque aquí, en Dios, se cumple todo deseo.

Ahora, hijo mío, vuelve a tu lugar. Mira dónde estás. Siente tu cuerpo, su peso, la incomodidad, los límites del espacio, tu impotencia, tu debilidad, tu angustia, tu preocupación, el sufrimiento de aquellos que amas, y su desamor.

Mírate a ti mismo y el horror de tus pecados. Y pregúntate si eres digno de ver cara a cara a Dios. Él es tu Padre. Te ha dado como heredad su Paraíso. Pero debes querer y corresponder a los dones que te ha dado Él.

Debes trabajar y ganarte esa dignidad. Entregarle a Dios tu vida y ser suyo, y de nadie más. Todo lo que tú hagas por tus hermanos el Señor te lo recompensará. Él te ha prometido el Paraíso, ¿y tú, qué le darás?

Él desea que le entregues tu corazón. Que lo reconozcas como tu Dios único y verdadero. Que correspondas a su amor haciéndote último, sirviendo a tus hermanos trabajando en su mies, mostrándoles el camino al Cielo.

Entonces, Él te hará el primero. Te dará el Paraíso, que no mereces, pero que Él, por ti, ha merecido. Tanto te ama, que ha enviado a su único Hijo para morir por ti, para rescatarte de las garras del enemigo destruyendo tu pecado, dándote la oportunidad de ser santo.

Tú debes desear esa santidad para los demás. El Señor desea que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Esa es su voluntad. Es así como lo glorifica la humanidad. Glorifícalo tú con tu vida y ayuda a otros a santificar su vida. Alégrate si a ti te llamó y te eligió para ser cristiano y llevar su Palabra a todos los lugares a donde Él te envía, buscando a los pecadores para que se conviertan, trabajando en la extensión de su Reino en la tierra.

¡Alégrate! porque el Señor es bueno, y a esos pecadores irremediables, que no has podido convertir, aquellos a quienes no sabes cómo llegar, aunque hayan cometido los pecados más terribles y las más graves ofensas contra Dios, si tú oras por ellos con todo tu corazón, aunque hayan vivido una larga vida de libertinaje, de placeres, lejos de Dios, aunque caminen perdidos en medio del mundo de pecado, aunque no lo hayan conocido, un día, al final de su vida, los llamará el Señor, y les dará la gracia del arrepentimiento, y les dará la posibilidad de pedir perdón y conocerlo, de que le entreguen su vida y sean todos de Él, y les dará su heredad.

Igual que a ti, los recompensará por haber dicho “sí”, y tú gozarás del Paraíso que el Señor te ha prometido. Se hará justicia. El Señor será glorificado, y tú tendrás la satisfacción de haber colaborado.

¡Anímate, hijo mío!

¡Levántate, ponte en camino! Hay mucho qué hacer.

El Señor te ha llamado, te ha elegido, eres suyo. Lo que quiera Él hará contigo, y será maravilloso, porque Él es bueno, y tú puedes ser feliz ya desde ahora si permites a tu corazón tener sus mismos sentimientos.

Vive contemplando el Paraíso. Es una promesa de Dios que se cumplirá.

Entrégale tu corazón. No te arrepentirás.

Y si tú trabajas de sol a sol, y otros trabajan solo al atardecer, alégrate más, porque tú has disfrutado de su presencia y lo has glorificado desde el amanecer.

Tú lo has amado y lo has glorificado, porque Él te ha amado primero.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 130)