CONOCER LA VERDAD
REFLEXIÓN PARA SACERDOTES DESDE EL CORAZÓN DE JESÚS
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Mientras Jesús enseñaba en el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo y le preguntaron: “¿Con qué derecho haces todas estas cosas? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?”» (Mt 21, 23).
Amigo mío:
Yo soy la Verdad.
La Verdad es para todos, pero solo se les ha revelado a unos cuantos.
Yo alabo a mi Padre porque ha ocultado la Verdad a los sabios y poderosos, y la ha revelado a los pequeños y humildes.
Solo es digno de conocer la Verdad aquel que desee recibirla con humildad, y desee vivirla, practicarla, enseñarla, con la autoridad de quien se sabe hijo de Dios todopoderoso, y se sabe amado, rescatado y redimido por la manifestación de esa Verdad que ha conocido, y que se ha derramado en la cruz en misericordia.
Tú has conocido la Verdad. Por eso ya no te llamo siervo, sino amigo.
Yo te he dado a conocer los misterios más profundos del Corazón de Dios. No hay nada oculto que no llegue a saberse. Todo lo que tú quieras saber yo te lo revelaré.
Todo lo que mi Padre ha querido revelar al mundo está aquí, frente a ti. Busca la única Verdad en mí.
No pidas señales, no busques falsas doctrinas, no tengas en el mundo seguridades fuera de mí.
No quieras comprender los misterios del Reino de los Cielos con tu poca inteligencia, con tus pocas fuerzas, con tu escasa sabiduría, porque no podrás. Miserable te ha creado el Señor, para que necesites de Él, de su gracia y su misericordia, y permanezcas unido a Él.
Pero si tú lo buscas con rectas intenciones, con el deseo de conocerlo para amarlo más, para adorarlo toda la eternidad, para glorificarlo con tus obras, anteponiendo la fe, la esperanza y la caridad a todo lo que el mundo te ofrece, a los placeres y la comodidad, incluso a ti mismo, el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Vendrás a mí, y tú y yo seremos uno, como mi Padre y yo somos uno.
No tientes a Dios con tus cuestionamientos racionales. Ten fe, cree, no dudes. Entrégame tu voluntad, para que se haga en ti la voluntad de mi Padre. Su voluntad es que te salves y llegues al conocimiento pleno de la Verdad. Que poseas la sabiduría de Dios. ¿Acaso no es eso lo que tú también deseas?
No hay nada más atractivo para el corazón, el alma y la mente de un hombre, que poseer la sabiduría infinita. Eso es lo que han alcanzado los santos. Y, al término de su vida, el Señor los ha encontrado firmes en el camino, fieles a Él, perseverantes en la oración y en las obras, y dignos de confianza, porque han alcanzado la perfección.
Han hallado la sabiduría. YO SOY.
Abre tu corazón, dispón tu alma, entrégame los pensamientos de tu mente, reconoce tus errores, sé honesto contigo mismo, descubre tus miserias, arrepiéntete y pídeme perdón, reconócete pequeño ante mí, que soy tu Dios, y llénate de mi sabiduría.
Acepta la Verdad. Tú me conoces. Yo te he configurado conmigo.
Ama la Verdad y enséñala a los demás. Mi pueblo te está esperando. Viven en la ignorancia. Tú tienes la llave de la sabiduría, y la Verdad se manifiesta en ti.
Yo te envío y te doy la autoridad que el Padre le ha dado al Hijo: la autoridad de Cristo, resucitado y vivo, para mostrarle al mundo el Camino, la Verdad y la Vida.
Lo tienes en tus manos en cada Eucaristía. He ahí la fuente de la sabiduría.
«Toda criatura está llamada a dar testimonio de Dios ya que toda criatura es como una prueba de su bondad. La grandeza de la criatura atestigua, a su manera, la fuerza y la omnipotencia divinas, y su belleza es testimonio de su divina sabiduría. Algunos hombres reciben de Dios una misión particular: dan testimonio de Dios no sólo desde el punto de vista natural, por el simple hecho de existir, sino más bien de una forma espiritual, por sus buenas obras… No obstante, aquellos que no se contentan con sólo recibir los dones de Dios y obrar rectamente, sino que comunican estos dones a los demás por la palabra, exhortando y dando ánimos a los otros, son testigos de Dios de una manera todavía más excelente. Juan es uno de estos testimonios. Ha venido a extender los dones de Dios y anunciar su alabanza.
Esta misión de Juan, el papel de testimonio, es de una grandeza incomparable ya que nadie puede dar testimonio de una realidad sino en la medida en que participa de ella. Jesús dijo: “Hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto.” (Jn 3,11) Quien da testimonio de la verdad de Dios conoce esta verdad. Por esto, el mismo Cristo desempeñó el papel de testigo. “…para eso nací y para eso vine al mundo, para dar testimonio de la verdad.” (cf Jn 18,37) Pero Cristo y Juan desempeñaron esta misión de manera distinta. Cristo poseía en sí mismo esta luz. Más aún, él era esta luz, mientras que Juan participaba de ella. Cristo da un testimonio acabado, manifiesta perfectamente la verdad. Juan y los otros santos lo hacen en la medida que reciben esta verdad.
Misión sublime, la de Juan ya que implica su participación en la luz de Dios y su semejanza con Cristo que también cumplió esta misión».
(Santo Tomás de Aquino, Comentario sobre el Evangelio de Juan 4, 1: El testigo de Dios)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 264)
