Lc 01, 57-66. 80 - Precursores
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PRECURSORES

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

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«Yo les digo que no hay nadie más grande que Juan entre todos los que han nacido de una mujer» (Lc 7, 28)

 

Hijo mío, sacerdote: el Señor tu Dios te ha elegido y te ha llamado por tu nombre. Te ha pedido que dejes todo para seguirlo, y tú has renunciado a todo, hasta a ti mismo, para servirlo.

Un deseo muy grande ha sido infundido en tu corazón sacerdotal: aprender del Buen Pastor a guiar a tu rebaño hacia la santidad, porque esa es tu vocación: vivir para servir a la Santa Iglesia y para adorar a tu Señor.

Pero ¡qué difícil es a veces cumplir ese deseo! Caes en tentación una y otra vez. Sientes una espina clavada en tu carne.

Luchas, pero a veces ganas y a veces pierdes.

Te arrepientes, y eres consciente de que necesitas conversión para volver a tener un corazón puro como el de tu Señor.

Te sientes tan indigno de merecer tan grande don, que a veces puede acecharte la tentación de abandonar tu vocación.

Pues yo te digo, hijo mío, que no hay hombre más grande nacido de mujer que Juan, pero tú has nacido del espíritu, has nacido de lo alto, y eso te hace más grande que Juan.

Medita estas cosas en tu corazón y agradece la gracia del bautismo de agua y fuego con el que has sido bendecido.

Tu corazón, librado del pecado por los méritos de Cristo, ha sido lavado con su preciosa sangre.

Has sido elegido entre los hombres para ser bendecido con el Orden Sagrado, y con el Hijo de Dios has sido configurado.

Aunque renunciaras a todo lo que el Señor te ha dado, y te alejaras de su corazón por el pecado, nada podrá borrar el sello con el que has sido marcado.

En la palma de su mano te lleva tatuado, dentro de su llaga, sufriendo, pagando y perdonando tu pecado.

Juan el Bautista es un hombre santo. Desde antes de nacer fue elegido, y lleno, en el vientre de su madre, del Espíritu Santo, para ser el precursor del martirio del Señor.

Tú has sido elegido, desde antes de nacer, para ser precursor de la venida gloriosa del Señor.

Tu misión es preparar al pueblo que, con su sangre, ha ganado para Él, fortaleciendo su fe, predicando un bautismo de conversión, y bautizando en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Aprende de Juan. Retírate al desierto a orar, para que fortalezcas tu espíritu, y tu vida, por tu Señor, tengas el valor de dar.

Y luego predica el Evangelio a todos los pueblos, no sea que llegue el día en que veas venir a tu Señor y tú no puedas entregarle buenas cuentas, porque no has cumplido con tu misión.

Recuerda que el Señor ya ha anunciado que está pronto a venir, pero nadie sabe ni el día ni la hora.

Date cuenta de la grandeza de tu condición sacerdotal. Juan, el precursor, el grande, el elegido de Dios Padre, para a su Hijo el camino prepararle para cumplir su misión, no era digno de desatarle la correa de sus sandalias.

Pero tú, hijo mío, abre los ojos. Tienes la dignidad del mismo Cristo. Aprende de Él.

A sus discípulos no sólo les desató la correa de sus sandalias, sino que también les lavó los pies.

Ve y haz tú lo mismo, no sea que te manden decir “¿eres tú, o hay que esperar a otro?”.

 

«Juan aparece momentos antes del advenimiento del Señor. Notad cómo Él declaró la excelencia del Precursor, diciendo: En verdad os digo, no se ha levantado entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan Bautista. Que es como decir: No parió mujer a nadie mayor que Juan.

Realmente, la afirmación de Jesús basta para declarar esta grandeza; más si queréis saberlo por la realidad misma, considerad su mesa, su manera de vida y la alteza de sus pensamientos.

Juan vivía en la tierra como si morara ya en el cielo; estaba por encima de las necesidades de la naturaleza, seguía un camino maravilloso, gastaba su tiempo entero en himnos y oraciones, sin hablar con hombre alguno, y conversando, en cambio, continuamente con Dios.

A nadie conocía, por nadie fue jamás visitado. No se alimentaba de leche, ni gozaba de lecho, ni de techo, ni de pública plaza, ni de ninguna otra de las comodidades humanas.

Sin embargo, Juan sabía unir la mansedumbre a la firmeza. Mirad, si no, con qué moderación habla con sus discípulos, con qué valor al pueblo judío y con qué libertad al mismo rey.

De ahí que dijera el Señor: Entre los nacidos de mujer, no se ha levantado nadie mayor que Juan Bautista»

(San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, n. 37).

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 98)