BEBER EL CÁLIZ
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«¿Pueden beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado?» (Mc 10, 38)
Hijo mío, sacerdote: tú has sido elegido para servir y dar la vida por muchos, por Cristo, con Él configurado, y en Él.
Eres su amigo, eres su hermano, eres su instrumento fiel.
Eres administrador de su misericordia.
Eres padre, maestro y pastor.
Y eres hijo predilecto de mi Inmaculado Corazón.
Permanece dispuesto a servir a la Iglesia, sirviendo a tu Señor, bebiendo de su cáliz de amor y de salvación, unido a su cruz, llevando al mundo el mensaje de alegría de su resurrección, dando testimonio a otros que, como tú, han sido elegidos para ser sacerdotes de Cristo, para que comprendan la grandeza y la belleza de su vocación.
El llamado despierta en el alma una gran emoción, un gran deseo de pertenecer al ejército del Reino de Dios; un celo apostólico que despierta el valor de decir “sí”, y de desear al Rey servir.
Sin embargo, esa vocación, así como Santiago y Juan, necesita madurar, dejar a un lado la mundanidad, y decidirse la vida entregar, con visión sobrenatural.
Muchas veces ustedes, mis hijos sacerdotes, alcanzan este entendimiento con la edad, cuando ya en su ministerio llevan tiempo sirviendo; pero, a veces, queriendo destacar. Y el que alcanza la verdadera madurez espiritual es aquel que llega a comprender que la completa configuración con Cristo es tener sus mismos sentimientos y hacerse último, el servidor de todos, renunciando a sí mismo y al mundo, para entregarse completamente a Dios, a través del martirio de la cruz, imitando al Señor en todo, viviendo con heroicidad toda virtud, amando a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como Jesús los amó, hasta el extremo.
Ojalá comprendan también esto los más jóvenes, para que no causen escándalo, para que no den mal ejemplo, para que no deseen el poder, el conocimiento, las riquezas, la sabiduría, para oprimir al pueblo, sino que tomen las armas del Santo Rosario, la Cruz, las Sagradas Escrituras, y el Santo Breviario, orando y obrando, dando la vida, sirviendo a los demás, convirtiendo almas, cumpliendo con amor su ministerio, para glorificar por Cristo, con Él y en Él al Padre del cielo.
Una madre desea lo mejor para sus hijos. Que perseveren en perfecta configuración con Cristo, eso es lo que para mis hijos sacerdotes yo deseo.
Oro constantemente, bajo mi manto los protejo, y por su conversión y santificación, así como por la de todo el pueblo santo de Dios, intercedo.
Una madre procura darle el remedio a un hijo enfermo. El remedio que yo tengo para mis hijos enfermos es la cruz, en la que el Hijo de Dios ha sido crucificado y ha muerto. De ella ha sido bajado, y en mis brazos entregado, totalmente desangrado, vacío, sin vida.
Pero Él ha resucitado, como a sus discípulos les había anunciado. Él ha hecho nuevas todas las cosas, y el camino al cielo les ha mostrado. El camino es de cruz. Ese es el remedio que para mis hijos me ha dado, remedio que es el cáliz que deben beber para que sean salvados. Pero no es morir cada uno como el Crucificado. Él, a unirse a su cruz, los ha invitado.
El único sacrificio agradable al Padre es la pasión y la muerte de Jesucristo. Él llama a la unidad, y la manifestación de la unidad es el servicio. Todos se unen en Cristo y, sirviéndose unos a otros, se hacen parte de su eterno sacrificio, y ofrenda agradable al Padre.
Unidad con el santo Padre. Ese es el cáliz que han de beber aquellos que deseen servir a Cristo, y ser sentados un día a la derecha y a la izquierda de Él, para ser coronados de la gloria que tenía con su Padre antes de que el mundo existiera.
Sírvanse unos a otros, hágase último el que quiera ser primero, trabajen por la unidad y la paz en la Santa Iglesia, para que esa paz se extienda al mundo entero.
Aquí tienen a su Madre del cielo, que ha venido a traerles salud. Beban, hijos míos, en sus manos tienen el remedio.
«Mirad cómo el Señor inmediatamente los aparta de sus imaginaciones, hablándoles justamente de lo contrario que ellos buscaban.
Porque ‘vosotros —parece decirles— me venís a hablar de honores y coronas, pero yo os hablo a vosotros de combates y sudores. No es éste aún, el momento de los premios, ni mi gloria celeste ha de manifestarse por ahora. Ahora es tiempo de derramar la sangre, de luchar y de pasar peligros’.
Y mirad por otra parte cómo, por el modo mismo de preguntarles, los incita y atrae. Pues el tener parte con Él había de hacerlos más animosos. Y llama nuevamente baño a su pasión para dar a entender la grande purificación que por ella había de venir al mundo entero.
Seguidamente le contestan: ‘Podemos’. Su fervor les impulsa a prometérselo inmediatamente, sin saber tampoco ahora lo que decían, pero con la esperanza de que recibirían lo que pedían.
Grandes bienes les profetiza Cristo. Como si les dijera: ‘Seréis dignos de sufrir el martirio, sufriréis lo mismo que yo he de sufrir, terminaréis vuestra vida de muerte violenta, y en eso tendréis parte conmigo. Mas el sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí dároslo, sino a quienes está preparado por mi Padre’»
(San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, Homilía 65)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 68)
