DECIR COSAS BUENAS
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Para reflexionar en el silencio interior
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón; y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón» (Lc 6, 45).
Madre nuestra: todos sabemos lo grave que puede resultar que una persona diga cosas malas, porque no se puede saber hasta dónde pueden llegar sus palabras, de modo que, si luego se arrepiente de haberlas dicho, será prácticamente imposible eliminarlas. Como se dice: “a las palabras se las lleva el viento”.
Las palabras malas son sobre todo una falta de caridad. También resultan ser, muchas veces, faltas a la verdad. Son mentiras, y eso es algo que caracteriza especialmente a la acción diabólica: el engaño, la mentira, la falsedad, crear división. El diablo es el padre de la mentira.
Desgraciadamente es una tentación muy común, que, aunque puede derivar de la ignorancia, muchas veces es consecuencia de una mala intención. Por algo dice la Carta de Santiago que la lengua “es un mal siempre inquieto y está lleno de veneno mortífero” (St 3, 8). Las personas que dicen cosas malas frecuentemente quieren hacer daño, sacar ventaja a su favor, destruir a las personas para su provecho.
“No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos”, dice Jesús. De modo que debemos llenarnos de Dios para ser árboles buenos, y así podamos decir cosas buenas, que serán fruto bueno, que procede de un corazón lleno del amor de Dios.
Virgen Santa: tú diste a luz al Verbo hecho carne, la Palabra de Dios se hizo hombre en tu seno purísimo. Enséñanos a solo decir palabras justas, sabias y verdaderas.
Hijo mío:
¡Cuánto daño hace una palabra malintencionada! Las murmuraciones, los chismes, las habladurías, las críticas, las difamaciones, los falsos juicios, las palabras ignorantes provocadas por el egoísmo.
La lengua tiene dos filos: uno para edificar y otro para destruir.
¡Qué ciego está el que habla mal de su hermano, el que expone ante los demás sus errores, y no puede ver que, al maldecir a otro, se destruye a sí mismo!
Aquellos que se dicen maestros, guías, formadores, padres o tutores, y guían a otros, deben primero llenarse de sabiduría, deben abrir sus ojos a la luz, deben evitar todo tipo de murmuraciones, de acusaciones, de críticas que destruyen.
Deben ver primero hacia dentro, alimentar su espíritu, llenar de sabiduría y amor su corazón, porque lo que aprendan ellos dejará expuesto al mundo qué clase de árbol son.
Un alumno, un discípulo, un hijo, es un fruto de aquel que lo guía, que lo forma, que lo enseña. Revisa tus frutos y date cuenta qué tan buenos son.
Y si no tuvieras a nadie que de ti aprendiera, revisa tu corazón, escúchate a ti mismo: qué es lo que dices, cómo lo dices, a quién se lo dices, cuál es tu intención, porque la boca habla de lo que está lleno el corazón. Y antes de hablar mal de otro, corrígete a ti mismo. Hazte ese favor.
Tú eres de Cristo, hijo mío, y de Él solo puede salir el bien. Tú eres un fruto bueno del Señor. No lo eches a perder. Cierra tu boca. Protégete a ti mismo. Desecha todo lo malo que has guardado en tu corazón. Acude al confesionario y déjate transformar en instrumento de amor.
Ven conmigo a orar. Aprende de tu Señor, que es manso y humilde de corazón, y desecha todo sentimiento de envidia, de egoísmo, de rencor.
Llénate de su amor, para que tu lengua edifique diciendo cosas buenas; enseñe, alimente, y hable, no de lo que piensas –porque tu mente aún no se perfecciona, y una, y otra vez te traiciona–, sino de tu testimonio, de lo misericordioso que ha sido contigo el Señor, de la alegría que hay en tu corazón, de lo maravilloso que es el silencio, que hace tanto bien para escuchar, para aprender, para callar lo que no hay que decir, para meditar, para reflexionar y enriquecerse con la luz del Espíritu Santo.
Entonces podrás hablar con libertad, porque de tu boca brotarán alabanzas a Dios, palabras de sabiduría, para gritar al mundo: ¡VIVA CRISTO EL SEÑOR!, el Hijo único de Dios, que vino a traernos la salvación.
Esas son palabras justas, sabias y verdaderas.
Esa es la lengua santa con la que se edifica el Reino de Dios.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 125)
