UN MISTERIO GRANDE
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: sana!”. Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio» (Mc 1, 40-42)
Amigo mío: la sabiduría del Espíritu Santo está en aquellos que verdaderamente creen en mí. En mi divinidad, en mi poder, en mi misericordia.
“Señor, si tú quieres, puedes curarme”. Palabras sabias que tocan el Corazón de Dios, que revelan el amor de Dios por los hombres, y la fe de los hombres en Dios.
Palabras que hacen exultar de alegría mi alma, diciendo: “sí quiero”, porque, ante tal argumento, ¿cómo podría decir que no?
Pero no son solo palabras a lo que yo correspondo, sino a la súplica, a la humillación, y a la fe de un hombre enfermo, que tiene valor de acercarse a mí porque confía en mi bondad, sabe que no lo voy a despreciar, está animado por el Espíritu Santo, que es quien pone las palabras en su boca.
Eso es lo que veo yo en ti cuando vienes a mí y te humillas, exponiendo la lepra de tu corazón ante mí, en el confesionario.
Ver a un sacerdote pidiendo perdón a otro sacerdote, para recibir la absolución de sus pecados; verlo suplicar, verdaderamente arrepentido, deseando con toda el alma ser liberado de sus culpas, cuánta compasión despierta en mí su vergüenza y su dolor, por haberse dado cuenta de cuánto ha ofendido a Dios.
Yo veo a un hombre de fe, que verdaderamente cree en mí y en mi poder, que reconoce el sacerdocio del Hijo de Dios en su hermano sacerdote confesor, que está convencido de esa configuración, por la que en ambos yo soy; también en el penitente, en quien estoy crucificado, sufriendo y, al mismo tiempo, perdonando sus pecados.
¿Cómo podría decir que no?
Se llena mi alma de alegría. Cuando se convierte un pecador el cielo entero se alegra conmigo. Cuánto más si ese convertido es mi elegido, mi amigo, y en él yo soy.
Qué misterio tan grande, incomprensible para la capacidad limitada de la mente humana: que aquel a quien yo elijo para obrar en mi nombre, para configurarse conmigo sacramentalmente, para representarme y hacer las mismas obras que hice yo, sea capaz de cometer los más atroces pecados.
Pero no pienses, no trates de entender con tu mente. Reflexiona y medita en tu corazón cuán inmensa es la misericordia de Dios manifestada en sus elegidos. Los misericordiosos recibirán misericordia, y ¿qué es el ministerio sacerdotal, sino administrar mi infinita y divina misericordia?
Confía, ten fe, y repite estas palabras, acercándote al sacramento de la confesión: “Señor, si tú quieres, puedes curarme”.
Mi respuesta está garantizada por estas lágrimas de amor que por ti derramo yo: “SÍ QUIERO. SANA”.
«Los pecados que cometemos nos alejan de Dios y, si no se confiesan humildemente, confiando en la misericordia divina, llegan incluso a producir la muerte del alma. Así pues, este milagro reviste un fuerte valor simbólico. Como había profetizado Isaías, Jesús es el Siervo del Señor que “cargó con nuestros sufrimientos y soportó nuestros dolores” (Is 53, 4). En su pasión llegó a ser como un leproso, hecho impuro por nuestros pecados, separado de Dios: todo esto lo hizo por amor, para obtenernos la reconciliación, el perdón y la salvación.
En el sacramento de la Penitencia Cristo crucificado y resucitado, mediante sus ministros, nos purifica con su misericordia infinita, nos restituye la comunión con el Padre celestial y con los hermanos, y nos da su amor, su alegría y su paz.
Queridos hermanos y hermanas, invoquemos a la Virgen María, a quien Dios preservó de toda mancha de pecado, para que nos ayude a evitar el pecado y a acudir con frecuencia al sacramento de la Confesión, el sacramento del perdón, cuyo valor e importancia para nuestra vida cristiana hoy debemos redescubrir aún más».
(Benedicto XVI, Ángelus 15 de febrero de 2009)
¡Muéstrate Madre, María!
