SANTA MARÍA DE GUADALUPE
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme?» (Lc 1, 43)
Exulta mi alma de gozo al ver en ti, hijo mío sacerdote, al Salvador.
Tú eres la causa de mi sonrisa. Dime, hijo mío, ¿quién soy yo, sino la causa de tu alegría?
El verdaderísimo Dios por quien se vive, vive en ti. Eso es lo que yo veo cuando te miro. Eso es lo que yo veo en cada hijo mío sacerdote.
Pero mira, hijo mío, que muchas veces lo que veo es a mi Hijo sufriendo, inmerso en el mundo de mentira y de pecado, que tiene sometido al que debería de estar con Él configurado; y, sin embargo, está crucificado, cuando debería verse alegre y resucitado.
Yo quiero poder ver en cada uno de mis hijos sacerdotes el reflejo de mi sonrisa. Quiero en cada uno de mis hijos sacerdotes ver la verdad y la luz, no la oscuridad y la mentira, que no pertenecen a la dignidad del alma sacerdotal.
Aquel día que ante Juan Diego madre me mostré, Dios me hizo este favor: me permitió mostrarle al mundo el rostro del amor, del auxilio, del socorro, de la misericordia, de la ternura de Dios, a través del rostro maternal de la mujer que dio a luz al mismo Dios que la creó.
El entendimiento de los hombres no alcanza, hijo, para comprender los misterios encerrados en la Luz que brilla para el mundo, y pretenden suponer que esos misterios son tan solo un mito, porque la soberbia no les permite ver que es una realidad inalcanzable para toda criatura, y que en Él está todo el poder. Y que, aun sin entender, cada uno de mis hijos sacerdotes recibe en sus manos ese poder.
Vine a enseñarles, vine a mostrarles el camino, vine a dejar claras las señales de Dios en el misterio de mi imagen plasmada, no en una tela de oro, no en hilos finos, sino en un ayate.
¿Sabes qué significa eso? La pequeñez, la humildad, las almas sencillas en donde yo me quise quedar.
Este pueblo mexicano, hijo, ha sido elegido por Dios, porque aquí están mis más pequeños, los que he elegido yo, para llevar al mundo la Luz, que es mi Hijo Jesucristo, el verdaderísimo Dios por quien se vive.
Aquí nació Juan Diego. En esta tierra pisaron sus pies, y a él le fue revelada la creatura inmaculada y más pura jamás creada, la misma que Jesús le entregó a la humanidad a través de otro pequeño, también de nombre Juan.
Si tú supieras, hijo mío, cuánto te quiero…
Mi querer es que me cantes una canción de amor, y si es en esta tierra y con mariachis, es mejor. Me gusta que celebres conmigo, porque Dios siempre cumple lo que tiene prometido. Sólo tienes que creer, y reconocerte pequeño; y mirarlo, y dejar que Él te mire; adorarlo, contemplarlo, y entregarle tu voluntad. No hay nada que Dios aprecie más que un corazón contrito y humillado.
Hijo mío, entrégale tu corazón, y te darás cuenta de que Dios no se deja ganar en generosidad.
Recibe mi bendición de Madre. Quiero mostrarme Madre contigo y con cada uno de mis hijos sacerdotes, para que, a través de mí, brille la Luz para ustedes, y, a través de ustedes, al mundo entero.
«El martes, siendo todavía mucho muy de noche, de allá vino a salir, de su casa, Juan Diego, a llamar el sacerdote a Tlatilolco, y dijo: Si me voy derecho por el camino, no vaya a ser que me vea esta Señora y seguro me detendrá para que le lleve la señal al gobernante sacerdote como me lo mandó; que primero nos deje nuestra tribulación; que antes yo llame de prisa al sacerdote religioso; mi tío no hace más que aguardarlo.
Enseguida le dió la vuelta al cerro, subió por en medio y de ahí atravesando, hacia la parte oriental fue a salir, para rápido ir a llegar a México para que no lo detuviera la Reina del Cielo.
Pero le vino a salir al encuentro a un lado del cerro, le vino a atajar los pasos; le dijo: ¿Qué pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas, a dónde te diriges?
En su presencia se postró, la saludó, le dijo: Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, con pena angustiaré tu rostro, tu corazón; te hago saber, Muchachita mía, que está muy grave un servidor tuyo, tío mío. Una gran enfermedad se le ha asentado, seguro que pronto va a morir de ella. Y ahora iré de prisa a tu casita de México, a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, de nuestros sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a prepararlo.
Más, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí otra vez volveré para ir a llevar tu aliento, tu palabra, Señora, Jovencita mía. Te ruego me perdones, tenme todavía un poco de paciencia, porque con ello no te engaño.
En cuanto oyó las razones de Juan Diego, le respondió la Piadosa Perfecta Virgen: Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante y aflictiva. ¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?
Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está bueno. (Y luego en aquel mismo momento sanó su tío, como después se supo)»
(Antonio Valeriano, Nican Mopohua).
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 97)
