21/02/2026

Siete Espadas de Dolor

SIETE ESPADAS DE DOLOR

Reparación por los dolores causados al Inmaculado Corazón de María, especialmente por los pecados de los sacerdotes

Sufrir con la Madre es sufrir con el Hijo, compartiendo el dolor, unidos en el amor, soportando con paciencia cada desprecio, cada herida al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, reparándolos y glorificándolos, pidiendo perdón con amor fraternal, por cada pecado de cada sacerdote, sin ver la paja en el ojo del otro, sino la viga en el propio (cfr. Lc 6, 40-42).

La contemplación de estos misterios de dolor del Inmaculado Corazón de María purifica a quien los medita compartiendo su dolor, y esa purificación es reparación.

Promesas de la Santísima Virgen María a Santa Brígida de Suecia (ver al final)

Acto de Contrición

Señor mío, Jesucristo: me arrepiento profundamente de todos mis pecados. Humildemente suplico tu perdón por mis pecados, y especialmente por los pecados de todos los sacerdotes, por no haber sido fieles a su ministerio. Por medio de tu gracia, concédenos ser verdaderamente merecedores de tu amor, por los méritos de tu pasión y tu muerte, y por los dolores de tu Madre Santísima.

Amén.

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REFLEXIÓN

Madre mía: contemplo tu alma traspasada por siete espadas de dolor, en momentos especiales de tu vida junto a Jesús, y me mueve el deseo de reparar tu Inmaculado Corazón, porque sé que mis pecados, aunque esencialmente son ofensas a Dios, también te hieren a ti, por esa unión tan fuerte con tu divino Hijo.

Y quiero reparar también, de modo especial, por los pecados de todos los sacerdotes, tus hijos predilectos, porque esos pecados son los que duelen más a su Sagrado Corazón, por la unión tan fuerte con la divinidad, fruto de la configuración.

Sobre todo, te contemplo en el Calvario. Tú permaneces de pie junto a la Cruz de Jesús, firme, fuerte, entera, porque en ti está la Fortaleza, la Piedad, la Sabiduría, el Entendimiento, el Consejo, la Ciencia; pero, sobre todo, el Temor de Dios.

Tus lágrimas se derraman sin cesar, y son preciosas. Tu manto negro enmarca tu rostro hermoso y doloroso, con tu mirada puesta hacia arriba, fija en los ojos de tu Hijo, que está frente a ti, crucificado en una cruz, con el cuerpo inmolado y el rostro desfigurado, pero que tiene su mirada concentrada y fija en los ojos de Juan, el discípulo que tanto ama, y que permanece a su lado junto a ti, a pesar de que todos lo habían abandonado.

Tú sostienes su entrega en la perseverancia; compadeces su dolor con tu alma traspasada, cumpliéndose así, una vez más, la profecía del anciano Simeón; compartes su fe, su esperanza y su amor; y, teniendo sus mismos sentimientos, compartes también su sed y sus deseos. Te muestras Madre.

Yo quiero reparar tu Inmaculado y Doloroso Corazón, meditando contigo en tus sufrimientos, acompañándote, entregando mi vida sin buscar mi propio interés, sino el de los demás, y decir sí, para ser junto a ti la esperanza de aquel que, siendo de condición divina, no codició ser igual a Dios, sino que, rebajándose, se hizo esclavo y, asumiendo la naturaleza humana, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz, para la salvación de todos los hombres y de todas las generaciones, sus amigos y sus enemigos, los que lo habían amado, los que lo habían acompañado, los que lo habían traicionado, los que lo habían despreciado, los que lo habían condenado injustamente, los que lo habían crucificado, los que lo habían abandonado.

Madre ¿cómo puede reparar mi alma tanto dolor? Enséñame a no abandonar mi cruz.

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Hijos míos: acompáñenme y compadezcan mis dolores:

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1. LA PROFECÍA DE SIMEÓN

Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: “Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma” (Lucas 2, 34-35).

Compadezcan mi dolor cuando en medio de mi alegría en el Templo presenté y ofrecí a mi Hijo a Dios, reconociendo en Él al Hijo de Dios, el Salvador, el Verbo hecho carne, y fruto bendito de mi vientre, y que el profeta Simeón me anunció que fue puesto para caída y elevación de muchos, y como signo de contradicción, y que a mí una espada atravesaría mi alma, a fin de que quedaran al descubierto las intenciones de muchos corazones.

Yo quiero reunir a mis hijos sacerdotes, a los que han abandonado la cruz, y llevarles la misericordia y el amor de Dios, a través de la Palabra, para que renueven su entrega, para que digan sí y renuncien a ellos mismos, y tomen su cruz para seguir a Jesús, renunciando al pecado, y renovando la gracia en cada sí. ¿Dirán que sí?

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2. LA HUÍDA A EGIPTO

Después de que los magos partieron de Belén, el ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allá hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mateo 2, 13).

Compadezcan mi dolor cuando huimos a Egipto para proteger al tesoro sagrado de Dios, renunciando a todo, en medio de la persecución, de la incomprensión, del destierro.

Quiero que mis hijos sacerdotes renueven entonces con su sí la gracia del Bautismo, reconociendo la filiación divina, renunciando a la tentación y al pecado de la soberbia y el egoísmo, abandonándose en la divina voluntad del Padre, y confiando en su bondad y misericordia. ¿Dirán que sí?

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3. EL NIÑO PERDIDO EN EL TEMPLO

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca (Lucas 2, 41-44).

Compadezcan mi dolor cuando perdí a mi Hijo, y lo busqué sin descanso, con insistencia y perseverancia, a pesar de la fatiga y cansancio, y desandar el camino andado soportando todo con amor, y regresar en medio de la angustia de la soledad, manteniendo la fe y la esperanza en el encuentro con el amado.

Quiero que mis hijos sacerdotes renueven entonces con su sí la gracia de la Confirmación, reafirmando su fidelidad y obediencia, renunciando a la tentación y al pecado de las concupiscencias, la avaricia, la lujuria y la ambición, confiando y abandonándose en la providencia de Dios. ¿Dirán que sí?

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4. MARÍA SE ENCUENTRA CON JESÚS CAMINO AL CALVARIO

¡Oh cuán triste y afligida // estaba la Madre herida, // de tantos tormentos llena,

cuando triste contemplaba // y dolorosa miraba // del Hijo amado la pena!

¿Y cuál hombre no llorara // si a la Madre contemplara // de Cristo en tanto dolor?

¿Y quién no se entristeciera, // Madre piadosa, si os viera // sujeta a tanto rigor?

(Secuencia de la Misa de Nuestra Señora de los Dolores)

Compadezcan mi dolor cuando fui al encuentro de mi Hijo en el camino al Calvario, y vi su rostro irreconocible y desfigurado, siendo abucheado y despreciado por una muchedumbre, condenado injustamente a muerte, cargando con la Cruz en la que llevaba el peso de las cruces de todos los hombres, para ayudarlo a soportar el peso con mi amor, compadeciendo, compartiendo su pasión, alentando su entrega, acompañándolo en su camino.

Quiero que mis hijos sacerdotes renueven entonces con su sí la gracia en cada Eucaristía, manteniendo la pureza de su corazón, consagrando con verdadera fe, para que sea un verdadero encuentro con el amor, renunciando a todo apego al pecado incluso al venial, para que su Comunión sea verdadera comida y bebida de salvación, y no su condenación. ¿Dirán que sí?

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5. JESÚS MUERE EN LA CRUZ

Era casi el mediodía, cuando las tinieblas invadieron toda la región y se oscureció el sol hasta las tres de la tarde. El velo del templo se rasgó a la mitad. Jesús, clamando con voz potente, dijo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”. Y dicho esto, expiró (Lucas 23, 44-46).

Compadezcan mi dolor cuando compartí el sufrimiento y el dolor de cada miembro del cuerpo de mi Hijo en su crucifixión, y el dolor que desgarraba mi alma mientras una espada lo atravesaba, acompañándolo en su agonía, ayudándole a soportar y a perseverar, por amor a los hombres, el terrible tormento del cuerpo y del alma, hasta expirar entregando el espíritu.

Quiero que mis hijos sacerdotes renueven entonces con su sí la gracia en cada Confesión, con un corazón contrito y humillado, y confiesen con verdadero arrepentimiento sus pecados, abrazando la cruz, agradeciendo la misericordia de Dios por la entrega de Jesús, en conciencia y con verdadera resolución de enmienda, y propósito de no volver a pecar, pidiendo al Espíritu Santo su gracia para cumplir el compromiso. ¿Dirán que sí?

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6. MARÍA RECIBE EL CUERPO SIN VIDA DE JESÚS EN SUS BRAZOS

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que lo dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con esos aromas, según se acostumbra enterrar entre los judíos (Juan 19, 38.40).

Compadezcan mi dolor cuando vi a mi Hijo pendiendo de la Cruz, totalmente entregado; su cuerpo sin vida, muerto, y ser testigo de la gracia derramada en sangre y agua hasta la última gota por su costado abierto, recibiendo su cuerpo inerte en mis brazos de Madre, al que se le podían contar todos los huesos; cuerpo desierto, sin sangre, sin alma, y el rostro vacío, sin luz en sus ojos, sin vida, sin nada.

Quiero que mis hijos sacerdotes renueven entonces con su sí la gracia de la Unción de los enfermos, para sus corazones enfermos, que necesitan conversión, mortificando sus cuerpos para fortalecer su voluntad, y resistir a las tentaciones mientras mueren al mundo. ¿Dirán que sí?

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7. JESÚS ES COLOCADO EN EL SEPULCRO

Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo, donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la preparación de la Pascua y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús (Juan 19, 41-42).

Compadezcan mi dolor cuando vi el cuerpo de mi Hijo ser colocado y abandonado en la soledad del sepulcro, cuerpo destrozado, rostro desfigurado, el corazón abierto, manteniendo la fe y la esperanza, perdonando todo, creyendo todo, esperando todo, soportando todo, por amor.

Quiero que mis hijos sacerdotes renueven entonces con su sí, la gracia de su Ordenación sacerdotal, renovando sus promesas, su renuncia al mundo y sus placeres, su entrega total, su disposición y aceptación a ser configurados con el Cristo que, siendo Dios y hombre, muere en manos de los hombres, por amor a Dios y a los hombres, para destruir la muerte, asumiendo las culpas de los pecados del mundo para redimir, para salvar a los hombres. ¿Dirán que sí?

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Quiero que mis hijos sacerdotes reparen mi Inmaculado Corazón renovando la gracia en los Matrimonios para la unidad de las familias, en un solo pueblo santo, manifestando el amor de Dios con el ejemplo, viviendo en virtud y santidad, permaneciendo en vela, orando, a la espera gozosa del Rey de reyes y Señor de señores.

Hijos míos, sean piadosos y misericordiosos, compadézcanse de mí, ayúdenme y acompáñenme, para que ellos digan que sí.

¡Todo por amor de Dios!

 

PROMESAS DE LA SANTÍSIMA VIRGEN A SANTA BRÍGIDA DE SUECIA

Todo el que medita la Pasión de Cristo, también debe tener en cuenta a su Madre. La Madre de Dios reveló a Santa Brígida que todo el que reza siete Ave Marías diariamente mientras medita sus lágrimas y dolores, y luego extiende a los demás esta devoción, recibirá las siguientes gracias:

1.- Pondré paz en sus familias.

2.- Serán iluminados en los divinos Misterios.

3.- Los consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.

4.- Les daré cuanto me pidan, con tal que no sea opuesto a la voluntad adorable de mi Divino Hijo y a la santificación de sus almas.

5.- Los defenderé en los combates espirituales contra el enemigo infernal, y los protegeré en todos los instantes de la vida.

6.- Los asistiré visiblemente en el momento de su muerte, y verán mi rostro.

7.- He conseguido de mi Divino Hijo que, cuantos propaguen esta devoción, sean trasladados de esta vida terrenal a la felicidad eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi Hijo y yo seremos su eterna consolación y alegría.

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