EL FIN DE LA EVANGELIZACIÓN
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Reflexión desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”» (Mt 16, 15-16).
Madre nuestra: la historia de la humanidad se divide entre antes de Cristo y después de Cristo. Y no puede ser de otra manera, aunque algunos no quieran reconocer a tu Hijo Jesús como el Redentor del mundo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Es verdad que para aceptar a Cristo se necesita la fe, de modo que resulta muy importante darlo a conocer; y para eso, como dice el Papa Francisco: «el conocimiento de la fe está ligado a la alianza de un Dios fiel, que establece una relación de amor con el hombre y le dirige la Palabra, es presentado por la Biblia como escucha» (Enc. Lumen fidei, n. 29). De ahí que San Pablo diga que «la fe nace del mensaje que se escucha» (Rm 10, 17).
Para Jesús era muy importante que sus discípulos tuvieran una idea muy clara de quién es Él, porque su misión iba a ser ir por todo el mundo a predicar el Evangelio, es decir, a enseñar a todos los hombres quién es Jesús y cuál es su mensaje. Y a Pedro le da las llaves del Reino de los Cielos, dándole la responsabilidad de custodiar fielmente el tesoro de su Palabra.
Madre nuestra: tú conoces mejor que nadie a tu Hijo Jesús. Ayúdanos a darnos cuenta de la importancia de que nosotros también nos esmeremos en conocerlo bien y en llevar a la práctica nuestro deber de cumplir el mandato misionero que recibimos en el Bautismo, de darlo a conocer a todo el mundo, para que también crean en Él y lo amen.
Hijo mío: el fin de la evangelización es dar a conocer al mundo a Jesucristo.
Pero no solo que lo conozcan, sino que lo amen, y que crean en Él y en que Él es el Hijo único de Dios, el Mesías, que vino al mundo para la salvación de los hombres.
El Redentor, Divino libertador, el Cordero de Dios, el Maestro, el Rey de reyes y Señor de señores, el Dueño de las llaves del Reino de los Cielos, el único camino para llegar al Padre, la Verdad y la Vida, la felicidad eterna.
El hermano, el amigo de todos los hijos de Dios, por quien todo fue creado y con su sangre bendita renovado.
El que se hizo pecado sin haber cometido nunca pecado, haciéndose víctima de expiación por los pecados de toda la humanidad, para alcanzarles el perdón de Dios y la oportunidad de vivir en la eternidad del Paraíso.
El que dio la vida por todos los hombres, y por cada uno, por amor.
El todopoderoso, compasivo y misericordioso, por quien vale la pena dejarlo todo, para seguirlo.
Él es la felicidad plena.
En Él ha puesto el Padre sus complacencias.
Él es modelo de toda virtud.
Quien cree en Él debe también creer en su Palabra, en la Santa Iglesia que Él fundó, en el Santo Padre, la roca sobre quien la Iglesia construyó.
Deben creer en el Magisterio y la Tradición, en los sacramentos, en la ley de Dios y sus mandamientos.
Para eso, hijo mío, es la evangelización.
Poner en práctica la fe es hacer por amor de Dios todo eso en lo que se cree. Ten esto siempre presente.
Dirige hacia este fin todos tus trabajos, tus oraciones y tu atención.
Si ayudas a que el mundo crea en el Hijo de Dios, tu vida habrá valido la pena.
¡Muéstrate Madre, María!
En el Monte Alto de la Oración, n. 121)
