SABIDURÍA Y OBEDIENCIA
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Reflexión desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Vino Juan, que ni comía ni bebía, y dijeron: ‘Tiene un demonio’. Viene el Hijo del hombre, y dicen: ‘Ése es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y gente de mal vivir’. Pero la sabiduría de Dios se justifica a sí misma por sus obras» (Mt 11, 18-19).
Madre nuestra: qué pena da una persona cuando se ve claramente que no quiere creer cuando no le conviene. ¿Cómo es posible que alguien pueda tener tranquila su conciencia si su voluntad de creer a Dios depende solamente de si el querer divino está acorde con sus intereses personales?
¿Qué no quiere reconocer que Dios es la Sabiduría increada, y que sus designios son infalibles? ¿No se da cuenta de que, si Dios permite alguna contrariedad, alguna desgracia, alguna enfermedad, lo hace buscando un bien mayor? ¿Acaso pretende entender el querer de Dios? ¿Acaso está dispuesto a hacer la voluntad de Dios, a obedecer, solo cuando le conviene a sus egoístas intereses?
El mensaje evangélico nunca se hubiera predicado por todo el mundo si no hubiera algunos hombres y mujeres dispuestos a tomar su cruz de cada día, renunciando a todo para seguir a Jesús; dispuestos también a no llevar nada para el camino: ni bastón, ni morral, ni comida, ni dinero, ni dos túnicas… Dios pide locuras a quienes están dispuestos a obedecer siempre, dóciles a las luces que el Espíritu Santo les concede con el don de sabiduría: ellos saben que lo que quiere Dios es lo mejor para su alma.
¿Cómo puede alguien “enojarse con Dios” cuando no le salen sus planes? No hay coherencia en su razonamiento. ¿Cree que Dios es la causa de que no salieron sus planes? Entonces que se acerque más a Dios, que acepte su voluntad, y que rece más, para que también sea causa de que sí salgan bien sus próximos planes. Pero ¿alejarse?...
Virgen de Guadalupe: tú le pediste a san Juan Diego que fuera a cortar unas rosas en pleno invierno a la cumbre de un cerro, y que atendiera tu mandato de llevarlas al obispo, porque eso era más importante en ese momento que buscar a un sacerdote para atender a su tío moribundo. Él obedeció, estaba dispuesto a hacer una locura, confió en que tú te encargarías de curar a su tío, se presentó al obispo, y gracias a esa obediencia, fruto del don de sabiduría, contamos con tu imagen bendita, para que nosotros ahora, al contemplarte, aprendamos de tu hijo el más pequeño, y también de ti, esclava del Señor, a obedecer siempre a todo lo que Dios nos pida, sabiendo que es lo mejor. Enséñanos.
Hijo mío: vamos a reflexionar en la sabiduría de Dios.
Tú crees en Dios.
Tú crees que es Todopoderoso.
Tú crees que Él es la Sabiduría infinita.
Tú crees que todo lo sabe, y está al mismo tiempo en todas partes.
Tú crees que Él es tu Padre, y que te ama.
Tú crees en su bondad y en su amor por la humanidad, tan grande que a su Hijo único envió para salvar a cada uno de los que Él mismo creó.
Si crees todas estas cosas, entonces, hijo mío, ¿por qué no lo obedeces?
¿Por qué no haces su divina voluntad?
¿Por qué piensas que lo que Dios te pide es mucho, e ignoras sus palabras?
¿Por qué no confías en Él?
¿Por qué, cuando las cosas no son de acuerdo a tu querer y a tu modo de pensar, te enojas, le reclamas, lo cuestionas?
¿Por qué, cuando le pides una cosa, y Él te da otra, la rechazas, te entristeces, la desprecias?
¿Qué acaso no te das cuenta de que Él sabe más, y que lo mejor, para ti, siempre te dará?
¿Qué acaso no crees que Él te mira, en medio del mundo, desde su eterna sabiduría?
Él sabe lo que te conviene.
Él sabe lo que pasará.
Él desea que permanezcas en el camino de la verdad, y te guía, y te da, no de acuerdo a lo que mereces, sino mucho más.
Confía, hijo mío, en la Sabiduría de Dios, que es congruente con su amor por ti y por la humanidad.
Es un Padre que cuida a su hijo, lo protege hasta de sí mismo. Jamás le haría algún mal. Él es el Bien, y no puede contradecirse a sí mismo.
Tú crees en mí.
Tienes devoción a mi Inmaculado Corazón Guadalupano.
Alabas a la Santísima Virgen de Guadalupe, Madre del verdaderísimo Dios, por quien se vive.
Te acoges a la protección de mi manto maternal.
Imagina qué hubiera pasado si mi pequeño Juan Diego hubiera mis palabras despreciado. Si no hubiera sido obediente, y no hubiera al obispo mis rosas presentado.
No me habrías conocido, hijo mío, en esta advocación, a través de la que me muestro Madre con todo el pueblo de Dios, y les doy mi protección.
La sabiduría de un hombre se manifiesta en su obediencia a Dios.
Tú crees que el Señor Jesús el agua en vino convirtió. “Hagan lo que Él les dice”, les dije yo. Por tanto, el primer milagro del Señor, de manera pública, fue fruto de la sabiduría de los hombres. Sabiduría que el Espíritu Santo sobre ellos derramó. Y de la virtud de la obediencia, que esa sabiduría provocó.
Si tú quieres, hijo mío, ver los milagros de Dios en tu vida, pide al Espíritu Santo el don de la sabiduría. Entrégale a Jesús tu vida, y haz lo que Él te diga.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 156)
