INSTRUMENTOS DE JESÚS
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Despide a la gente para que vayan por los caseríos y poblados del contorno y compren algo de comer”. Él les replicó: “Denles ustedes de comer”» (Mc 6, 36-37).
Hijo mío, sacerdote: recibe a Jesús.
Él es la manifestación perfecta de mi amor por ti. Yo te lo doy.
Es a través de Él que yo me muestro Madre.
Él es la Palabra que se revela constantemente en el corazón de quien lo escucha.
Compadécete de mi Iglesia. Yo soy Madre de la Iglesia, tanto como soy Madre de mi Hijo Jesús.
Dale de comer. Aliméntala con la Palabra de Dios, que quiere revelarse a los sacerdotes con sencillez, para abrir sus corazones con la espada de dos filos.
Lo natural es que primero exista la madre y luego el hijo. En mi caso primero existió el Hijo y, de manera sobrenatural, la Madre engendró al Hijo. Por tanto, siempre es primero el Hijo.
Ustedes me piden que me muestre Madre. Y lo haré cuando ustedes permitan mostrarse al Hijo. Él es el Pan de Vida que alimenta y sacia, que se multiplica y da vida en abundancia.
Tú eres un instrumento de su gracia, configurado con Él. Es por eso que a ti se te ha entregado su Palabra.
Míralo a Él. Tiene los brazos abiertos, atados a una cruz por clavos. De la cruz está pendiendo la fuente de la gracia, que necesita tus manos, a las que les ha dado libertad, para escribir, para trabajar.
Su voz está sofocada por la asfixia. Necesita tu voz, y te ha dado libertad para hablar y su Palabra proclamar.
Mira sus pies, y mira los tuyos. Necesita tus pies. Te ha dado libertad y fuerza para caminar en medio del mundo, y su misericordia, derramada de la cruz, a los más necesitados llevar.
Mira su cabeza, sangrante, adolorida, llena de espinas, coronada de burla. Y mira tu cabeza, coronada de rey. A ti te respetan. Te ha dado libertad de pensamiento y de conciencia, para transmitir la fe, la esperanza y la caridad, que viene de Él.
Mira su Corazón, esperando ser atravesado, para derramar su sangre hasta la última gota. Y mira tu corazón, lleno de su amor, de su gracia y misericordia, porque es por ti que ha derramado su sangre, hasta la última gota.
Te ha dado un corazón de carne, como el suyo, para que puedas sentir y tener sus mismos sentimientos, para que puedas compadecerte de todos aquellos que caminan perdidos, como ovejas sin pastor, y prediques su Palabra, para enseñarlos y alimentarlos.
Yo te protejo, te ayudo, te auxilio, y te doy las gracias que me ha dado el Espíritu Santo para ti, para que seas un instrumento fiel, y el Crucificado continúe su misión a través de ti.
Él te configura con su cuerpo resucitado, para que vivas por Él, con Él y en Él, y lleves la vida a todos los miembros de la Iglesia, a través de la Palabra revelada a sus sacerdotes.
Aquí estoy, hijo mío, he venido a mostrarme Madre.
«Queridos hermanos sacerdotes, el pueblo cristiano pide escuchar de nuestras enseñanzas la genuina doctrina eclesial, que les permita renovar el encuentro con Cristo que da la alegría, la paz, la salvación. La Sagrada Escritura, los escritos de los Padres y de los Doctores de la Iglesia, el Catecismo de la Iglesia católica constituyen, a este respecto, puntos de referencia imprescindibles en el ejercicio del munus docendi, tan esencial para la conversión, el camino de fe y la salvación de los hombres.
Ordenación sacerdotal significa: ser sumergidos (…) en la Verdad (Homilía en la Misa Crismal, 9 de abril de 2009), esa Verdad que no es simplemente un concepto o un conjunto de ideas que transmitir y asimilar, sino que es la Persona de Cristo, con la cual, por la cual y en la cual vivir; así, necesariamente, nace también la actualidad y la comprensibilidad del anuncio.
Solo esta conciencia de una Verdad hecha Persona en la encarnación del Hijo justifica el mandato misionero: Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación (Mc 16, 15). Solo si es la Verdad está destinado a toda criatura, no es una imposición de algo, sino la apertura del corazón a aquello por lo que ha sido creado.
El Señor ha confiado a los sacerdotes una gran tarea: ser anunciadores de su Palabra, de la Verdad que salva; ser su voz en el mundo para llevar aquello que contribuye al verdadero bien de las almas y al auténtico camino de fe (cf. 1 Co 6,12)».
(Benedicto XVI, Catequesis en la Audiencia general, 14 de abril de 2010)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 270)
