VIA CRUCIS ACOMPAÑANDO A LA MADRE
Pbro. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
AGRADECIMIENTO
A Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos, arzobispo de Toluca, por el apoyo que presta para la formación y vida espiritual de los sacerdotes, quien me animó para la publicación de este escrito.
A las Madres Espirituales para sacerdotes y a los Custodios de La Compañía de María, Madre de los sacerdotes, quienes acompañan a Jesús en cada sacerdote, como lo hicieron la Santísima Virgen, las santas mujeres y los discípulos del Señor, quienes con valentía ofrecieron su vida por el Maestro.
A mi madre Hortensia, quien me acompañó con sus cuidados maternales y sus oraciones, sosteniendo mi sacerdocio con su corazón de madre, y ofreciendo sus sufrimientos al final de su vida, muy unida a la Cruz de Cristo.
Y especialmente a María Beatriz Arce de Blanco, madre de familia y Madre Espiritual, fundadora conmigo de La Compañía de María, Madre de los Sacerdotes, sin cuya colaboración no hubiera sido posible la publicación de este escrito.
PRÓLOGO
El santo Evangelio nos habla poco de la Santísima Virgen María. Aparece su nombre en las primeras páginas, contando sobre la infancia de Jesús. Luego alguna alusión durante su vida pública, como en las bodas de Caná. Y, al final, queda constancia de su firme presencia al pie de la Cruz de Jesús, junto al discípulo amado.
De cualquier manera, el sentir cristiano lleva a pensar que nunca se separó de su Hijo, ya sea porque lo acompañaba junto con las santas mujeres, o porque lo seguía desde su corazón de madre, como ninguna otra podría hacerlo. Sabía muy bien dónde andaba Jesús, cuáles eran sus palabras, y cuáles sus alegrías y sus sufrimientos. Y ella guardaba todas esas cosas en su corazón.
Seguramente nuestra Madre habrá deseado no aparecer mucho en el santo Evangelio, porque el centro de todo debe ser Jesús. Pero su presencia junto a su Hijo y sus discípulos en aquellos tres años de vida pública fue algo importante para consolidar la tarea apostólica, por la firmeza de su fe, de su esperanza y de su amor.
Especial importancia tuvo su presencia camino del Calvario y al pie de la Cruz. Ella sabía desde el principio que una espada de siete filos atravesaría su alma, y estuvo dispuesta a sufrir ese dolor como corredentora con Jesús. Sólo san Juan y las santas mujeres la acompañaron y compadecieron.
Vamos nosotros a acompañar a nuestra Madre en ese camino de dolor, imaginando los sentimientos que brotaban de su corazón, y que sólo Dios conocía, para contemplar la Pasión de Jesús, desagraviando, reparando, amando, como seguramente lo hizo Ella.
Animo a todos los que recen este Via Crucis a ofrecerlo por la conversión y santificación de todos los sacerdotes, configurados con Cristo, como un acto de reparación al Sagrado Corazón de Jesús, y para que nos ayuden a llevar nuestra cruz de cada día, siguiendo al Señor, sirviéndolo con nuestro ministerio, ofreciendo nuestra vida por la salvación de todas las almas.
Pbro. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mateo 16, 24).
Madre mía: esas palabras de Jesús tú las entendiste en su verdadero significado. Sabías que llegaría ese momento. Fue muy duro para ti despedirte de tu Hijo cuando llegó su hora. Te despediste, pero lo seguiste muy de cerca, acompañándolo en su sufrimiento, dándole el alivio de tu presencia.
Yo te pido, Virgen Dolorosa, que me ayudes a recorrer ese camino de dolor, para aprender de Jesús a tomar la cruz, y que, meditando contigo sus sufrimientos, desde tu corazón de Madre, pueda seguirlo de cerca, entregándole entero mi corazón, para así reparar el suyo.
Hijo mío, hija mía:
El Via Crucis es la vía de la cruz, el camino de dolor que recorrió Jesús, para hacerse obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Es caminar con Él, dando los pasos que dio Él, siguiendo sus huellas, las que dejaron sus benditos pies, caminando como Cordero conducido al matadero, entregado totalmente en las manos de los hombres, cargando con sus culpas, para pagar con su sangre el precio de sus pecados.
Acompáñame, y comparte el dolor de mi Inmaculado Corazón, ofreciendo todo por mis hijos sacerdotes y su conversión. Es así, como reparas su Sagrado Corazón.
I ESTACIÓN
JESÚS ES CONDENADO A MUERTE
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
Pilato salió otra vez fuera y les dijo: Miren, se los voy a sacar para que sepan que no encuentro en Él culpa alguna. Entonces Jesús salió fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: Aquí tienen al hombre. Cuando lo vieron los príncipes de los sacerdotes y los servidores, gritaron: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Pilato les respondió: Tómenlo ustedes y crucifíquenlo porque yo no encuentro culpa en Él (Juan 19, 4-6)
Aquí verás la calumnia, el rechazo, la indiferencia, el odio, la impiedad, la persecución, el egoísmo, la ingratitud, la incredulidad, el desamor, de los que rechazan el bien y eligen el mal. Mira como dicen: “Éste es el hombre”, y no se dan cuenta que éste es el Dios de sus padres hecho hombre, y es a Él a quien juzgan con injusticia, porque no ha hecho ningún mal. Él es el bien. ¡Qué incongruencia!, hacer caminar al que es el Camino y al que es el Bien, como si fuera un malhechor, calumniar con mentiras a quien es la Verdad, sentenciar a muerte a quien es la Vida.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
II ESTACIÓN
JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
Después de reírse de Él, le despojaron de la púrpura y le colocaron sus vestiduras. Entonces lo sacaron para crucificarlo (Marcos 15, 20)
Y no satisfechos con el castigo, no es suficiente ya la condena, sino que lo hacen cargar sobre sus benditos hombros el peso de su instrumento de muerte. ¡Qué incongruencia!, un madero, el material que el Hijo de Dios hecho hombre ha utilizado para trabajar con sus benditas manos y ganar el pan, el sustento, su alimento, con el sudor de su frente, siendo Él alimento, pan vivo bajado del cielo, sustento eterno. Y Él mismo abraza y carga la cruz, para derramar, no sólo el sudor de su frente, sino su sangre completamente, hasta la última gota, para hacerse bebida de salvación.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
III ESTACIÓN
JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, cada uno seguía su propio camino, mientras el Señor cargaba sobre Él la culpa de todos nosotros. Fue maltratado, y Él se dejó humillar, y no abrió su boca; como cordero, llevado al matadero, y, como oveja muda ante sus esquiladores, no abrió su boca (Isaías 53, 6-7)
Y en esa cruz carga todos los pecados del mundo. ¡Son tantos, y tan pesados!, que cae por primera vez sobre sus benditas rodillas, apoyado sobre sus benditas manos, para mantenerse firme, y levantarse, y seguir caminando, sintiendo sobre Él las miradas y la burla, los insultos y el desprecio de los causantes de su dolor, porque no sólo lleva los golpes en sus rodillas, sino el sufrimiento del desprecio de su amado en su corazón enamorado: el pueblo elegido de Dios, que lo quiere ver crucificado.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
IV ESTACIÓN
JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
Simeón los bendijo y le dijo a María, su Madre: Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción. Y a tu misma alma la traspasará una espada, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones (Lucas 34, 35)
Y así lo encuentro yo: su mirada clavada en la mía, y mi corazón atravesado por una espada de dolor. ¿Dónde está su hermoso rostro? Todo está cubierto de su preciosa sangre y sus ojos están llenos de dolor. ¿Dónde está la compasión de los hombres, que no pueden ver el sufrimiento de una madre por su hijo inocente, y que ella quiere acompañarlo hasta la muerte? No lo dejan detenerse. Tan sólo un instante he podido mirarlo, pero no he podido abrazarlo. Tan sólo he podido decirle: “aquí estoy, hijo mío, para sostenerte”. Mientras Él seguía caminando en medio de los que se alegraban por su muerte.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
V ESTACIÓN
EL CIRINEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
Y a uno que pasaba por ahí, que venía del campo, a Simón Cireneo, el padre de Alejandro y de Rufo, le forzaron a que le llevara la cruz. Y le condujeron al lugar del Gólgota, que significa lugar de la Calavera (Marcos 15, 21-22)
Mira: mis súplicas han sido escuchadas. ¡Por fin alguien lo ayuda! No por compasión, no por amor, sino por obediencia. No importa la razón, él es el primero que conseguirá la conversión de su corazón por haber cargado la misma cruz que su Señor. Dichosos los misericordiosos, porque recibirán misericordia. Pero, qué será de los otros que no se han compadecido, viendo que mi Hijo estaba tan cansado, soportando solo el peso de los pecados, y prefirieron poner a otro bajo el mismo yugo, que quitarle tal peso y tal castigo, mientras Él decía: “vengan a mí los que están cansados, que yo los aliviaré, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.
Sólo yo lo escuchaba, no había nadie ahí que lo entendiera. Y Él seguía caminando, derramando sudor y sangre en medio de la gente que le abría paso para que Él llegara al Gólgota, lugar de muerte.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
VI ESTACIÓN
LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
No hay en Él parecer, no hay hermosura que atraiga nuestra mirada, ni belleza que nos agrade en Él. Despreciado y rechazado de los hombres, varón de dolores y experimentado en el sufrimiento; como de quien se oculta el rostro, despreciado, ni le tuvimos en cuenta (Isaías 53, 2-3)
Y entre la multitud sale a su paso una mujer valiente, clemente, piadosa, fuerte, que enjuga su rostro. Y, lleno de compasión, le permite secar su sudor, quedando marcado un rostro de sangre, desfigurado por los golpes, y en su frente las espinas clavadas de la corona de burla, que llevaba sobre su bendita cabeza. Un momento de encuentro que expresa la caridad de un alma que lo motiva para seguir luchando, para seguir caminando, con la esperanza de que no todos se han ido, y le confirma que todavía queda fe sobre la tierra, y que salvar a la humanidad, vale la pena, mientras deja grabado su rostro de dolor entre sus manos, como un acto generoso de amor, que le recuerde que Dios no se deja ganar en generosidad.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
VII ESTACIÓN
JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
Pero Él fue traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados. El castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre Él, y por sus llagas hemos sido curados (Isaías 53, 5).
Y sigue caminando con dificultad en medio del cansancio, del peso y del dolor, y cae por segunda vez, ante la mirada indiferente de la gente, que lo abuchea, que se burla, que le grita para que se levante, para que tome su cruz y siga, sin importarles el dolor de las heridas abiertas de sus benditas rodillas, que dejan al descubierto su carne, sus huesos, derramando su sangre. Y se levanta, y sigue caminando bajo el tormento del peso de los pecados de los que viven indiferentes al dolor y al sufrimiento de Dios, como si Dios no existiera.
Perdona, Señor, sus pecados.
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
VIII ESTACIÓN
JESÚS ENCUENTRA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
Lo seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres, que lloraban y se lamentaban por Él. Jesús, volviéndose a ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloren por mí, lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos (Lucas 23, 27-28)
Y Él camina con gran esfuerzo. Y yo camino junto a Él, buscando que me vea, que sienta mi presencia. Yo todo lo que quiero es estar con Él, y ayudarlo a cumplir su misión, por más difícil que ésta sea, porque yo sé que esa es la voluntad de Dios.
Entonces se detiene. Y yo veo lo que Él ve, y siento lo que siente Él. Ve lágrimas de mujer, y siente compasión. Lloran por Él, sufren por su dolor, y es Él quien las consuela y les dice: “no lloren por mí, hijas de Jerusalén, lloren por ustedes y por sus hijos”. No es Dios el que necesita la compasión de los hombres, son los hombres los que necesitan la pasión y la muerte del Hijo de Dios, para que, por Él, con Él y en Él, encuentren la vida. Pero nadie lo entendía. Y siguió caminando en medio de la compasión de algunos, y los insultos y desprecios de muchos.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
IX ESTACIÓN
JESÚS CAE POR TERCERA VEZ
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
Él, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2, 6-8)
Y cae otra vez. Es la tercera. Y me duelen las heridas de sus benditas manos y de sus benditas rodillas, y la herida de su hombro, que sangra lastimado por el peso del madero, que contiene el peso del pecado original y el dolor de las heridas que ese pecado ha ocasionado en la humanidad, y que mantiene a los hombres esclavizados a un mundo de mentira y de muerte, en donde el Hijo de Dios no tiene cabida. Lo han desterrado, lo han despreciado y lo han condenado a muerte.
Bajo el madero está Dios bajo la apariencia de un simple hombre derrotado que desfallece agotado, no sólo por el cansancio físico y el esfuerzo extremo de su cuerpo, sino por el cansancio que provoca el sufrimiento de un corazón destrozado de dolor por el desprecio de los que Él tanto ha amado.
Y se levanta por tercera vez, en silencio, demostrándole al mundo quién verdaderamente es: el Hijo de Dios, que Él ha enviado para que todo el que crea en Él, sea salvado. Pero no había ahí nadie que lo escuchara y lo entendiera, y que creyera en Él, porque ese cuerpo maltratado no parecía tener ningún poder. Y siguió caminando en medio de la gente, amando, entregando su vida para recuperarlos.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
X ESTACIÓN
JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
Y le crucificaron y se repartieron sus ropas echando suertes sobre ellas para ver qué se llevaba cada uno (Marcos 15, 24)
Y no conformes con verlo llegar extenuado, desangrado, ya sin fuerzas, despojado de sí mismo, lo despojaron también de sus vestidos, exponiéndolo a la vergüenza de mostrar su cuerpo completamente herido, golpeado, flagelado, maltratado, desnudo pero vestido de sangre.
Y así, sin compasión, fue despojado de todo. Pero nadie pudo quitarle a su Madre, que sufría con Él y que entregaba con Él todo lo que tenía: entregando su Cuerpo y su Sangre para redimir a los hombres del mundo, desnudándolos del pecado para vestirlos de fiesta.
Y Él estaba ahí, dándolo todo, sin poner resistencia, sabiendo que había llegado su hora.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
XI ESTACIÓN
JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
Uno de los malhechores crucificados le injuriaba diciendo: ¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro le reprendía: ¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios? Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Y le respondió: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lucas 23, 39-43)
Y ahora lo echan al suelo, como un deshecho, encima de un madero estiran sus brazos.
Mira, no tienen piedad, lo estiran, lo jalan, lo maltratan, y Él permite que hagan con Él lo que quieran, se pone en sus manos y se entrega.
Un enorme clavo de fierro está perforando su mano. Mira sus benditas manos, las que me acariciaron, las que tuve entre las mías, las que trabajaron entre clavos y madera, un oficio cualquiera, una vida ordinaria, pero contemplativa en medio del mundo, una vida con visión sobrenatural, que lo hizo entregarse por amor y por obediencia a Dios para salvar al mundo, que no lo recibió, que prefirió las tinieblas a la luz, y que clavó sus manos y sus pies para apagar la luz que iluminaba al mundo, porque dejaba al descubierto las intenciones de muchos corazones, e incomodaba a los que vivían resignados, a los que tenían poder y riquezas, y se sentían amenazados por el verdadero Rey, que profesaba que su Reino no es de este mundo, por lo que fue crucificado asumiendo todo el pecado del mundo, estableciendo su reinado crucificado entre fierro y madera.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
XII ESTACIÓN
JESÚS MUERE EN LA CRUZ
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba ahí, le dijo a su Madre: Mujer, aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: Aquí tienes a tu Madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, como Jesús sabía que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había por ahí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre, dijo: Todo está consumado. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Juan 19, 25-30)
Exaltada está la cruz. El Hijo de Dios pendiendo está de ella.
Nadie le quita la vida, Él mismo la entrega. Pero no está solo, no todos se han ido.
Está la Madre y está el amigo, el discípulo más amado, el sacerdote que extiende las manos al cielo para que la Madre entregue su ofrenda al Padre, adquiriendo la maternidad de Dios para todos sus hijos, para reunirlos y llevarlos a Dios a través del Hijo, que entrega su vida para salvarlos mientras Él mismo pide perdón, porque ellos no saben lo que hacen.
Señor, tu Hijo ha muerto. Ha cumplido su misión.
Aquí está la Madre y aquí están los hijos que colaboran en esta redención.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
XIII ESTACIÓN
JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ Y ENTREGADO A SU MADRE
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque a escondidas por temor a los judíos, le rogó a Pilato que lo dejara retirar el cuerpo de Jesús. Y Pilato se lo permitió. Así que fue y retiró su cuerpo. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, con los aromas, como es costumbre dar sepultura entre los judíos (Juan 19, 38.40)
Y es bajado de la cruz el cuerpo del Hijo de Dios, sin vida, entregado a la muerte y a los brazos de una Madre, que muere de dolor, al ver el cuerpo del fruto bendito de su vientre, destrozado, inerte, con la mirada ausente y el rostro desfigurado, y todo vestido de pecado, vacío, porque ha derramado su sangre hasta la última gota, y pueden contarse todos sus huesos. Y no hay aquí nadie que entienda mi dolor: no sólo está muerto mi Hijo entre mis brazos, sino que entre mis brazos yace muerto el único Hijo de Dios, porque tanto amó al mundo, que le dio a su único Hijo para que todo el que crea en Él, tenga vida eterna.
El mundo lo ha despreciado y lo ha matado porque no ha creído en Él, y sufro el dolor de Madre y el dolor que mis hijos le han causado a Dios. Un Dios amoroso y deseoso de recuperar a los que tanto amó, que se entregó a sí mismo en un único y eterno sacrificio, dando lo que Él más ama: la vida de su Hijo Jesucristo, para que por Él fueran hechas nuevas todas las cosas.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
XIV ESTACIÓN
JESÚS ES PUESTO EN EL SEPULCRO
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo.
En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no había sido colocado nadie. Como era la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron ahí a Jesús (Juan 19, 41)
Y ahora todo ha terminado.
Mi Hijo me ha sido arrebatado. Ha sido colocado en un sepulcro vacío y frío, y lo he dejado yo también, como todos los que se han ido, con la esperanza de volver a encontrarlo, porque Él ha dicho: “Destruyan este Templo y en tres días lo reconstruiré”.
El amor todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, todo lo alcanza. En Dios está puesta mi esperanza, en medio de la amargura de los que le han dado sepultura, y han vuelto a sus vidas como si nada hubiera pasado, como si todo hubiera terminado, sin darse cuenta que todo fue consumado para empezar de nuevo, porque Él es el primero y el último, el alfa y la omega, el principio y el fin.
Perdona, Señor, sus pecados
Padre nuestro. Ave María.
V/. Señor, pequé.
R/. Ten piedad y misericordia de mí.
MEMORIA DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio ahí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó (Juan 20, 3-8)
Y en ese lugar de muerte, empieza la vida. Brilla para el mundo la luz.
El que ha entregado su vida para recuperarla de nuevo ¡ha resucitado!
¡Jesús está vivo!
Ha vencido al mundo, ha destruido la muerte, ha pagado el rescate con su vida, ha liberado al mundo de la esclavitud del pecado y de la muerte, para darles vida, y se muestra al mundo tal cual es: Dios y Hombre resucitado y glorioso, Cristo Rey Todopoderoso, y mantiene las llagas de sus manos y de sus pies, y la herida de su costado, para que todos, absolutamente todos, crean en Él.
Dichosos los que creen sin haber visto.
Dichosos los que lo reconocen Rey y lo sirven, construyendo el Reino de los Cielos en la tierra, para glorificar su Nombre, celebrando el memorial de su pasión, de su muerte y de su Resurrección, adorando su presencia viva en cuerpo, en sangre, en alma, en divinidad, que es Eucaristía.
¡Misericordia, Señor, misericordia!
ORACIÓN FINAL
Padre eterno,
por la Pasión y Muerte de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
y las lágrimas, el dolor del Corazón,
y el alma traspasada de María, su Santa Madre,
te pido recibas mi oración y sacrificio,
y aceptes que sean derramadas,
de las manos de María Santísima,
todas las gracias que tus sacerdotes no le saben pedir,
para que ellos puedan morir con Cristo al mundo,
y reciban por Él tu misericordia,
obtenida por su dolorosa Pasión y Muerte,
por la sangre y agua derramada de su Sagrado Corazón
para el perdón de los pecados,
y así vivan con la gracia en la Resurrección de Cristo,
derramando la misericordia sobre todas las almas,
para la salvación de tu Santa Iglesia y el restablecimiento de la paz.
Te lo pido con tus ángeles y tus santos,
en compañía de María Virgen y Madre de nuestro redentor y Salvador.
Amén.
ORACIONES Y REFLEXIONES
PARA EL TIEMPO DE CUARESMA Y SEMANA SANTA
PADRE NUESTRO CON MARÍA ANTE LA CRUZ
Padre nuestro
Mira a tu único Hijo, al que enviaste al mundo para rescatarnos, al que enviaste como cordero en medio de lobos.
Mira al que es santo, al que es bueno, al que enviaste al mundo a llevar tu misericordia, al que por su sacrificio hemos sido salvados al ser su cuerpo destrozado y crucificado, y su corazón abierto para introducirnos en Él, y así por Él, con Él y en Él hacernos hijos tuyos y poderte llamar Padre.
Que estás en el cielo
Mira su obediencia y su sagrado cuerpo inerte.
Mira su entrega y sus manos clavadas.
Mira su perseverancia y sus pies unidos al mundo por esta Cruz.
Mira su misericordia y su corazón abierto, derramando su preciosísima sangre.
Mira su amor por ti que, amándote por sobre todas las cosas, te amó hasta el extremo, amando también a los hombres.
Mira su humildad, y mira su cabeza coronada de burla, de desprecio, de odio.
Mira su esperanza, entregándolo todo por nuestra salvación.
Y mira cómo se pueden contar todos sus huesos.
Mira su fe puesta en tu paternidad, y ten compasión de tus hijos.
Santificado sea tu nombre
Por el Hijo que tú mismo has santificado y enviado al mundo, para que crean en Él, y en que Él es el Hijo de Dios.
Al que exaltaste y le otorgaste el nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesús es el Señor para la gloria de Dios Padre.
Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo
Y con tu Hijo resucitado y vivo envíanos a tu Santo Espíritu, para renovar la faz de la tierra.
Danos hoy nuestro pan de cada día
Mira Señor el pan bajado del cielo, para que quien lo coma no muera.
Está escrito que si uno come de este pan vivirá para siempre, y el pan que tú nos vas a dar es la carne de tu Hijo, para la vida del mundo.
Mira cuánto amor nos has tenido para enviarnos a tu Hijo, para poder ser llamados hijos de Dios, que por Él lo somos, pero el mundo no lo reconoció.
Mira Señor nuestras miserias, compadécete de nosotros y derrama tu divina providencia sobre nuestras necesidades.
Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden
Para que, por tu misericordia, seamos dignos de ir a ti.
Mira a tu Hijo muerto, para salvar a los que le diste para que cuidara en tu nombre, y que no perdió a ninguno, menos al que tenía que perderse, para que se cumpliera la Escritura.
No nos dejes caer en la tentación
Porque nos ha dado tu palabra, y el mundo nos ha odiado, porque no somos del mundo, como tampoco Él es del mundo.
No te pido que nos retires del mundo, sino que, por su pasión y su muerte
Líbranos del mal
Y santifícanos en la verdad.
Amén.
***
MI REDENTOR
Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad,
y tú quieres que yo te pida, que me reconozca perdido sin ti, necesitado de ti.
Justifica, Señor, mi pecado y hazme tuyo.
Jesús, te necesito, sin ti no soy nada, nada puedo.
Ten piedad de mí.
− Jesús, yo te pido que entregues tu vida por mí, para que mis pecados sean perdonados, para que yo sea unido a ti, para hacerme hijo del Padre en el Espíritu, para morir contigo y resucitar en ti.
Necesito el sudor y la sangre, que brotan de los poros de tu piel, para lavar mi alma de la mancha que el pecado ha dejado en mí.
− Yo te pido que en tu agonía pienses en mí, en mi amor por ti, en tu amor por mí.
Necesito tu humildad y tu valentía, al hacerte esclavo para hacerte preso y entregarte por tu propia voluntad, unida a la voluntad del Padre, en manos de los hombres.
− Yo te pido que bebas del cáliz de mi salvación.
Necesito la humillación de tu humanidad y de tu divinidad.
− Yo te pido que aceptes ser despreciado por mí.
Necesito tu cabeza coronada de burla y de desprecio, y tus manos atadas a las cadenas del mundo.
− Yo te pido que con tu prisión rompas mis cadenas.
Necesito tus palabras a la verdad y tu silencio a la mentira, ante las calumnias y falsas acusaciones.
− Yo te pido que calles por mi inmundicia y que hables por tu Reino.
Necesito tu hermoso rostro desfigurado.
− Yo te pido que pongas tu otra mejilla por mí.
Necesito tu espalda y tu cuerpo flagelado, tus miles de heridas y tu carne abierta. Necesito cada gota de la sangre que brota de tu piel.
− Yo te pido que ofrezcas tu martirio por mí, para salvarme, para hacerme tuyo.
Necesito que seas expuesto ante los hombres para ser juzgado y condenado a muerte injustamente, para ser desechado mientras un pecador es liberado en vez de ti.
− Yo te pido que aceptes morir por mí, para rescatarme, para liberarme, para recuperarme.
Necesito el dolor de tu hombro, y que cargues tu pesada cruz, para que yo pueda cargar la mía.
− Yo te pido: ayúdame.
Necesito tus pies cansados y tus rodillas heridas por tus caídas, para levantarme de las mías y caminar contigo.
− Yo te pido: levántate y sigue, muéstrame el camino.
Necesito la mirada de tu Madre para encontrarme contigo, que me dé la fortaleza y me anime a seguir caminando cuando ya no puedo más.
− Yo te pido: mírala y muéstrame tus ojos en los suyos.
Necesito tus manos y tus pies crucificados, para destruir mis pecados.
− Yo te pido: extiéndelos, soporta mi dolor unido al tuyo.
Necesito que seas expuesto al mundo, desnudo de tu humanidad, vestido de tu divinidad con tu preciosa sangre.
− Yo te pido que seas exaltado para que pueda verte.
Necesito tus palabras sabias y tus consejos en medio de tu sufrimiento y de tu agonía, para hacerte mío, para hacerme tuyo.
− Yo te pido: entrégate por mí, hasta el último suspiro, para que pueda escucharte.
Necesito tu perseverancia y tu amor hasta el extremo.
− Yo te pido la compañía de tu Madre, para resistir y perseverar hasta el final.
Necesito la llaga de tu costado, necesito hasta la última gota de tu bendita sangre y de tu agua viva, para lavarme, para purificarme.
− Yo te pido: hazme digno de ti.
Necesito de tu ejemplo de amor para imitarte.
− Yo te pido: enséñame.
Necesito tu misericordia para poder llegar a Dios.
− Yo te pido: muere por mí, derrama tu purísima sangre y renuévame.
Tan grande es mi pecado.
Tanta es mi necesidad.
Tanta es mi debilidad.
Tan poco soy y tanto daño hago.
Yo humillo mi corazón ante ti.
Me reconozco débil, pecador y arrepentido.
¡Perdóname!
¡Sálvame!
Necesito tu muerte para que yo tenga vida.
− Yo te pido: dame vida, hazme tuyo para siempre en la gloria de tu resurrección.
Necesito de ti, porque quiero vivir en ti como tú vives en mí, porque quiero ser un hombre nuevo para construir contigo el Reino de los cielos.
− Yo te pido que mueras por mí, pero más te pido que me resucites a la eternidad contigo.
Necesito tu vida, tu pasión, tu muerte y tu resurrección para que seas mío, para ser tuyo para siempre.
− Yo te pido, aun después de todo esto, nunca me dejes, porque soy débil y sin ti no puedo, pero tú eres mi fortaleza, mi vida, mi pasión, mi muerte y mi resurrección.
− Yo te prometo por tu amor, con tu amor y en tu amor, amarte y glorificarte eternamente, porque creo en ti, y en que tú eres el Hijo de Dios, mi Cristo, mi Jesús, mi Señor.
Amén.
***
JESÚS, TE AMO
Jesús:
Te amo con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente, con todas mis fuerzas.
Te amo en cada palabra, en cada oración, en cada segundo de angustia, en cada gota de sudor y sangre.
Te amo en cada sufrimiento, en cada beso de traición.
Te amo en cada uno de tus amigos que te abandona.
Te amo en cada golpe, en cada herida de tu cuerpo flagelado por cada pecado de cada hombre.
Te amo en cada burla, en cada insulto, en cada espina clavada en tu cabeza.
Te amo en cada injusticia, en cada desprecio.
Te amo en cada paso hacia el calvario cargando tu cruz.
Te amo en cada caída y en cada herida abierta de tus rodillas y de tu hombro bajo el peso de la cruz.
Te amo en cada dolor y en cada clavo clavado en la cruz.
Te amo en cada aliento y en cada suspiro.
Te amo en cada palabra esforzada por la asfixia.
Te amo en tu Madre y en el discípulo que nunca te abandona.
Te amo en cada una de las mujeres que por ti lloran.
Te amo en cada lágrima, en cada lamento.
Te amo en cada acto de tibieza, en cada indiferencia.
Te amo en tu entrega amando hasta el extremo.
Te amo en tu sacrificio y en tu obra redentora.
Te amo en tu obediencia hasta la muerte de cruz.
Te amo en la herida de tu corazón inmolado y traspasado.
Te amo en cada gota de sangre y agua derramada de tu precioso cuerpo.
Te amo en tu muerte y en el sepulcro.
Te amo en cada miembro de tu cuerpo, en cada hijo de Dios.
Te amo en la alegría de tu resurrección.
Te amo en cada encuentro entre tú y yo.
Te amo en cada milagro, en cada obra de misericordia.
Te amo en cada santo, en cada ángel, en cada ánima, en cada hombre, en cada sacerdote.
Te amo en cada latido de mi corazón, y acepto las gracias que quieras darme para amarte todos los días de mi vida y en la vida eterna.
Te amo en cada sacramento, en cada comunión, en cada eucaristía.
Jesús, te amo ayer, hoy y siempre en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo.
Amén.
***
ACOMPAÑANDO A MARÍA
María,
Dame tus ojos, para mirarlo.
Dame tus brazos, para abrazarlo.
Dame tus manos, para acariciarlo y tus labios para besarlo.
Dame tu rostro, para que Él voltee a verme.
Dame tus pies, para sostenerme.
Dame tu cielo, para llevarle alegría.
Dame tu sonrisa, para aliviar su agonía.
Dame tu paz, para encontrarlo a Él, y tu alma, para permanecer en Él.
Dame tu belleza, para enamorarlo.
Dame tus oídos, para escucharlo.
Dame tu voz, para llamarlo, y tus palabras, para consolarlo.
Dame tu amor, para amarlo, y tu corazón, para adorarlo.
Dame tu dolor, para sufrirlo, y tu sufrimiento, para vivirlo.
Dame tus lágrimas, para llorar, y tu silencio, para callar.
Dámelo todo, Madre mía, para a tu Hijo al extremo amar, para entregarle mi vida y mi voluntad.
Dame la luz que me guíe, para encontrar a Jesús, en el camino al Calvario, y cargar yo su Cruz.
Para subirme con Él, y ser clavado y crucificado, para llegar a la gloria con mi Dios resucitado.
Amén.
SANTA CRUZ
Santa Cruz, árbol de vida, que das como fruto la misericordia de Dios, el perdón de los pecados y la salvación del mundo.
Santa Cruz, en la que el Hijo del hombre fue elevado, en la que su nombre fue grabado, en la que su cuerpo fue entregado, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna.
Santa Cruz, que unida a Cristo fuiste instrumento de sacrificio divino.
Santa Cruz, que extendiste los brazos de Dios al mundo en una entrega de amor infinito.
Santa Cruz, exaltada para agradecer al que en ti murió para destruir la muerte, uniéndonos con Él, para que en esa muerte tengamos vida.
Santa Cruz, que unida a la divinidad eres alabada, bendecida, y adorada, úneme contigo para permanecer en Él.
Santa Cruz, que eres amada y venerada, en la que Dios derramó al mundo la misericordia y el perdón como manantial de agua viva.
Santa Cruz, tabla de salvación, camino de perfección, altar de clavos y maderos para el sacrificio del Cordero.
Santa Cruz, que eres ejemplo para renunciar al mundo, tomar la cruz de cada día, y seguir a Jesús.
Santa Cruz de esperanza, oportunidad de sacrificio y ofrenda al Padre.
Santa Cruz, oh, amada cruz, crucifica mi pecado, para que en mi agonía encuentre la alegría de ofrecerme por Cristo para morir con Cristo para resucitar en Cristo.
Santa Cruz, que aumente mi fe.
Santa Cruz, que obre en el bien.
Santa Cruz, que por ti sea humillado.
Santa Cruz, que por ti sea despreciado.
Santa Cruz, que por ti sea salvado.
Santa Cruz, que por ti muera.
Santa Cruz, que por ti viva.
Santa Cruz, cúbreme con la sangre preciosa de Cristo, para que me limpie, para que me salve.
Santa Cruz, que en ti yo una cada día mi cruz, para que viva en la plenitud del encuentro con mi amado Jesús.
Amén.
***
CRISTO REY
Venera mi trono, adora a tu Rey.
Yo soy Cristo, Rey del Universo, Rey de los profetas, descendiente de David.
Coronado con el dolor de los pecados del mundo, clavado a la Cruz como mi trono, con los brazos abiertos, abrazando el mundo, unido al mundo por el hierro que traspasó mis pies, pies de hierro con los que vendré de nuevo con toda mi majestad y gloria.
Verbo hecho carne, que habitó en el mundo para ser testigo de la verdad, para dar testimonio de la verdad.
Dios y hombre entre los hombres, construyendo con los hombres mi Reino. Pero mi Reino no es de este mundo.
Mira mi Cruz, en donde se expone la verdad, Dios y hombre entregado en manos de los hombres, para ser juzgado y condenado a una muerte de bandido, para ser torturado, elevado y expuesto en el trono de la humillación, símbolo del amor, del que brota la misericordia, sangre derramada para el perdón de los pecados.
Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su único hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Es mi Cruz trono de la verdad, de la misericordia y del amor. Trono en el que ha muerto el Rey, para levantarse de entre los muertos venciendo a la muerte, para elevarse al cielo venciendo al mundo, para sentarse a la derecha del Padre para ser coronado de gloria y majestad, con la que vendrá de nuevo a buscar a los que permanecen en la verdad, para hacerlos partícipes de su gloria en el Reino de los Cielos.
LA PIEDAD
Este es el Cristo.
Este es el Rey.
Este es el Salvador del mundo.
Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Este es el amo y Señor del universo, que tenía la gloria de su Padre antes de que el mundo existiera.
Este es el que vino a buscar no a los justos sino a los pecadores.
Este es el primero y el último.
Este es el Hijo de Dios por quien fueron hechas todas las cosas.
Este es el que es, el que era y el que vendrá.
Esta es la vida engendrada en mí por obra del Espíritu Santo.
Este es el fruto de mi vientre, y su nombre es Jesús.
Este es el Mesías esperado, el que los profetas habían anunciado, el Libertador, el Redentor, el que estaba puesto para caída y elevación de muchos, y como signo de contradicción.
Este es por quien me fue anunciado que una espada atravesaría mi alma, a fin de que quedaran al descubierto las intenciones de muchos corazones.
Este es el que vi nacer, el que vi crecer, el que vi morir.
Este es el que alimenté en mi vientre, el que amamanté de mis pechos, el que arrullé, el que crie, el que cuidé, el que eduqué, el que acompañé, el que enseñé a dar y a darse sin pedir ni esperar nada a cambio, amando hasta el extremo, como hombre y como Dios, porque nadie tiene un amor tan grande como el que da la vida por sus amigos.
Este es el que se reveló ante los hombres, exponiendo su poder divino, sirviendo a los hombres, convirtiendo el agua en vino, para cumplir mis deseos cuando todavía no había llegado su hora.
Este es el que oraba y adoraba a Dios diciéndole Padre, y el Hijo muy amado de Dios en quien Él puso sus complacencias.
Este es el que caminó en medio del mundo haciendo milagros, curando enfermos y expulsando demonios.
Este es el que alimentó multitudes con tan solo dos peces y cinco panes.
Este es el que partió pan y lo bendijo, entregando su cuerpo, y el que bendijo el vino, entregando su sangre, amando hasta el extremo, para morir y para resucitar de entre los muertos, y para dar vida y quedarse vivo entre los vivos.
Este es al que pusieron un manto de púrpura y coronaron como Rey, en medio de la burla, poniéndole en la cabeza una corona, no de oro sino de espinas, y en su mano un cetro, no de hierro, sino de caña.
Este es el que respondió con la verdad y dijo: “Sí, soy Rey. Yo para esto he nacido, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz. Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mi ejército hubiera combatido para que yo no fuera entregado a los judíos, pero mi Reino no es de aquí”.
Este es el que padeció y murió, dando su sangre para pagar el rescate de muchos.
Este es el Rey que ha venido a instaurar el Reino de Dios en el mundo. Pero el mundo no lo recibió.
Recíbelo tú.
***
ORACIÓN DE UNA MADRE ESPIRITUAL
POR LA CONVERSIÓN DE SUS HIJOS SACERDOTES
Señor mío y Dios mío, tú que has mirado la humildad de tu esclava, mira ahora y compadécete de mí y de cada una de mis lágrimas derramadas por cada gota de la preciosa sangre de mi Hijo, derramada en la cruz, por cada herida causada por cada uno de los hijos que tú me diste.
Me duelen ellos y me dueles tú.
Mira la humillación de tu Hijo:
- Él, por quien fueron creadas todas las cosas.
- Él, que en el principio estaba junto a ti, todo se hizo por él y sin él nada se hizo.
- Él, que fue enviado por ti para dar la vida y con su vida dar vida a los hombres.
- Él, que llamó y eligió a cada uno de sus siervos para que dejaran todo, para que tomaran su cruz y lo siguieran para compartir su misión, porque desde antes de formarlos en el vientre él ya los conocía y no los llamó siervos, los llamó amigos porque todo lo que oyó de ti se los dio a conocer.
- Él que trajo tu misericordia al mundo para servir a los hombres.
- Él que obró milagros y expulsó demonios, que curó enfermos y perdonó pecados, que se sentó en la mesa de pecadores, que convirtió corazones y resucitó muertos.
- Él que fue traicionado por un amigo con un beso.
- Él que fue golpeado, flagelado, burlado, que soportó la humillación de tu Reino y puso la otra mejilla.
- Él que es el justo y fue injustamente juzgado considerado como el peor de los reos merecedor de muerte.
- Él que fue rechazado, calumniado, abucheado, condenado a cargar su propia cruz y caminar hasta el calvario.
- Él que siendo de condición divina no codició ser igual a ti, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo asumiendo la naturaleza humana.
- Él que se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.
- Él que demostró amar como lo amas tú, porque nadie tiene un amor tan grande que el que da la vida por sus amigos.
- Él que es fuente de agua viva.
- Él que es tu verdad revelada a los hombres.
- Él que ha amado hasta el extremo y se ha quedado en eucaristía como alimento de vida eterna para los hombres.
- Él que ha sido abandonado por sus amigos porque la tentación y el miedo los domina.
Míralo a Él y mírame a mí.
Ten compasión de Él y ten compasión de mí.
Y mira que aquí hay uno que ha permanecido fiel y por él me ha entregado a todos los hombres como hijos, y a ellos les ha dado a su Madre.
Mira sus lágrimas y mira las mías; y al menos tú, Señor mío y Dios mío, no nos abandones.
Envía Señor tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.
Mira a mis hijos, los amigos de mi Hijo:
- a los que les has dado los dones y talentos para hacer las mismas obras que mi Hijo y aún mayores, a cada uno según tu voluntad,
- los débiles del mundo,
- los que lo han amado y luego lo han negado,
- los que por miedo lo han abandonado,
- los que lo han traicionado,
- los que sufren por querer ser fieles a ti y no pueden porque luchan con sus propias fuerzas,
- los que han endurecido sus corazones porque han descuidado el amor y se ha apagado su fe,
- los que están muertos y los que no nacen porque los matan en el vientre de sus madres,
- las vocaciones truncadas,
- las vocaciones abandonadas,
- los que no creen en él, ni en los sacramentos,
- los que causan las heridas más profundas al Sagrado Corazón de mi Hijo profanando su cuerpo en el altar, consagrando en pecado cometiendo sacrilegio, crucificando su carne, derramando su sangre sin darse cuenta porque no conocen la verdad.
Ten compasión de ellos y ten compasión de mí, porque yo sufrí por ellos, por mi Hijo y por ti, por el dolor que me causa que se pierdan ellos, que lastimen a mi Hijo y que se alejen de ti.
Mira cada una de mis lágrimas, es gracia derramada por amor, son lágrimas que brotan desde lo más profundo de mi corazón.
Son lágrimas de dolor, de súplica, de pena, de perdón, de compasión, de duelo, de desolación y de consuelo.
Son lágrimas irresistibles a tu bondad porque suplican tu misericordia y tu perdón, porque son lágrimas que exponen la ternura del corazón, la pureza de intención, la entrega generosa, el deseo incontenible de cumplir tu voluntad, la expresión de los sentimientos del corazón que desahogan el alma y expone su belleza.
Son lágrimas de Madre que sufre, que suplica, que pide perdón por los actos de los hijos que no merecen tu perdón, pero que mi Hijo se los ha merecido.
Mira la humildad de tu esclava Señor, y glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti, derramando para ellos tu misericordia.
***
SAGRADO CORAZÓN
Sagrado Corazón, que me abrasas en fuego vivo que no quema pero que da vida, que confortas y consuelas mi alma exaltada en la grandeza de tu amor.
Divino Corazón, encarnado en fragilidad humana, que se ofrece en sacrificio, y salva, redime y santifica.
Doloroso Corazón herido, que vivo y palpitante sangra por cada desprecio, por cada entrega tuya que culmina en la traición del amado indiferente, del amigo desleal que responde con desamor.
Amoroso Corazón que te donas en oblación en cada Eucaristía, alimento vivo, que nutre, que salva.
Hermoso Corazón que yo amo, permíteme reparar con las lágrimas de mis ojos un poco de ese mal, que mi amor absorto en tu Corazón desea aliviar, que mis penas son las tuyas y mi anhelo es adorarte, consolarte y venerarte, recibirte, para amarte con el mismo amor que me das, que me llena y me desborda, me rebasa y me conforta, y que mi alma agradece el refugio en que descansa y la unión que no merece en el templo que le ofreces a la Santísima Trinidad.
Corazón Sagrado de mi Jesús amado, en ti guardo a mis hijos y en tu amor yo confío para que alcancen la santidad y te adoren y te alaben en la gloria de Dios Padre por toda la eternidad.
Amén.
