LEVANTARSE Y SERVIR
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles» (Mc, 1, 30)
Amigo mío: yo te llamo para animarte a levantarte y cumplir con tu deber.
Aquí estoy para ayudarte. Todo lo que necesites estoy dispuesto a darte. Pídeme.
Tienes la fe. Insiste y haz lo que yo te digo. Cumple con tu misión como discípulo mío.
Yo he venido a sanar a los enfermos, a perdonar a los pecadores y a predicar el Evangelio. Por tanto, ese es el deber de un sacerdote.
Yo los envío, a los que he elegido como siervos y he llamado amigos, a continuar mi misión configurados conmigo, para que no sean ustedes, sino yo.
De ustedes se requiere la fe y la paciencia de los santos, la total disposición de su tiempo, de su esfuerzo y de su corazón.
Predicar el Evangelio es para ustedes, sacerdotes, una obligación. Deben hacerlo gratuitamente, sin esperar reconocimiento ni recompensa, porque para eso los he enviado yo a todo el mundo, a llevar mi Palabra, que está viva y es eficaz, que es como una espada de dos filos, que penetra hasta lo más profundo de sus entrañas, abriéndoles el corazón, dejando al descubierto sus pensamientos y su intención; transformando, convirtiendo los corazones de piedra en corazones de carne, encendidos con el fuego vivo de mi amor.
Yo soy el Verbo, yo soy la Luz, yo soy la Vida del mundo, el Camino y la Verdad.
Ustedes juraron servir al Hijo de Dios, sirviendo a la Santa Iglesia, atendiéndola, procurándola, proveyéndola como un esposo a una esposa. Ese es su compromiso, adquirido ante Dios todopoderoso el día de su ordenación.
Pero algunos de ustedes necesitan recordarlo, porque necesitan corrección. Han cometido adulterio, han faltado a los mandamientos de la ley de Dios, han cometido abusos, graves ofensas contra Dios, se han alejado de mí. No han cumplido con su obligación, han abandonado a sus ovejas, que caminan perdidas como ovejas sin pastor, y han cargado las espaldas de sus hermanos, los que viven para mí, que adquieren la responsabilidad de ustedes, intentando evangelizar al mundo, haciendo lo que no pueden.
¿En dónde está la justicia de ustedes?
Yo exijo que cumplan con sus deberes, en la medida que a cada uno corresponde, y que rueguen conmigo al Padre, para que envíe más trabajadores a su mies.
Sepan que yo he venido a curar a los enfermos y a perdonar a los pecadores. También a ustedes.
Renueven sus almas, tomen mi mano, ¡levántense y sírvanme!
Vayan a todos los pueblos, busquen todos los medios para predicar el Evangelio.
Es tiempo de conversión. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio.
Cumplan con su misión. Yo estoy aquí, ¡pídanme!
«Y al instante la fiebre la dejó y se puso a servirles (Mc 1, 31).
No basta con que la fiebre la dejase, sino que se levanta para el servicio de Cristo.
«Y se puso a servirles».
Les servía con los pies, con las manos, corría de un sitio a otro, veneraba al que le había curado.
Sirvamos también nosotros a Jesús. Él acoge con gusto nuestro servicio, aunque tengamos las manos manchadas: él se digna mirar lo que sanó, porque él mismo lo sanó.
A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén»
(San Jerónimo, Comentario al Evangelio de San Marcos).
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 50)
