INVITADOS AL BANQUETE
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Reflexión desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’» (Mt 22, 11-12)
Madre nuestra: la parábola de los invitados al banquete de bodas nos pone en consideración dos banquetes: el de la Sagrada Eucaristía, en esta vida, y el de la Mesa Celestial, en la vida eterna. Para los dos hay que llegar vestidos convenientemente, con el traje de fiesta.
Todos reconocemos que es un detalle con el anfitrión y con los demás invitados acudir a un banquete vestidos adecuadamente. Lo exige la caridad. Y no puede ser menos cuando el anfitrión es Dios mismo, quien, junto con la invitación al banquete, nos da los medios para contar con un adecuado traje de fiesta. Para esos dos banquetes lo apropiado es el estado de gracia, el alma limpia de pecado, lo que nos hace gratos a los ojos de Dios.
Es fuerte el lenguaje que utiliza Jesús para expulsar del banquete a quien no iba vestido con el traje de fiesta, arrojándolo a las tinieblas exteriores. Así de claro es también San Pablo cuando dice que si alguien acude indignamente a comer y beber el Cuerpo y la Sangre del Señor, “come y bebe su propia condenación”.
Ser invitados al banquete eucarístico y al banquete celestial es un honor muy grande, de modo que no basta portar siempre el traje adecuado, sino que debemos esmerarnos en que nuestra presentación de cuerpo y alma sea impecable. Nada de lo que hagamos será suficiente para agradecer tan grande honor.
Dinos, Madre, cómo podemos ser unos dignos invitados de la mesa del Señor.
Hijo mío: tú eres mi invitado de honor.
Ven conmigo a orar y contemplar en el monte alto de la oración, para edificar tu espíritu.
Tú eres un elegido de Dios, y debes por eso estar agradecido y corresponder a su elección, porque te llamó cuando eras tan solo un pobre pecador, indigno de tan grande honor. Y te eligió para darte la dignidad que Él en la cruz para ti consiguió, y para enseñarte a alcanzar la salvación, porque para eso te llamó, y muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.
El Señor te eligió de entre muchos para invitarte a sentarte con Él a la mesa y saciarte con su banquete. Y tú debes corresponder acudiendo a Él con el corazón contrito y humillado, para confesar tus pecados y puedas así portar dignamente el vestido de fiesta para participar de su banquete.
Pero no todos los elegidos son dignos, aunque asistan a la fiesta y sean contados entre los miembros de la Iglesia.
La fiesta es la Santa Misa y el banquete es el Cuerpo y la Sangre del Cordero presente en la Eucaristía.
La Iglesia abre sus puertas de par en par para acoger a todos los peregrinos que quieran entrar. Pero sentarse a la mesa del Señor está reservado para los que sean dignos de recibir el Santo Sacramento que les da vida eterna.
Quien lo recibe indignamente, en pecado grave, no lo aprovecha su alma, sino que es su propia condena; porque recibir la santa Eucaristía es cosa seria, es participar de la cruz del Señor y de su resurrección.
Se le debe honrar, respetar, adorar, recibir dignamente, creyendo fervientemente que Él se da para transformar en Él a su elegido, quien, con verdadera fe en la Comunión, sacramentalmente lo ha recibido.
Agradece, hijo mío, a tu Señor, que te ha dado la fe, que te ha invitado a su banquete y te ha dado los medios para acudir a recibirlo; que te hace uno con Él y te transforma en Él en cada Eucaristía que recibes con fe, con amor, con recta intención en tu corazón, de que sea de provecho para tu alma y te dé la gracia para corresponder a su amor con tu vida, donándote tú también, como Él, en obras de caridad al prójimo, en obediencia y fidelidad a la Santa Iglesia y a los mandamientos de su ley.
VÍSTETE DE FIESTA todos los días. Permanece en estado de gracia, y acude al banquete como invitado de honor. Recibe la Eucaristía y repara con actos de amor el Sagrado Corazón de Jesús sacramentado.
Esta invitación es primicia de la elección de predilección que el Señor ha hecho contigo, para que participes como ciudadano del Reino de los Cielos en la gloria de su Padre en la vida eterna.
Acepta, hijo mío, la invitación.
Y ve a buscar a los que encuentres en el camino, y preséntalos ante el Señor. Se alegrará de que extiendas a otros su invitación.
Traer invitados al banquete y vestirlos de fiesta es tu misión. La misión de los elegidos de Dios.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 232)
