CONTINUAR LA MISIÓN DE JESÚS
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían» (Mc 16, 19-20).
Amigo mío: yo subí al cielo hasta después de haber cumplido la misión para la que el Padre me envió.
Lo mismo será para ustedes: deben cumplir la misión que se les encomendó, para después ser llevados al cielo conmigo, para ser coronados de gloria.
Mi ascensión gloriosa fue un canto de alabanza de ángeles.
Un milagro para los hombres, que me miraban asombrados, y glorificaban a Dios.
La manifestación de mi poder.
El paso del Rey de este mundo hacia el Paraíso, dejando establecido su Reino en el mundo.
Mi Reino no es de este mundo. Así como todo lo que es mío no es del mundo. Y mi Padre los atraerá hacia mí.
Pero sólo será parte conmigo el que crea en mí.
Subí al cielo para sentarme a la derecha de Dios. Pero antes puse mi confianza en ti y en otros que, como a ti, desde antes de nacer yo elegí, para que continúen mi misión.
Gran responsabilidad les di. Pero, para eso, el sacerdocio instituí.
Tanto amé al mundo, que quise quedarme, para cuidar contigo y con ellos a todos aquellos que mi Padre me dio. No quiero que se pierda ninguno.
Por eso te di mi poder, para que obres y hagas milagros, como yo.
Qué grande es la misión del sacerdote. De ti depende, amigo mío, que las almas que yo te confié no se condenen. Para eso debes predicar el Evangelio, conquistar sus corazones para mí.
Ellos deben conocerme y creer en mí.
Pero no te preocupes. Yo sé que tú solo nada puedes.
Para eso te configuré conmigo. Todo lo que haces por ellos yo lo hago contigo.
Nunca dudes de que puedes cumplir con lo que yo te pido. No me ofendas. Yo sé lo que hago. Yo te amo y estoy contigo. ¡No te dejaré!
Quiero que cumplas tu misión, para que tengas parte conmigo eternamente en mi Paraíso.
Pero antes de pretender que otros crean en mí y en ti, cree tú primero.
Yo soy el Pan vivo bajado del cielo, a donde subí. Estoy sentado a la derecha de mi Padre y, al mismo tiempo, estoy aquí, descansando en tus manos, alimentándote, para transformarte en mí.
«Jesús no abandona a los discípulos. Sube al cielo, pero no nos deja solos. Por el contrario, precisamente al ascender al Padre asegura la efusión de su Espíritu.
En otra ocasión había dicho: “Les conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes” (Jn 16, 7). El amor de Jesús por nosotros también se puede ver en esto: la suya es una presencia que no quiere restringir nuestra libertad. Al contrario, nos hace un espacio, porque el verdadero amor siempre genera una cercanía que no aplasta, no es posesivo; es cercano, pero no posesivo.
En efecto, el verdadero amor nos hace protagonistas. Por eso, Cristo asegura: “Voy al Padre, y serán revestidos de un poder de lo alto: les enviaré mi propio Espíritu, y con su poder continuarán mi obra en el mundo” (cf. Lc 24, 49).
Por eso, al subir al cielo, Jesús, en lugar de permanecer cerca de unos pocos con su cuerpo, se hace cercano a todos con su Espíritu. El Espíritu Santo hace presente a Jesús en nosotros, más allá de las barreras del tiempo y del espacio, para que seamos sus testigos en el mundo»
(Francisco, Alocución a la hora del Regina Coeli 29.V.22)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 164)
